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21 de mayo de 2012

La oportunidad de Gustavito

Las tribunas llenas, las pulsaciones al máximo por la definición del torneo, en el banco después de ocho meses de rehabilitación y por si fuera poco, se lesionó Ávila.
Manzoti, el técnico, se puso de pie y se tomó la cabeza ni bien lo vio caer. En realidad todos dimos un brinco. Ávila había intentado la más dificil y en lugar de cambiarla toda para el carril del ocho, quiso hacer la individual y entre el lateral izquierdo y el segundo central lo cortaron abajo, con extrema fiereza. La pierna zurda de Ávila se dobló como una papa frita, lo suficiente como para que entendiéramos a la distancia que algo se había roto y que el partido había terminado para el.
Pensé que lo metía a Fiorucci, más que nada por lo jodida que estaba la mano, con un empate que nos relegaba el título por diferencia de gol, diez minutos por jugar y un rival que nos comía el mediocampo sin despeinarse. Pero en lugar de llamar al aguerrido volante central, que había perdido la titularidad debido a las tres expulsiones que había sumado en los primeros siete partidos, Manzoti me miró a mí.
- Gustavito ¿estás para entrar? - me soltó, con una pregunta que no era tal, porque ya lo tenía todo en la cabeza.
En cualquier otra oportunidad hubiese estado feliz de la vida, pero esa noche era distinta y por muchos motivos. Por primera vez en el año entraba a la cancha con el equipo titular porque el año pasado me rompí los ligamentos cruzados y hasta se temió por mi continuidad en el fútbol, pero la luché y con paciencia, me fui recuperando. Pero no jugaba oficialmente desde hacía ocho meses y recién hacía dos semanas que había comenzado a hacer fútbol en la semana. El técnico me había puesto en el banco porque era el último partido del torneo, quizá pensando en la posibilidad de meterme unos pocos minutos para el aplauso general. Sin embargo ni el público estaba con ánimo de aplaudir a nadie, ni yo preparado para una parada tan brava, después de tanto tiempo y falto de juego.
Es que todo aquello fue muy duro. Pienso en eso como "todo aquello" porque hablar del partido en el que me lesioné me pone mal. Habíamos tenido una campaña desigual, pero levantamos en la segunda mitad y no es por agrandado ni nada, pero gran parte de esa remontada se debió a que el técnico empezó a confiar en mí. La venía rompiendo en la reserva y no exagero. Si incluso desde el diario local metían presión para que me llevaran aunque sea al banco. Una tarde Manzoti se me acercó y me dijo "el domingo no jugás en la reserva, vas conmigo, contra Ferroviario y vas de titular, así que preparate". Mierda que me preparé, no dormí durante tres noches. Ganamos cinco a cero y metí tres. En mi debut.
El día que me lesioné jugábamos para alcanzar el cuarto puesto y acceder a la liguilla por el título. Veníamos con una racha de diez partidos sin perder y llevabámos convertidos en ese lapso más de veinte goles. Quince de mi cosecha personal. En la semana se había corrido el rumor que iba a estar gente de Ñuls mirando el partido, porque me querían llevar para Rosario. Pero se dio un partido raro. Sabíamos que Atlético iba a defender su lugar en la liguilla con los dientes apretados, pero nos sorprendieron en el primer ataque y quedaron mano a mano con Uliandre, nuestro arquero en ese partido, que no tuvo otra que cometer penal. Expulsión, gol y remar de atrás.
Nos volvimos locos, no supimos cómo resolverlo. Con uno menos dejamos huecos en todas partes y de contra en menos de media hora nos convirtieron dos más. Intenté ponerme el equipo al hombro, pero no nos salía una. Y como si aquello no bastase, cuando fui a disputar una pelota abajo con el cinco de ellos chocamos y me quedé clavado ahí, con un dolor de la puta madre. Pensé que se me había salido la rodilla. Literalmente. Recuerdo que me revolqué del dolor y miré alrededor para ver dónde había quedado.
Me enteré más tarde, mientras aún intentaban calmarme, que nos comimos seis goles. Con un solo partido por delante en el campeonato, habíamos quedado sentenciados, sin posibilidades de nada. Pero además de las caras tristes, empecé a darme cuenta que me miraban con preocupación y hablaban de llevarme para unos estudios, porque la lesión parecía grave.
A partir de ahí comenzó el calvario. Los estudios, los informes preliminares, la confirmación de la lesión, la operación y una rehabilitación eterna, y entre tanto los que me advertían que no me preocupara si no podía volver a jugar, que siempre iba a haber algo en el club para mi o que podía aprovechar que era joven para terminar la secundaria y empezar algún estudio.
- Mirá pibe, si le ponés ganas, salís adelante. La lesión es jodida, pero acordate que el fútbol da revancha. Mientras esté al frente del equipo, vos vas a estar en mis planes. Así que dale, ponete las pilas con todo - me dijo después de la operación Manzoti.
Se lo agradecí, por supuesto. Y debo reconocer que en momentos de incertidumbre, fueron sus palabras las que me empujaron a no bajar los brazos. Es que estos ocho meses no fueron fáciles, no señor. Costó mucho sacrificio y había días es los que me detenía en medio de la sesión de rehabilitación solo para preguntarme si todo aquello valía la pena. ¿Y si no me recuperaba? ¿Y si quedaban secuelas? Ponete las pilas, me repetía dentro de la cabeza Manzoti y entonces acallaba los interogantes y volvía a la rutina que me daba el kinesiólogo.
