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10 de agosto de 2012

El excéntrico tío Gaspar

El anecdotario familiar ubicaba al tío Gaspar como un personaje excéntrico, más bien huraño. Pero al mismo tiempo, era el que más se disponía para ayudar a otros económicamente. Claro que existía una razón, que era recíproca con su forma de vivir. Odiaba que todo integrante de la familia se le acercara, por lo que prefería darle dinero para que regresara de donde hubiese venido a tener que soportarlo por unos días en su mansión en las afueras de la ciudad.
Vivienda ostentosa que quedaba sobre un camino que debido a la falta de mantenimiento, era casi intransitable. El municipio no tenía necesidad de repararlo, dado que la única persona que vivía por esa zona era el tío Gaspar. Cuentan algunos que fue adquiriendo las propiedades cercanas y echando a la gente, para no tener que lidiar con vecinos. Esa soledad le garantizaba a su vez la tranquilidad que no arrgelarían el camino ni tampoco se acercarían con otras obras "mundanas" y "corrosivas", tal como las denominaba.
La historia de Gaspar se remonta a muchos años en el tiempo, pero lo que más le interesaba al seno familiar en las reuniones donde salía el tema, era sobre el momento en que heredó la fortuna de sus padres, los condes Alicia y Gilberto. Eran parientes lejanos que supieron de sus primos en el preciso instante que en Europa estallaba la guerra. No dudaron en venir y traer todo su dinero. Aquí compraron tierras y prosperaron.
Su único hijo, Gaspar, nació cuando ellos ya eran grandes. Apenas si pudieron cuidarlo y criarlo. A los pocos años lo llevaron a un internado y mientras el cursaba la primaria, murieron intoxicados luego de una gran cena que habían dado para conmemorar un nuevo aniversario de su llegada al país.
Podría hacerse un paréntesis aquí y hacer mención de la tragedia del joven Gaspar, pero no fue así. A Gaspar la noticia, como vulgarmente se dice, no le fue ni le vino. Apenas si tenía trato con ellos. Pero si, al enterarse que había heredado semejante fortuna, pidió a los abogados de sus padres que lo sacaran del internado y lo regresaran a la mansión y que si fuese necesario, le contrataran maestras particulares para terminar sus estudos.
El dinero lo permitió y así fue que Gaspar, lejos del ruido de otros compañeros, se internó en el silencio de la enorme mansión, ahora suya, con la única presencia de la servidumbre, a la que con el tiempo fue reduciendo en número, siempre con la excusa de sentirse con demasiada compañía alrededor.
Me decidí a visitarlo antes de ingresar a la universidad. Debo confesar que si bien mi mayor deseo era recibir alguna suma de dinero para poder así afrontar la carrera que tenía en mente cursar, también guardaba con recelo el anhelo de conocer al fin a esa persona tan nombrada y criticada en las reuniones donde la familia se juntaba para celebrar un cumpleaños, un agasajo o las fiestas de Navidad y año nuevo.
El camino estaba más deteriorado de lo que imaginaba y debí caminar los últimos tres kilómetros, porque el taxi no podía llegar más lejos. Llevaba un bolso de mano con muy poca ropa, conciente que mi estadía sería de horas. En la medida que me acercaba cobraba vida ante mis ojos un paisaje maravilloso, desprovisto de cualquier tipo de avance tecnológico. La naturaleza parecía haberse apoderado de todo, incluso, de los cimientos derruidos de viejas casas, que sin lugar a dudas habían sido demolidas tras haber sido vendidas por sus originales dueños.
La leyenda, de pronto, comenzaba a tener un sentido real en mi mente. Las palabras se iban convirtiendo en una experiencia in situ. Y muy lejos, la única propiedad de pie, se erigía como un gigante sobre la pradera, dejando a merced del cielo y mi fascinación todo despojo de soberbia que despedía sin disimulo, desde donde se la mirara.
Me fui acercando sin permitirme desviar la vista. La contemplación de aquel lugar, de aquella majestuosa mansión, era un espectáculo en si mismo. Pero advertí, contra mi voluntad, que aquello no dejaba de ser una ilusión, que pronto el tío Gaspar, al que conocía finalmente, me haría pasar a su interior para luego mandarme por el mismo camino que había llegado, con la promesa de nunca más volver y algún que otro dinero en el bolsillo.
Llegué hasta la entrada. Una puerta de hierro, demasiada alta como para treparla, me impedía el paso. Observé que si seguía caminando por el perímetro, podía pasar entre unos setos muy grandes. No perdí el tiempo y en breve estuve delante de la escalinatas de la mansión. Esperé ahí mismo, confiado que alguien me había visto caminar hasta allí. Al cabo de unos minutos, avancé temeroso por la escalinata y golpee en la puerta con enorme fuerza.
No hubo respuestas. Me asomé por las ventanas y para mi sorpresa, los muebles estaban cubiertos por sábanas blancas. Una voz me sobresaltó y giré en redondo, cayendo como un imbécil al suelo.
Me observaba una mujer madura, de cuerpo firme y robusto, con una palangana entre los brazos.
- ¿Qué anda buscando? Esto es propiedad privada.
Las palabras no querían salir, al menos en los dos primeros intentos. Luego pude y contesté:
- Lo sé, busco al tío Gaspar. Soy Horacio, hijo de su prima Margarita. Venía a conocerlo, me han hablado tanto de él...
- Si, claro. Seguro que si. ¿Y que te daría dinero y te irías de aquí feliz? Pues si, puede que en otros tiempos. Ya no más. Gaspar murió, hace dos años. Ahora quedamos nosotros, los pocos sobrevivientes de la servidumbre. Y la casa nos pertenece, pagamos los impuestos y hemos hecho nuevas reglas. La primera es, nada de parientes.
- No puedo creer que haya muerto. No supimos nada...
- Pues creélo. Y si no se enteraron es que solo venían cuando necesitaban dinero. Ya nos estábamos preguntando a quién más conoceríamos. Ahora vete y no vuelvas nunca más.
- ¿Pero... hubo herencia, algo? Es decir, ¿quién les dio la casa?
- ¡Que te vayas he dicho! Tenemos armas aquí. Te irás por las buenas o las malas.
Había algo en sus ojos que me convenció, supe que debía irme. Ese fulgor en su mirada, los dientes rechinando... temí, temí por mi vida. Emprendí el regreso, bajo la atenta mirada de esa mujer. Solo volví la vista una vez, para hacerla la última pregunta.
- ¿De qué murió?
- Cianuro. Del mismo frasco que hizo usar setenta años, con sus padres. El mismo que mi madre me legó antes de morir.

4 comentarios:

HUMO dijo...

TREMENDO!!!!
Siempre sorprendente Neto, con que agrado te leo!

=) HUMO

el oso dijo...

A medida que leía me preguntaba si estos casos serán raros. Me parec -definitivamente- que no.
Excel, Beethoven!

SIL dijo...

Buenísimo, Neto.
Hay herencias de las que es mejor alejarse y corriendo !!




Abrazo



SIL

Juanito dijo...

¡Qué vuelco de la historia!
¡Y qué final!
Fantástico, Netomancia.
Saludos...