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12 de mayo de 2012

La plaza ocupada

Y a pesar de haber estado toda la mañana pidiéndole permiso para ir a jugar a la plaza, Juan Pablo estaba de vuelta cinco minutos después de haber salido. La madre lo vió pasar por delante de la ventana de la cocina, que daba a la calle, y luego escuchó el portazo de la puerta de entrada al cerrarse.
Había cosas que le toleraba, como por ejemplo, que no quisiera comer lo mismo que los demás o que los días de lluvia no fuera a la escuela, pero bajo ninguna circunstancia le iba a permitir que violentara puertas o revoleara lo que se le antojara a cualquier lado. Si estaba de mal humor, como solía decirle, que se encerrara en su pieza y no saliera hasta que hubiese recuperado algo de alegría.
Graciela se secó las manos en el delantal y fue detrás de su hijo. Lo reprendió severamente por haber golpeado la puerta y solo recién después de ver que los ojitos se le llenaban de lágrimas, se dignó en preguntarle el motivo por el cuál había ingresado de tan mal talante a la casa.
- Es que están todos los juegos de la plaza ocupados - contestó al borde del llanto.
La madre lo mandó a la habitación una hora, sin televisión ni computadora. Pero media hora más tarde, tras salir a sacar la basura y mirar hacia el lado de la plaza y verla vacía, subió las escaleras para anunciarle a su hijo que el castigo había terminado y que se apurara que los juegos estaban todos disponibles.
Juan Pablo corrió raudo por la vereda. A los dos minutos estaba otra vez en casa, con el cara triste pero esta vez cuidándose de no golpear la puerta ni de comportarse de manera que fuera merecedor de castigo alguno.
- ¿Y ahora, que pasó? - le preguntó su madre.
- Nada, están otra vez.
- ¿Pero te dicen algo, no te dejan jugar, qué hacen que tanto te molesta? - manifestó ella perdiendo un poco la paciencia.
- No me dicen nada, ni me hablan, pero se quedan en los juegos y no me dejan acercarme. Me miran feo, no se... ¿no podés decirles que me dejen jugar?
La vocecita parecía una súplica y mamá cedió, pero solo cuando terminara de lavar el baño, advirtió.
El pequeño aguardó fuera del baño, mirando el reloj de pared. De vez en cuando mamá levantaba la vista y viéndolo allí, esperando, le preguntaba irónicamente "¿tenés mucho apuro?".
Al cabo de un rato decidió acompañarlo, ya lo había hecho sufrir bastante. Lo llevó de la mano, a pesar que su hijo se resistía por temor que los demás niños se burlaran de él. A mitad de cuadra ya divisaba que no estaban en la plaza, pero su hijo insistió en que si, por lo que caminó hasta allí a regañadientes.
- Ves - le dijo al llegar a la plaza - Todos los juegos libres, todos para vos. Dale, aprovechá que tengo que seguir limpiando la casa.
El rostro de Juan Pablo no había cambiado un ápice. Observó uno por uno los juegos y antes que lo hiciera su madre, emprendió el camino de regreso.
- ¿Qué te pasa? ¿Ahora no querés jugar? - le recriminó su madre que había quedado rezagada.
Su hijo se dio vuelta y agitando los brazos le gritó:
- ¡No ves que están los chicos! - y siguió su caminata a grandes zancadas hasta su casa.
Graciela se quedó helada. Podria haber jurado que en ese preciso momento, risas infantiles habían estallado a sus espaldas.

6 comentarios:

MAGAH dijo...

Genial Don Neto. Me gustó mucho. Tanto como, que por fin, el niño lograra que su madre de una vez por todas "viera"

Abrazo.

Juanito dijo...

Uhhh... Piel de gallina con el final.
Impresionante historia de fantasmas.
¡Felicitaciones, Netomancia!
Muy, muy bueno.
Saludos.

SIL dijo...

La línea final lo transforma todo, incluso al lector que viene tan relajado leyendo...


Muy bueno Netito.


Abrazo grande


SIL

Con tinta violeta dijo...

Las madres siempre tan reticentes a creer lo que cuentan los niños...pero como dice un amigo mío: los hechos son tozudos...y se manifiestan... besos

Horacio Beascochea dijo...

Coincido. Las líneas finales son excelentes, felicitaciones.

Saludos

Yunuén Rodríguez dijo...

Un poco largo, alcancé a desesperarme.