Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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15 de octubre de 2011

La tarde que nevó en el barrio

No es necesario tener una gran memoria para recordar el peor día en la vida de uno. Ese día, nefasto, quedará grabado en la mente hasta el fin de los tiempos, sin que uno se lo proponga y lo perseguirá a sol y sombra en los momentos que menos quiera evocarlo.
Es una constante humana, algo sabido desde que el mundo es mundo, es decir, desde que alguien lo ha pensado a razonar así.
En mi caso, recuerdo cada detalle con cruel exactitud. Era una tarde de oscuros nubarrones en el horizonte, sin embargo, con nuestros doce años, aquello no nos asustaba. Jugábamos a la pelota en la calle, sin que ningún auto nos molestara, porque no era un barrio muy transitado y menos a esa hora.
Eran partidos reñidos, con chicos de esa misma calle. Cinco o seis venían de otras partes, que si bien entonces nos parecían parajes remotos, lo más lejano habrá sido dos o tres cuadras de distancia.
Parecía una tarde más, sencilla, de patadas y gritos, risas y pisadas Hasta que pasó ella en bicicleta. Ella era una flaquita de rostro angelical, que vivía en la esquina de casa. Tenía el pelo largo, de color oscuro. Sus ojos eran como dos perlas de miel. Tenía una bicicleta rosa, con canasto adelante y solía pasearse por la vereda de una esquina a la otra, durante horas y horas. Era dos años más chica que todos nosotros. Por eso, más que llamarles la atención, a los demás su presencia les fastidiaba.
Un par le gritaron para que apurara su andar, que se podía ligar un pelotazo. Estaba seguro que si alguno de los que le gritaron, tenía la pelota en sus pies, hubiese pateado para darle. Lo sabía entonces y lo sé ahora; no se trataba de maldad, sino ese eterno enfrentamiento niña - niño de la infancia, que comienza a cambiar en la misma medida que a ellas les crecen los senos y a nosotros las ganas de verlos.
Sin embargo, por alguna razón, el hecho de verla me mareaba. Las primeras veces que me sucedió, supe que no era casualidad, que era ella la que lo provocaba. Era su rostro, su forma de andar en esa bicicleta, su voz al saludarme. Un día le pregunté como se llamaba. Ella frenó con su bicicleta a tan solo dos metros de donde estaba y me dijo con una melodía suave como una brisa: Malena.
Malena fue entonces una obsesión. Mirar por la ventana cada cinco minutos para ver si estaba andando en la bici, cosa de salir a verla de más cerca. Ir cada tanto hasta la esquina, haciendo como que esperaba a alguien, para tener la oportunidad de observarla asomada en su casa o jugando en la puerta. O, cuando estaba yendo y viniendo por la cuadra en su bicicleta rosa, salir y sentarme en el cordón de la vereda, y haciéndome el distraído, mirarla una y otra vez, sin descanso.
El milagro que a veces me dirigiera una palabra se daba ocasionalmente si la encontraba en el almacén de la vuelta o bien, cuando yo me animaba a decirle, con una sonrisa de oreja a oreja “hola Malena”.
Cómo comprenderán, cuando la vi en aquella tarde oscura, me quedé paralizado. Los que no le gritaban, siguieron jugando. Pero mi cuerpo, de doce años, dejó de pertenecer al partido y todos los sentidos estuvieron puestos en ella. Hasta que la pelota se estrelló de lleno contra mi rostro y me tiró al suelo de espaldas. Fue como despertar de un sueño con un ladrillazo. Sentí el rostro caliente y la nariz dolorida. “Está sangrando” escuché que alguien decía. Se me acercaron varios de los chicos y uno me calmó “quedate tranquilo Atilio que el Negro fue hasta tu casa a buscar un algodón”.
Me quería levantar, para verla a ella, para saber si había seguido su camino o si estaba allí, observando mi vergüenza. Pero los chicos me mantenían en el suelo. “Quedate quieto, te vas a manchar todo”.
La sangre era lo que menos me importaba. ¿Dónde estaría Malena? Ojalá no mirando la escena, rogaba interiormente. Y mientras pensaba en eso, llegó el Negro, corriendo con algodón y una botella de agua oxigenada. El bruto me tiró un chorro en la nariz y después presionó con el algodón. Pegué un alarido, no tuve tiempo ni de tratar de evitarlo.
- ¡La puta que te parió Negro! - le grité desaforado, poniéndome de pie. El algodón se me cayó y tuve que agacharme a buscarlo. Al hacerlo, cayó un montón de sangre al piso. Al ver eso, sencillamente me desmayé. Caí redondo al suelo, como una bolsa de papa.
Me llevaron a la vereda y me apoyaron contra la pared de mi casa, justo debajo de la ventana. Escuché las risas, a medida que iba recuperando el color. “Dale, sigamos mientras el Atilio se recupera”. De inmediato estaban pateando la pelota otra vez. Me quedé, sentado, con los ojos a medio abrir y sosteniendo el algodón.
Delante de mí vi frenar una rueda de bicicleta. El guardabarros era rosa. Abrí bien los ojos y la vi a ella, sobre el asiento, asida del manubrio, los dedos sobre el freno. Sus ojos de miel me miraban.
Esbocé una sonrisa, como para que no se asustara. Suponía que mi rostro debía estar muy colorado, entre el pelotazo y la sangre.
- No fue nada - le dije, tomando coraje de donde no lo tenía, tratando de quitarle dramatismo a aquel infortunado episodio y aprovechando, claro está, para poder oír su voz, escuchar de esos labios tan finos y dulces sus buenos deseos para conmigo, o mejor aún, quizá la invitación (ya sea por pena o bronca por las risas de mis amigos) para ir a merendar luego a su casa.
Sus ojos color miel me miraron intensamente. Fue una mirada larga y sostenida. Mi corazón se paralizó, quedó al borde del colapso. Nunca se había detenido tanto en mí. Y entonces, me dijo:
- Que pendejo maricón.
Y de inmediato, como si esas tres palabras las hubiese escupido desde un balcón, se alejó pedaleando, perdiéndose en la esquina.
Quedé helado, herido, destrozado. Los nubarrones del cielo se hicieron más intensos, se colocaron justo encima de aquel lugar y dejaron caer gotas del tamaño de un cospel. Los chicos se dispersaron en todas direcciones, riendo sin parar. Yo quedé en silencio, escuchando el sonido de la lluvia en el cemento, sintiendo cada gota en mi cuerpo como un puñal amenazante. Mi madre se asomó por la ventana y me gritó con violencia que me metiera adentro.
¿Qué sentido tenía, tras esas palabras? ¿Qué más daba mojarme que ponerme a cubierto? La lluvia se hizo más intensa. La frialdad de Malena me envolvió de tal manera, que las gotas dejaron de golpearme. Cerca de mi cuerpo se convertían en copos de nieve y recorrían los últimos centímetros muy lentamente.
Estoy seguro que si mi madre no salía enfurecida y me tomaba por el cuello, metiéndome en la casa, la nieve me hubiese cubierto, formando allí mismo, debajo de la ventana, la tumba de mi niñez.
Por supuesto, cuando le cuento esto a mi madre, ahora que han pasado los años y me he mudado a otro barrio, con mi propia familia, se ríe con ganas y niega cualquier indicio de nieve, tratándome de “soñador”.
De vez en cuando me la cruzo a Malena, ya crecida y con hijos, tan hermosa como siempre. Y no hay vez que no lo evite, que no le diga sonriendo “hola Malena”. Pero ella mira hacia otro lado y me niega el saludo. No me hago mala sangre, solo una vez nevó en mi vida y me preparó para todo el viaje. Ya no sufro, tan solo la entiendo. Lejos estuve de ser su príncipe azul. En cambio, sin saberlo, ella fue la que me enseñó que el amor es sinónimo de dolor.
Y desde entonces que le estoy agradecido.



