Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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26 de noviembre de 2011

La nada

El día que la sordera me ganó la batalla, era el más importante de mi vida. Desperté alterado, por cierto dolor de cabeza y un zumbido angustiante. La oscuridad y el silencio me asustaron sobremanera.
Al ponerme de pie, sentí que la habitación se tambaleaba. Me aferré de las paredes, pero caí al suelo. Sentí el golpe con toda la fuerza en cada hueso, pero no lo escuché. Aquel detalle, no menor, me paralizó el corazón.
Me miré las manos, sin atisbar ningún intento de ponerme de pie y chasqueé los dedos. El movimiento fue perfecto, los dedos se frotaron en ese instante justo necesario para producir el sonido que desde chico me divertía hacer. Pero ahora, en la penumbra, con la mano bien cerca de la vista, solo produjo la nada.
No podía ser verdad, tenía que tratarse de una pesadilla. Me arrojé otra vez a la cama, me cubrí con las sábanas hasta la cabeza, consciente a cada instante del silencio que gobernaba las acciones. Me esforcé en dormirme, más no pude hacerlo. Cerré los ojos y permanecí así, en un estado entre el llanto y el sueño.
Me asustó una mano sobre el hombre, que me zamarreaba. Giré con los ojos bien abiertos y la piel helada. Era Don Jacinto, el técnico, que gesticulaba con las manos al mismo tiempo que movía los labios sin producir sonido alguno.
En realidad, comprendí, sí lo producía. Pero estaba aquello ajeno a mis sentidos. Abrí mi boca para hablar, pero la sentí a mil kilómetros de distancias, como que también había dejado de ser dueño de la misma. No supe si hablaría bajo, normal o gritaría, así que opté por cerrarla y atinar a levantarme.
Mi cabeza no cesaba en su intento de encontrar una explicación. Se remontaba a los primeros dolores, a la infección del pasado año, a los antibióticos y otros estudios a los que me había sometido. Pero nada le dije al equipo. Siempre los hice en privado. Temí que el problema me apartara de lo que más me gustaba hacer, que era salir al campo de juego.
Me dirigí con mucho miedo a la cocina. Las largas mesas ya estaban servidas y prácticamente todo el plantel estaba en sus lugares. La escena era surrealista. Los movimientos, los gestos, los cubiertos y pocillos que iban y venían, seguramente tintineando, con voces alegres y distendidas jugando bromas de un lado a otro y sin embargo, ante mi, se extendía un campo árido de silencio, una barrera invisible de incomprensión.
El pánico se apoderó de mí, no podía estar allí. Vi que Manuel y Jaime me llamaban con sus manos. Supe que si me quedaba allí parado, colapsaría. Giré sobre mis pasos y abandoné el lugar. Caminé por el pasillo sin escuchar mis propios pasos. Si alguien me estaba llamando para que regresara, jamás lo supe.
Mis pasos se aceleraban en proporción a mi desesperación. Crucé el gimnasio y estuve a punto de llegar al hall de entrada, pero giré hacia los dormitorios. Me encerraría hasta el horario del partido. No debían saber lo que me sucedía. Si eso ocurría, me dejarían al margen y toda mi vida hasta aquí habría sido en vano.
Estaba a metros de la habitación, lo estaba consiguiendo, cuando al doblar un recodo, choqué de frente con el Dr. Almamonte. Iba rápido, no pude evitarlo. Jamás sentí su andar hacia mí o quizá, el típico silbido con el que se paseaba de un lado a otro. Me llevé la mano a la boca y extendí mis manos hacia el. De alguna forma quería hacerle saber que lo sentía.
El movimiento de sus labios fue claro, pero no supe que dijeron. En su semblante, no obstante, no había indicio de disgusto. Es más, sonreía y me hablaba. ¡Qué contestarle! Atiné a una reacción instintiva: sonreí. El doctor me miró como estudiándome. Seguí viaje, dejándolo atrás. De pronto, lo tenía a mi lado, lo miré de reojo y seguí caminando. La puerta de la habitación estaba a escasos diez metros. Pero el doctor me tomó del brazo y me obligó a que me girara hacia el.
Fue angustia lo que observó en mi rostro. Mis ojos no resistieron más y dejaron a su suerte varias lágrimas, que raudas descendieron como un tropel sobre mis mejillas. El hombre me hablaba, pero bajé la vista hacia el suelo.
Me llevó hasta mi habitación y agradecí interiormente que al entrar, cerrara la puerta a nuestras espaldas. Me sentó en la cama y acercó una silla. Seguramente me hablaba, porque con cierto recelo levantó mi mentón para que mis ojos posaran su vista en el.
Veía sus labios desplegarse en movimientos familiares, permitiendo que el sonido se formara como por arte de magia. Pero el truco me había sido vetado, desconocía la clave para descifrar tal maravilla. Aquello que era tan natural, ahora me distanciaba de todos, me había convertido en un horrendo despojo de inutilidad, que a partir de entonces vería destrozado todos sus sueños. Lloré con mayor intensidad.
Vio mi angustia pero no la comprendía. Seguía hablándome. Con temor, levanté mis manos y las llevé a mis oídos. Con ellas, los tapé y con un movimiento de lado a lado con la cabeza, dije el resto.
El doctor quedó callado. Esta vez creí entender lo que sus labios decían: ¿No oyes?
No oyes. Dos palabras que me sentenciaban. Eso había preguntado el doctor y la respuesta era afirmativa. No oía. Le hice un gesto de esperar, me puse de pie enjugándome las lágrimas y me dirigí al cajón inferior, donde guardaba mis pantalones. Debajo de la ropa había un sobre marrón.
