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20 de julio de 2012

Amor de verano

Quizá sea hora de confesar, de arrancarle al silencio que otorgo, nombres y apellidos. Conozco demasiado, estoy al tanto de muchos detalles y es por eso que me persiguen desde hace algunos días. Creen que aún no me di cuenta, pero sé muy bien quiénes son y lo que pretenden.
Todo comenzó en una ciudad de la costa, hace una semana. Había ido con un grupo de amigos, pero al segundo día conocía a una chica que me volvió loco. Literalmente. Dejé el hotel en el que estaba y me fui con ella, que estaba hospedada en una casa que le habían prestado. Fue algo muy intenso, difícil de describir. Pero al mismo tiempo fue mi perdición.
Me llevó a un par de boliches con un ambiente algo turbio. No necesité demasiado para darme cuenta que la mina andaba en cosas raras. Se metía en oficinitas escondidas a un costado de la barra, intercambiaba "vaya a saber qué" con extraños haciéndose la distraída, recibía llamadas a toda hora y vivía pensando que la seguían.
La pasábamos muy bien cuando volvíamos a la casa, así que soporté tres noches en esos antros. Cuando quise llamar a mis amigos para avisarles que volvía, me di cuenta que no tenía el chip en el celular. Le pregunté a ella, que recién se despertaba, si sabía que había pasado, pero no solo no me contestó, sino que salió de la habitación y cerró con llave.
La llamé a los gritos, golpeé la puerta, incluso busqué forzar la ventana, pero no pude. Esta última me sirvió en cambio para observar cuando se fue, tras subir a bordo de un auto deportivo que la pasó a buscar. Su nombre era Laura, o al menos, ese fue el nombre con el que la conocí.
Dormí toda la tarde. Me despertó el ruido de la puerta al abrirse. No era Laura, sino un morocho grandote que traía una pistola en la mano. Me apuntó y me dijo que me fuera. No lo dudé un instante. Tomé la mochila y salí raudo. Caminé hasta el hotel de mis amigos, mirando en todo momento por encima del hombro, temiendo que en cualquier momento el morocho apareciese y me pegara un tiro. Me pedía calma y me convencía a mi mismo que si me hubiese querido matar, lo habría hecho en la casa.
Los chicos ya no estaban, supuse entonces que se habían vuelto porque no les había alcanzado el dinero o se habían cambiado de hotel. Alquilé una habitación simple. Quería encerrarme y descansar, me sentía muy tensionado, pero no pude dormir. Estuve toda esa noche tejiendo hipótesis sobre Laura. La imaginé narcotraficante o miembro de alguna mafia de trata de mujeres. En cualquiera de los casos, mi vida había corrido peligro.
Me volví al día siguiente. Fui hasta lo de Julián, pero se sorprendieron de verme. Me excusé diciendo que me había vuelto antes y que solo quería avisar que estaba todo bien. Llamé desde casa a su celular, pero no me atendió. Tampoco Quique, Horacio y Felipe. Me asusté y con razón. ¿Debía volver y buscarlos? No hizo falta. Estaban en las noticias. Sus cuerpos habían sido encontrados acribillados y enterrados en la playa.
No dudé un solo instante, le pedí el coche a mi primo y salí de la ciudad. Conduje casi sin destino durante dos días, parando de noche a descansar en estaciones de servicio que tuvieran mucho movimiento de camiones. Estaba en alguna parte de Córdoba, no me importaba donde. Fue allí que noté que en mi billetera había un chip de celular suelto.
No entendí como había llegado allí. Creí que era el mío, el que había desaparecido del teléfono. Pero al colocarlo descubrí que no. Estaba repleto de nombres que desconocía. Tenía sus números y direcciones electrónicas. Y también sus fotos. Había un comentario sobre cada uno. Y ninguno de esos comentarios era bueno. No se trataba de una libreta de direcciones, era un catálogo de delincuentes. Salvo el morocho, el que me había apuntado con el arma. Se llamaba Alejandro y era agente encubierto. Había una acotación que decía "mi compañero".
Me volví a subir al auto, para no volver a detenerme. Llevo un día y medio manejando; me consume el sueño. Busco a una persona, la misma que hizo que perdiera la cabeza por ella para involucrarme adrede y ser su salvo conducto en caso de peligrar su misión. Ahora tengo su chip con toda una red criminal descripta. Algunos de ellos me están persiguiendo desde hace unos días.
Mientras escapo intento encontrar una solución para todo. No quiero llamar a casa, ni a nadie. No quiero enterarme de ninguna otra masacre por mi culpa. No los querían a ellos, me querían a mi y al chip. ¿Y ella, dónde estará esa belleza salvaje y tramposa? Probé de llamar a su compañero, pero atiende un contestador. Aún no entiendo muchas partes de este rompecabezas. Tampoco creo que me interese. Lo único que deseo es dejar de huir, recuperar mi vida. Al mismo tiempo comprendo que ya es tarde, que aquello que comenzó hace una semana no fue una aventura amorosa, sino un alud fuera de control, y que aquellos besos apasionados, repletos de calor, no fueron más que una ilusión. Ahora el frío de la muerte me recorre la espalda, mientras atravieso rutas sin destino y me debato entre confesar o seguir escapando, entre perder mi vida o apostarla a la suerte de fugitivo.

3 comentarios:

SIL dijo...

Netito, me encantó, y no me aguanto de ponerte ésto, trataré de ser breve, tarea que me resulta ciclópea, vos sabés... jaja

http://www.joaquinsabina.net/2005/10/29/el-caso-de-la-rubia-platino/

¨ Para no ser un cadáver, en el tranvía,
aparte de tener gramática parda
hay que saber, que las faldas, son una lotería... ´¨(J.S.)



ABRAZO Y FELIZ DIA DEL AMIGO, COMPAÑERO.



SIL

mariarosa dijo...

¡Que buena historia Neto!

Tu imaginación vuela y cada vez más alto. Me gustó.

mariarosa

Juanito dijo...

La forma en la que el texto está escrito, con oraciones cortas, en primera persona, ese "ir y venir" en el tiempo, la dan al mismo la vorágine que necesita el autor para crear una gran historia, con final abierto, y dejándonos (adrede, y eso está muy bien) con más dudas que certezas.
Me gustó mucho.
Como siempre, es un gusto leerte, Netomancia.
¡Saludos!