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3 de abril de 2012

Veinticinco años

Cómo no acordarse de Quique. Chiquito, flequillito y siempre con las rodillas lastimadas. Lo acababa de volver a ver, veinticinco años después. Fue en las noticias de policiales. Lo reconoció a pesar del paso del tiempo, aún estaba allí su mirada, el mismo brillo en los ojos, la sonrisa burlona. Los diez segundos en pantalla bastaron para su reconocimiento. Además del nombre, claro. Pero lo hubiese reconocido igual, si no hubiesen puesto en letras grandes ese nombre tan temido en su infancia.
Se lo llevaban preso, por un asesinato.
Apagó el televisor y se quedó en silencio, sentado en el futón blanco que le habían regalado los suegros en el ultimo aniversario de casados. Su mujer se estaba bañando. Podía escuchar la lluvia de la ducha a pesar de estar la puerta cerrada.
Quique. Aquella figura traviesa y malvada de los primeros años de la escuela primaria lo asaltaba con furia en su mente. No podía aseverar si sus compañeros le tenían miedo, pero él estaba seguro de haber sentido pánico en aquel tiempo. Quique era bajito, parecía una hormiga comparándolo con los demás chicos del curso, pero era de mal talante, bocasucia, provocador y solía golpear al que se le cruzara en una mala tarde. Y las tardes, solían ser malas casi en su totalidad.
Un buen día ya no concurrió más. Sería en segundo. Ya no lo recordaba. Pero fue al mismo tiempo que Laurita también dejó de ir. Laurita era la chica que le gustaba en aquel entonces. Cabello castaño, ojos café y una sonrisa que parecía encenderle el rostro, desde una oreja a la otra.
Se le erizó la piel. Cuando su mujer salió de bañarse le preguntó si se sentía bien, porque estaba pálido. ¿Bien? Estaba temblando. Pero le mintió a su mujer y se metió en el baño.
El espejo estaba empañado y su imagen se veía difusa, como si no estuviera realmente allí parado. Es que no lo estaba. En ese momento su cabeza estaba lejos, muy lejos, había regresado veiticinco años en el tiempo.
Se veía parado en el baldío de los Quintana. Observaba unos ligustros crecidos. Sabía lo que estaba viendo. Allí estaba Quique, golpeando salvajemente algo. Creyó sentir un llanto, un llanto de niña. Pero no tuvo el coraje de acercarse. La presencia de Quique lo paralizaba. Si daba un paso en aquella dirección, se meaba del susto.
Volvió a oírlo. Alguien lloraba. Quique miró hacia donde él estaba. Se le hizo un nudo en el estómago. No porque lo hubiese descubierto espiándolo, sino porque la sonrisa en aquel rostro no parecía humana, sino la de un lobo hambriente, como los que había visto en algunas películas. Y el otro detalle. El que había olvidado, el que había querido olvidar durante todos esos años.
La sangre. El guardapolvo blanco, cubierto de sangre.
La puerta lo devolvió al presente. Su mujer se cruzó delante para buscar una crema nocturna. Volvió a preguntarle si estaba bien. Respondió con una nueva mentira. ¿Qué otra cosa podía decir? ¿Decirle que se sentía mal? ¿Confesar que veiticinco años después había comprendido algo nefasto? ¿O confesar que veinticinco años después, al fin, se había atrevido a declararse culpable? Porque aquella tarde su miedo había asesinado a una niña.
Pensó en la noticia, en la persona asesinada y se preguntó si acaso esa muerte no era también su culpa. Si acaso ese arresto no se demoró veinticinco años en vano. Se sentó en el inodoro y se entregó a un llanto lento y silencioso.
Media hora más tarde despertó a su mujer. Debía confesarle dos asesinatos.

5 comentarios:

SIL dijo...

Somos víctimas del miedo.
A veces nos paraliza tanto que no podemos actuar.
Somos humanos.


Espectacular el texto, Netito.

Abrazo.


SIL

Con tinta violeta dijo...

Un personaje muy, muy cargadito de culpa...me recuerda la literatura clásica rusa...con ese sentimiento paralizando al personaje y la búsqueda del perdón...
Besos!

salvadorpliego dijo...

Impactante el relato y muy bueno, de principio a fin. Te felicito.

Juanito dijo...

Fantástico.
Muy buena la personaificación de los protagonistas, y sus sensaciones descriptas por toda la trama.
Me gustó mucho.
Saludos.

Anónimo dijo...

Sil te amo!