Y hace una semana, como aquella tarde del año pasado, se me acercó el técnico y mientras elongaba, me dijo algo que casi me hace llorar de la emoción.
- Pibe, estuve yendo estos dos meses a misa exclusivamente para pedir por tu recuperación, para poder tenerte aunque sea en el último partido. Y sabés algo, te veo bien. ¿Te ves en el banco este domingo? Porque yo si te veo. Así que preparate, que damos la vuelta olímpica con algunos minutos tuyos en cancha.
Después de tanto tiempo cerraba los ojos y me volvía a ver con la camiseta, con la gente alentando alrededor, con la ilusión de un título. No pensé que pudiera darse, la recuperación había sido lenta, el tiempo que llevaba practicando otra vez era escaso, pero a pesar de todo ello, Manzoti se la había jugado. Como aquella vez que se atrevió a hacerme debutar sin siquiera hacerme pisar previamente el banco en Primera. Ahora me llevaba a la fiesta.
Pero algo había fallado en los cálculos. No había nada aún para festejar. Los de Urrutia habían salido a la cancha con la intención absoluta de no dejarnos celebrar. Y lo estaban logrando. Con Ávila afuera, el refuerzo de categoría que habíamos traído para este campeonato, nuestras chances eran escasas. Ese pensamiento nos recorrió la piel ni bien lo vimos tomarse la pierna tras la fuerte falta a la que lo habían sometido.
Y entonces, de la nada, me miró y me preguntó si estaba para entrar. Quería advertirle que hacía ocho meses que no jugaba, que lo más prudente sería esperar porque la mano estaba brava y quizá no estuviera a la altura del partido, pero no dije ni mú. Me levanté con temor y me saqué la campera. Las piernas parecían pesarme dos toneladas, pero me moví en el lugar, para que entraran en calor.
Vi pasar a mi lado la camilla con Ávila encima, haciendo gestos de dolor y mis recuerdos se dispararon a la misma escena, pero con los camilleros cargándome, ocho meses atrás. Manzoti me sacó del pasado, aferrándome de un brazo y apartándome del banco de suplentes.
- Gustavito, pedí la pelota, movete, no dejés que te tomen la marca, fijate que los centrales son lentos, ganales la espalda como vos sabés. Entrá sin miedo, que volvés y nos llevás a la gloria. Vamos Gustavito, es tu partido.
Lo miré de reojo a Fiorucci que masticaba bronca en el banco. Con seguridad también pensaba que era él quién debía entrar. Observé la tribuna, al borde del infarto, pendiente del reloj y luego me acerqué a la línea de cal. El juez de línea estaba allí, esperándome.
- ¿Número? - me preguntó.
No tenía la menor idea. En realidad si, pero lo había olvidado. La cabeza me iba a mil, podía ver el semblante preocupado de mis compañeros en la cancha, algunos pateando el césped de bronca, otros lamentándose por anticipado. Me giré para que lo viera. En voz alta dijo "dieciseis" y allí lo recordé. Salvo el primer partido que había utilizado la nueve, siempre había jugado con la diez. El árbitro movió las manos indicándome que entrara. Y eso hice.
Fui al trote hasta el área, mientras Pereyra seguía discutiendo con un rival el lugar exacto donde cobrar la falta. Quedaban nueve minutos y si no metíamos un tanto, nos ganaban el campeonato por diferencia de gol. Lo sabía cada hincha, lo sabía cada jugador y la sensación era la misma que sentir un cuchillo clavándose en el estómago, que con cada minuto, se introducía más y más.
Me moví en el área de un lado a otro, acercándome primero al arquero, luego al primer palo, para finalmente girar y quedar cerca del punto de penal. No miré a quiénes me marcaban, solo me preocupé por no quedarme quieto. Cuando el árbitro hizo sonar el silbato dando la orden de ejecución un defensor me tenía agarrado del brazo. Vi la pelota venir hacia el centro del área grande y a pesar de estar sujetado le saqué un cuerpo de distancia al defensa.. No tenía tiempo para bajarla y estaba de espalda para cabecear. Hice lo que marcaba la lógica de todo delantero. Tiré la chilena. La tiré con la marca encima, con la rehabilitación en contra, con el título a punto de irse por el desagüe. E impacté de lleno, tras sentir el balón calzar justo sobre el botín mientras mi cuerpo se arqueaba en el aire cuál acróbata.
Luego escuché el sonido, al tiempo que caía sobre el césped. Ese sonido funesto del metal que reverbera, que queda vibrando, que estoicamente resiste la celebración, que pone límites entre el abrazo y la desazón, entre la algarabía y la desolación. Ese sonido propio del travesaño, convertido en estaca clavándose en el corazón.
Quedé tendido un par de segundos, observando como la pelota se iba hacia fuera del área grande, la tomaba el siete de ellos y metía un pelotazo terrible para la contra. Me incorporé en el preciso instante que la tomaba el nueve lanzado como un cohete, superando al nuestro último hombre. A lo lejos, muy a lo lejos, fui testigo de la definición sutil de aquel delantero cuyo apellido desconocía, que enviaba el balón, el mismo que antes mi pie derecho había impactado con destino de gloria, por sobre el inútil esfuerzo de Fernández, nuestro arquero, transformándolo en nuestro infierno, en un nuevo infierno.
Lo miré a Manzoti, pero él ya no estaba de pie. Se había desplomado sobre el banco de suplentes, al lado de Fiorucci. Y entonces supe que ya no había chances, que no importaba los minutos que faltaran. Hay destinos que están escritos de antemano. El mío era uno de ellos. Escrito en tiza que borra el viento y con letras enormes que muestran una sola palabra: fracaso.