Lo saqué con culpa y se lo entregué. Eran mis estudios previos, de dos años hasta la fecha. Era el paso a paso de mi enfermedad, el presagio de esta sordera que nunca imaginé, llegaría. Me senté a observar con más angustia que antes, el semblante del hombre al pasar minuciosamente las hojas de los informes, ver las placas radiográficas y asentir con pesadez ante las conclusiones que ya había leído mil veces.
Esos diez minutos fueron eternos. Como la lectura de un veredicto de un juez. Y el acusado, el que estaba en el banquillo, era mi futuro. El doctor, finalmente, apoyó las hojas sobre su regazo.
Me miró con firmeza, pero tuvo el tino de no hablarme. Dio vuelta una de las hojas y dejó la cara en blanco hacia arriba. Sacó una pluma de su bolsillo y escribió algo que luego me mostró:
-    ¿Por qué no recurriste antes a mi oficina? ¿Tenías miedo que te apartara del equipo?
Dejé correr una lágrima. No tuve necesidad de expresar nada más. Lo entendió. Escribió otra cosa:
-    Debo hablar con el entrenador, debe saberlo. El partido es en dos horas.
La desesperación se apoderó de mi y el lo comprendió.
-    Debo decirle – escribió.
Le imploré como podía que no. No sabía como hacerlo, así que me arrojé a sus piernas y las abracé, como si fuera mi madre y tuviera cinco años. Era la misma sensación, de pedirle perdón y una nueva oportunidad. El hombre me sujetó de los hombros. Vi en sus ojos que estaba conmovido. Quizá mis lágrimas, mis deseos de jugar, mi futuro tan incierto, lograron convencerlo. Quizá algo de todo. Quizá nada de eso.
Me pidió que lo esperara. Volvió a los pocos minutos, escribiendo en una hoja apoyada ahora sobra una carpeta.
-    Le he dicho al entrenador que estás con unos pequeños problemas estomacales, pero nada que impida que juegues. Por favor, acompáñame ahora. Estaré cerca en todo momento y veré como hacer para que nadie se entere de tu situación. Pero sabes que luego del partido, deberé informarlo.
Asentí con ganas. Por primera vez en el día, la esperanza me abrigaba como una tibia manta en un crudo invierno.
El doctor me acompañó al vestuario y a lo lejos me hacía señas comprensibles, para que asintiera en tal o cual situación. Es que me hablaban, me preguntaban si estaba bien y necesitaba el pie para contestar. Actué un poco, para que me creyeran tan concentrado en el partido que no escuchaba a nadie. La verdad era otra. Realmente, no escuchaba a nadie.
La salida al campo de juego fue atípica para mis sentidos. Todo el colorido sin sonido, la algarabía silenciosa. Mis compañeros me palmeaban la espalda y arengaban, pero solo veía el movimiento de sus labios.
Unos contrincantes se acercaron, pero los evité, por no saber que sucedería. No podía arriesgarme. Cuando empezó el partido, me sentí perdido. No escuché el silbato del árbitro. Me di cuenta que estaba en marcha porque mis compañeros comenzaron a moverse. Comprendí que si alguien me pedía apoyo, no lo escucharía. Por un momento pensé en abandonar. Pero me era imposible. Era el cotejo más importante de mi vida, la gran final.
Las gradas colmadas parecían olas de un mar lejano, cuyo sonido me era imposible descifrar. Pero me alentaba ese movimiento hipnótico, casi afrodisíaco que solo la pasión puede despertar.
Cometí un par de errores, por no escuchar al árbitro. Pero fui disimulando bien. El técnico batía sus palmas con fuerza cuando le pasaba cerca, como si me pidiera mayor esfuerzo o quizá, mayor concentración.
Así transcurrió el partido sin que pudiéramos sacarnos diferencias. Sobre el final tuve la oportunidad soñada, la que imaginé desde pequeño, jugando en el colegio o en las calles de mi barrio junto a los amigos de la infancia. Esa jugada que está más allá del bien y el mal, que es la gloria misma, que solo se les permite a los que harán historia como santos o demonios y cuya suerte queda echada por ese momento, crucial, único, definitorio. El silencio era mi reino y también mi salvación. No sentí la presión, no escuché los gritos. Avancé y ejecuté, sabiendo que era mi última ocasión para llegar al sueño, ya que después, vendría la nada.
Vi moverse la red, sentí el suelo temblar bajo mis pies y de pronto mis compañeros se arrojaron sobre mi. Lo viví en total silencio, soltando el llanto contenido, la angustia de las últimas horas.
Me arrojé exhausto al suelo, sin poder detener las lágrimas. Me ayudaron a levantarme, casi me empujaron hasta mi campo de juego. El final llegó segundos después. Y más abrazos, más rostros felices, más lágrimas. Una fiesta silenciosa, en la que disfruté sin gritos.
Almamonte me abrazó y lloró conmigo.
Una hora más tarde, el plantel sabía mi verdad.
Hace dos meses que estoy haciéndome estudios continuos. Pero parece que no hay forma de revertir la enfermedad. La infección me dejó sordo, de los dos oídos. Practico a diario y logro entenderme muy bien con mis compañeros, que día a día me están enseñando una lección de vida. Mis miedos, ya no existen.
El vacío que dejó la ausencia de voces, lo colmo con el afecto de todos y el amor por el deporte. La nada al final nunca llegó. En su lugar lo hizo la esperanza y el cariño. Hoy soy más deportista que antes. Ahora comprendo que los sueños nunca terminan. Siempre hay algo más por lo que luchar.