* Cuento escrito para la Revista Tintas (Seguí - Entre Ríos), publicada en el número de agosto del presente año.

9 comentarios:

artnueve dijo...

tremendo Neto, que buen relato, cargado de una dulzura dolorosa típica del estar enamorado; muy buieno Netito!
Cómo no iban a publicar esto en la Tintas? Sino lo hacían yo mismo iba y les ponía las barbas en remojo! jejeje
abrazos!

Horacio Beascochea dijo...

Gran, pero gran relato, me gusta las diferentes atmósferas que se van desarrollando a medida que se avanza en la lectura.

Saludos desde Neuquén

HUMO dijo...

Conmovedor, hermoso!

Besitos!

=) HUMO

Camilo dijo...

Crueldad plasmada en letras. No sé si pueda decir que fue un final triste o feliz. Porque desconozco lo que hubiese pasado si Malena lo hubiese invitado a su casa así como desconozco que fue de la vida de Atilio sin ella. Pero me gustó mucho que no tuviera el final esperado.
Neto, tenés un errorcito en el tercer páarrafo de abajo para arriba, en la penúltima línea. Ponés "nueve".
http://idasueltas.blogspot.com/

Netomancia dijo...

Don Diego, no se me violente!! Jaja. Un grab abrazo muchacho, me alegro que sus cosas marchen de 10!!

Don Horacio, muchas gracias! Un placer su comentario. Saludos para el sur argentino!!

Doña Humo, muchas gracias!!!

Don Camilo, mil gracias por marcarme el error, corregido!!! Y gracias por el comentario, como siempre, tan detallado. Un abrazo.

PájaroyOsoyLiebreyPez dijo...

Las minas pueden ser jodidas... Pero de ellas se aprende...
Muy bueno Neto!! Abrazo!

SIL dijo...

Las mujeres suelen ser perfectas hasta que hablan...

:DDDD


Re- lindo, tiene una pizca de todo el relato.


Un abrazo inmenso


SIL

Con tinta violeta dijo...

Es una mezcla equilibrada entre diversas experiencias. No me extraña que la hayan publicado. Espero que el muchacho al fin encuentre el amor que si bien puede traer algo de dolor, también es una reconfortante compañía que ayuda a crecer y a ser.
Besos!!!

mariarosa dijo...

Que hermoso relato. Una niña con corazón tan duro, mejor perderla en el camino de la vida.

Un beso.

mariarosa