5 comentarios:

mariarosa dijo...

Que dura puede ser la vida de un jugador de futbol, si se lesiona. Pierde todas sus ilusiones.
Muy buena historia, a pesar del fracaso del pobre Gustavo.

mariarosa

SIL dijo...

Neto qué inmenso este relato, digno de ¨Esperanza¨, me lo figuré en ese contexto, pero más pulido áun.

Hay gente que no entiende el dramatismo del fútbol, sin sospechar que justo ahí, en lo terrible, en la cornisa, está su principal atributo.

Desazón, gloria, emoción, fracaso, dolor, etc, como ingredientes mágicos, como el que este texto tiene.

Abrazo de casi/ gol


SIL

Felipe R. Avila dijo...

Pero Neto, ya nos contó magistralmente esos minutos pero nos falta el relato de los últimos 8,justamente luego de la palabra fracaso,y cuando todo parecìa perdido,la gente que festejaba comenzó a repudiar al juez de lìnea.¿Què hacía el sr. Olazaña con el banderin solferino levantado?
El gol habìa sido anulado. Todo seguìa igual, faltaban 7 minutos,una eternidad.Ahora sí, Gustavito veía la pelota llegarle desde el àrea,cuando...

HUMO dijo...

Es gratificante leerte.Gracias!!!

Juanito dijo...

Muy, muy bueno.
Todas las sensaciones futboleras del suspenso por el devenir, del dramatismo por la ausencia del éxito, de la alegría por la vuelta y la desazón por el derrotero final, magistralmente volcadas en tus letras.
¡Felicitaciones, Netomancia!