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6 de febrero de 2012

El pueblo que está cruzando

Hay un oráculo en el pequeño pueblo del otro lado del límite provincial. Es tan ínfimo ese paraje que ni el nombre se recuerda. Se le dice "el pueblo que está cruzando" y se le señala al interesado el angosto arroyo que divide en aquel punto una provincia de otra. Lo primero que se ve es el precario puente que hace de nexo entre las dos geografías políticas. Ha resistido décadas y lo seguirá haciendo, como si un designio así lo determinara.
También es cierto que el lugar no es muy transitado. La autopista es el camino habitual de todos los vehículos que transitan por la región. Y el pueblo más grande, el de este lado del límite, no es muy importante y aunque tiene cerca de ocho mil habitantes pasa desapercibido para los ojos de los que marchan raudamente de un lado a otro por la veloz arteria asfaltada.
Quiénes se aventuran allí lo hacen por una única razón: visitar al oráculo. Aquel pueblo apenas si tiene doscientos habitantes y en una de las últimas casitas con techo de chapa y paredes muy angostas, las puertas siempre están abiertas de par en par para recibir la visita de todo aquel que está detrás de una respuesta.
Dentro de esa humilde vivienda se encuentra Adolfo, un hombre ya anciano, que ronda los noventa y tantos años de edad y que a pesar de ello mantiene su aspecto sano y fuerte, aunque algo encorvado por el tiempo. De todas formas se las apaña para atender a todos los que acuden, al tiempo que se cocina, hace los mandados y cuida su quinta, además de mantener su hogar lo más limpio posible.
- Si uno quiere estar limpio de alma, debe comenzar por limpiar su casa - suele repetir a los visitantes que van en busca de ayuda.
Vive en soledad, pero es solo una forma de decir. Lo visitan a diario decenas de personas, todos de lugares distantes, que atraviesan cientos de kilómetros para poder estar cara a cara con él.
El viejo los recibe de manera muy particular, ya sea invitándolos a ponerse cómodos en sus sillas de mimbre para tomar unos mates con él o bien, como ha sucedido, si justo está en la huerta, pidiéndoles una mano para alguna tarea que demandara algo de fuerza. De una u otra forma logra crear con el visitante, al que en la mayoría de los casos no ha visto antes, un vínculo íntimo y eso le permite, luego, poder percibir las respuestas que la persona quiere.
Es difícil precisar como es que toman conocimiento de la existencia de Adolfo, pero el boca a boca ha sido el medio de comunicación más importante de la historia, así como el más antiguo, por lo que tampoco puede extrañarse la peregrinación diaria de vehículos o gente de a pie, que con gusto (a pesar del cansancio y las horas de viaje encima) se encaminan hacia el pueblo que está cruzando.
Vaya a saber uno lo que hablan Adolfo y sus visitantes, pero suele dedicarles el tiempo necesario, por más que afuera de la vivienda hubiese más gente aguardando. Más de una vez se ha visto en horas de la madrugada gente esperando en la puerta, mientras dentro de la humilde casita Adolfo seguía hablando con otra persona.
Otra cosa que decía Adolfo a todo aquel que quisiera escuchar, era que servir al oráculo era ser prisionero de la vida de los demás y era muy cierto. No podía cerrarles la puerta en la cara y pedirles que volvieran al otro día. Habían esperado por horas y por ende, los atendía.
Había jornadas en las que no dormía, sobre todo cerca de los fines de año, cuando la gente acudía casi en masa, esperando las respuestas necesarias para comenzar los doce nuevos meses que se avecinaban de la mejor manera. No era de extrañar entonces verlo cabecear mientras quitaba yuyos entre medio de los zapallos o cuando, apoyado en algún estante del almacén, esperando su turno, dejaba caer su mentón sobre el pecho y se dormía hasta que era llamado al mostrador.
No ponía reparos, era su vida. Y el pueblo lo dejaba ser. Un tácito acuerdo, donde todos ganaban. A nadie le importaba ya no recordar el nombre del lugar, mientras hubiese para comer y donde refugiarse en las noches, podían ponerle como quisieran. Vive en "lo de Adolfo" es una de las frases que suele emplearse en el pueblo de este lado al hacer referencia de algún vecino del pueblo que está cruzando.
Con los años el viejo se transformó en la referencia de este lugar olvidado del mundo. La gente llega y le da color con su movimiento a un sitio que de otra forma sería un odio rutinario para todos sus habitantes. Este el escenario que vemos desde temprano, sol a sol, luna a luna.
Nosotros, los que estamos a un paso, ya hemos dejado de acudir a su casa de puertas abiertas. Antes íbamos con frecuencia, de una escapada. Tanto la gente de este lado, como del otro. Pero los autóctonos ya no nos dejamos engañar. Porque la realidad es que Adolfo es un chanta. Si, un chanta y la madre. Por eso les digo que ignoro de lo que hablará con la gente que lo visita, pero si fueron por una respuesta es probable que se lleven una mentira enorme como una casa.
Lo digo y lo decimos por experiencia propia. ¿Cuánto tiempo fuimos con nuestras preguntas urgentes? Muchísimo. Y nunca, pero nunca, ninguno de los que somos de este lado y fuimos, como los que conozco del otro lado cruzando el puente, y qu también acudieron, tuvimos la "bendición" del oráculo ese de mierda. ¿Cuántas veces le hemos preguntado "Adolfo, que sale esta noche en la quiniela"? para que ese viejo de porquería nos lanzara un número cualquiera, al que corríamos a apostar como tontos borregos.
Por eso, al ver esa peregrinación diaria pienso para mis adentros "crédulos imbéciles" mientras les sonrío con cierta ironía, al mismo tiempo que les señalo con la mano el frágil arroyo con su puente a cuestas y les digo entre pitada y pitada "queda en el pueblo que está cruzando".