6 comentarios:

Mixha Zizek dijo...

Buenísimo el relato, me gustó mucho.. es una lección de vida... y ahora que te leo me dejas oensando que últimamente me siento mareada, y pierdo coordinación pienso que es la stress de muchas cosas, me haré un chequeo, un abrazo gigante y vendré seguido a leerte

he vuelto...

SIL dijo...

Es excelente, y de una especie de surrealismo pasa a ser una historia de vida que puede servir de consuelo y ejemplo.


Un abrazo grande



SIL

Con tinta violeta dijo...

Me ha gustado mucho, Neto. Una historia de superación de miedos y de una realidad que se tuerce. Estos textos aumentan siempre la esperanza de que mientras existan seres así, no todo está perdido,
Beso!!

Netomancia dijo...

Doña Mixha, Doña Sil, Doña Tinta, coinciden en la esperanza, en el ejemplo de vida. Y sin dudas que es así. Mientras haya voluntad y gente querida alrededor, todo se supera.
Abrazos!

Garla Kat dijo...

Estimado amigo, en este mundo de la web donde la minificción y el microrrelato están tan de moda. Es un grato descubrimiento encontrarle a usted con sus cuentos e historias. Llevo rato por aquí y me quedaré aún mas, y seguiré volviendo. Un gusto.

Netomancia dijo...

Doña Garla, muchas gracias por el comentario. Es todo un halago. Espero verla seguido. Saludos!