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26 de diciembre de 2011

El frasco de vidrio

El paso del tiempo obligaba a buscar cada vez más lejos los recuerdos felices. Le ocurría como cuando niña, que quería buscar los caramelos que estaban al fondo del frasco de vidrio y su bracito no los alcanzaba. En aquel entonces, era su abuelo el que tomaba el recipiente con sus enormes manos y como si no pesara nada, lo inclinaba para que ella se hiciera con su premio.
Pero de eso habían pasado años y años, una inmensa capa de polvo cubría todo lo que había rodeado esa escena, única que lograba escapar de los tropezones de la mente en ese laberíntico sobrevivir al paso de las décadas.
Su andar se había vuelto lento, casi un suplicio. La vista era un pálido espejo de colores moribundos con eternas neblinas que la sumían en una oscuridad repentina. Ni siquiera el oído era el fiel amigo de antaño. Y sus manos, vencidas por la artritis, apenas una sombra de aquellas que supieron acariciar.
No obstante, ella dejaba su cama y atendía la casa. Salía a la calle y saludaba a sus vecinos y a todo aquel que la quisiera saludar. Celebraba cada comida con alegría, sabiendo que otros no tenían que comer. Lavaba la ropa y aseaba las habitaciones. Barría el patio y también la vereda. Hasta se cruzaba la calle para comprar al fiado en el almacén de Oscar.
Nunca abandonaba la sonrisa, ni los días de lluvia en los que no se animaba a andar por miedo a resbalarse. Ni cuando sus hijos y nietos prometían visitarla y brillaban por su ausencia. Ella sonreía igual, no importaba que pasara.
Y lo hacía por una sola razón. No quería que la muerte la sorprendiera en el momento cúlmine, porque como su abuelo le había enseñado, en aquel pasado tan distante y esquivo, nada mejor que una sonrisa para aliviar disgustos ni nada mejor que la risa para abrazar a un enfermo.
A pesar de todo, la sonrisa y la risa seguían allí. Y con seguridad, cuando ya nada quedase, seguirían estando. Como aquel bracito de niña, la vida siempre se quedaba corta. Y nada mejor que su abuelo y su sabiduría para ayudarla a alcanzar a ser feliz.
Para eso no había edad ni excusas.

7 comentarios:

Yunuén Rodríguez dijo...

El personaje y la historia son entrañables, me conmovieron. Sin embargo pasé drásticamente de las cataratas, la sordera y la lentitud de los pasos, a una lista muy dinámica de quehaceres acabados. (Checa "apenas una sombra"). Tocaste una fibra sensible en esta nieta que te deja sus saludos.

SIL dijo...

Hay ejemplos de vida que nos sostienen, hasta el último día.


Un abrazo muy grande.


SIL

mariarosa dijo...

Conmoverdora historia. La sonrisa muchas veces cubre una lágrima, y está bien. Los demás no tienen la culpa de nuestras tristezas.

¡¡Feliz año mi querido Neto!!


mariarosa

Sebastián Elesgaray dijo...

Claro que si... Lo ideal, para todos, sería estar siempre con una sonrisa y ganas de seguir adelante todo el tiempo... Por más que cueste...
Abrazo Neto.

Netomancia dijo...

Yunuén, muchas gracias por el comentario. Corregido lo que me indicaste!!! Gracias! Saludos!

Doña Sil, nos sostienen como una muleta ja. Muchas gracias! Saludos!

Doña Mariarosa, si,a veces las sonrisas tienen esos poderes. Muchas gracias! Saludos!

Don Flagg Sebastián, si, cuesta, pero suele ser lo mejor. Aunque aquí en este blog se vean pocas jaja. Muchas gracias. Un abrazo.

Con tinta violeta dijo...

Que bello llegara esa edad, perder las facultades poco a poco, pero nunca la sonrisa y ese felicidad interna que casi da envidia...que ternura de texto. Acabamos el año suave al parecer...Feliz año si no nos escribimos antes!

Edurne dijo...

Esta historia me ha dejado un toque de nostalgia prendido del alma que no veas...
Me vino a la memoria mi abuelo, que nunca se me ha ido, pero que ahora lo he visto claramente con esa sonrisa de espantar a las penas...

Precioso relato, tierno, y de los que nos dejan mirando hacia adentro.
Gracias por ello!

Un abrazote!
;)