8 comentarios:

mariarosa dijo...

El poder de Adolfo debe ser el saber oír a cada doliente que llega a su casa.

Muchas personas tienen el don de saber escuchar, no dan consejos, escuchan y el que se va, lo hace con el corazón reconfortado,ha descargado sus penas, algo así debe ser Adolfo.

Un beso.

mariarosa

Palabras como nubes dijo...

Como siempre que vengo a leerte: un gustazo.
ESta narración guarda lo suyo, sí, pero me quedo con una pequeña frase que, creo, es el punto de inflexión: "...le permite, luego, poder percibir las respuestas que la persona quiera." Un oráculo extraño en sus funciones ;)

Abrazo
J&R

SIL dijo...

No importa la época, siempre necesitamos un oráculo, aunque sepamos que quizás nos mienta...

¿no sabe, Netito, en qué horarios atiende en verano don Adolfo...?

:)


Abrazo grande


SIL

Con tinta violeta dijo...

Que magnífico tema...aunque normalmente el que ha ido a consultar a los famosos oráculos de la antigüedad no creo que saliera tampoco con una respuesta cierta e iluminadora...a veces dependía hasta de dónde se colocara una coma...
No me extraña que ya no fueran a consultarle. El hombre estaba allí para escuchar, no para adivinarles la lotería, ja,ja.
Besos!

Netomancia dijo...

Doña Mariarosa, gracias. Es que algunos desean cada cosa... Saludos!

J&R, me alegro que haya gustado! Es que algunos oráculos se amoldan a las circunstancias, como para no tener problemas después, vio. Saludos!

Doña Sil, con este calor atiende en la pelopincho en el fondo de la casa. Lleve bronceador. Gracias! Saludos!

Doña Tinta, creo que uno sale con ilusiones transitorias, que se deshacen al doblar la esquina. Pero esa es la función, dar esperanzas. Gracias! Saludos!

Garla Kat dijo...

Ya estaba preparando las maletas para visitar a Adolfo y había hecho mi lista de preguntas, en 5 minutos pasé de la mayor emoción a la total desolación y desengaño. Aunque me parece, que tal vez no le hacen a Adolfo las preguntas para las que si tiene respuesta. Me gusta su casa llena de buena letra. Saludos.

Juanito dijo...

Fantástico...

Amin Farahani dijo...

Increíble Adolfo! Increíble Relato Ernesto hace un libro por favor, mis respetos