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22 de agosto de 2011

La subasta

Fui a la subasta por insistencia de mi amigo, un cordobés que estuvo parando en casa un par de meses, mientras se separaba y busca una casa dónde alquilar. Nunca había estado en ninguna y sinceramente no me interesaba.
- Dale, acompañame - me dijo. No tenía nada que hacer ese sábado. Mi mujer se iba con los chicos a la casa de la hermana y yo, con la excusa de estar de guardia en el trabajo, le decía que no podía irme de la ciudad. En realidad, tampoco me llamaba la atención ir a la casa de la hermana.
Y eso Andrés, mi amigo, lo sabía muy bien. Por eso su insistencia se convirtió de pronto en una imposición. El pedido fue una especie de sugerencia y me sentí obligado. ¿Qué se puede perder con ir?
- ¿De qué es la subasta? - le pregunté.
- De todo un poco - me contestó vagamente.
- ¿Y cuánto dura eso?
- Un rato, si vemos que no hay nada interesante, nos volvemos.
Con esa respuesta me convenció, aunque convencimiento o no, tenía el presentimiento que iría. Uno se da cuenta antes que suceda. El otro ya había planificado todo en su cabeza y difícilmente se podía torcer el rumbo de la historia. Andrés lo tenía decidido y punto. El preámbulo era parte de la anécodota futura, la que diría al mostrar la lámpara antigua el día de mañana: "Mirá que linda que es, una ganga, y pensar que el choto de Julián no quería acompañarme".
Tomé la billetera pero dejé solo un poco de cambio. Si llevaba dinero por ahí me tentaba con algo, a pesar que no sabía muy bien como era el sistema.
- ¿Y vos podés comprar lo que quieras que esté en remate? - era totalmente virgen en el tema y me exponía en cada pregunta.
- Lo que quieras y esté a tu alcance. Tenés que ir viendo los precios que se manejan, por ahí no hay interesados en algo y eso te sale barato. Pero tampoco tenés que comprar cualquier cosa por el solo hecho que sea barato. Eso es ser compulsivo.
Asentí como si hubiese entendido. En realidad, no me gustaba ni siquiera ir de compras al supermercado. A veces agarraba de la góndola una mermelada y recibía el reto de mi mujer. ¡Esa no! me gritaba, sin importarle que hubiese o no gente alrededor. Y yo, víctima, de pie con el frasco delator aún en la mano, buscaba en las letras de la etiqueta el motivo, pensando que quizá el gusto no era el indicado (a pesar de leer durazno, que era el que más nos gustaba).
Luego me enteraba, casi de rebote, cuando conversaba ella con alguna amiga tomando mates en la cocina que la que había comprado tenía esto y aquello y que además, por ser ese día, había una promoción de no se qué. Siempre era así. Había que estar informado hasta para hacer las compras. Envidiaba mis días de niño, el cruzar de calle y comprar en lo de doña Adelina. Iba con mi listita y ella me la devolvía minutos después con una bolsa repleta de mercaderías. Y mamá nunca se quejaba ni me retaba, a menos, claro, que hiciera caer la bolsa en el camino.
Y ahí estábamos los dos, con Andrés, avanzando por el centro de la ciudad, hasta el lugar de la subasta. Me hablaba del último remate al que había ido (y ahí entendí que una subasta y un remate eran sinónimos), en el que había comprado la cuna del nene. Al recordar a su hijo, ahora con su ex, dejó de hablar. El silencio nos acompañó hasta el sitio de destino, un galpón de puertas corredizas, en cuyo interior se habían dispuestos sillas como si se tratase de un teatro.
Arribamos con tiempo como para recorrer el sector donde estaban los objetos a subastar. Sinceramente nada me llamó la atención. Cuadros viejos, sillas horribles, un candelabro que parecía sacado de una película de terror, juegos de sábanas, de vajillas, aparadores de mal gusto, botellas... y dejé de mirar. Andrés seguía embobado, tomando apuntes en una libreta. Me fui a sentar, lejos de los lugares de adelante. Si Andrés quería luego ir más allá, iría, sino, prefería la retaguardia.
Una mujer pasó a mi lado y tomó el asiento contiguo. Era una mujer madura, pero muy bonita. Con la cartera me golpeó el brazo y me pidió disculpas, con una voz entre compungida y amable. Sacó de la cartera golpeadora un pañuelo y disimuladamente pude ver que se quitaba algunas lágrimas de los ojos. No soy muy bueno disimulando a decir verdad. Me vio. Por reflejo, sonreí. Ella contestó de la misma forma.
Un calor me recorrió el cuerpo. Qué vergüenza. Apunté la mirada hacia delante, con firmes intenciones de no apartar la vista de lugares menos comprometedores. Pero la mujer me habló, quizá dándose cuenta que, valga la redundancia, me había dado cuenta que había estado desubicado espiando que hacía con el pañuelo.
- No se preocupe joven, llorar no es tan malo y observar a alguien que llora es un gesto de apoyo.
No supe que contestarle, me había tomado por sorpresa. Además me había dicho joven y yo le calculaba mi misma edad. Cuarenta y tantos. Con seguridad era todo cirugía, el inconsciente la había traicionado. Volví a sonreírle, como un estúpido. Uno se acostumbra tanto a estar con una mujer, a comportarse bien delante de ella cuando hay otras mujeres, que con el tiempo, se vuelve un imbécil en situaciones como esa.
- ¿Viene a comprar algo? - pregunté y al instante me mordí los labios. ¿Qué preguntá estúpida era esa? ¿Acaso no era un remate ese? ¿No iba la gente a comprar cosas? Bueno, en mi caso, iba de compañía, pero era claro que ella estaba sola. En ese momento dudé entre arrojarme debajo de la silla, como un niño o pedirle disculpas, levantarme y decirle a Adrián que lo esperaba afuera, por la vergüenza que estaba pasando.
Pero la mujer, guardando el pañuelo, meneó la cabeza. Su perfil era hermoso. Se notaba una fina capa de maquillaje en sus facciones, pero suave, delicado. Salvo donde las lágrimas habían atravesado su rostro, el resto lo cubría un inmaculado brillo. Me miró y vi sus ojos. He visto en revistas fotografías de esmeraldas. Es una piedra preciosa, de un color maravilloso. Sus ojos eran aún más llamativos y por eso, mil veces más bellos que una esmeralda.
- No - me dijo, mientras mi atontada vista no podía apartarse del encanto de sus ojos - solo he venido a despedirme de mis cosas.
Me quedé embobado mirándola. Cuando me di cuenta del silencio, supe que debía hablar o desaparecer.
- ¿Todo eso... - señalé con el dedo hacia el sector de los objetos, mientras pensaba antónimos de la palabra porquería - era suyo?
Asintió con la cabeza. Vi dolor en el gesto, en como apretó los labios y algunas arrugas surcaron sus mejillas. Podía seguir metiendo la pata preguntándole si había perdido todo en el casino o alguna imprudencia aún mayor, pero opté por el silencio.
Fue entonces que escuché una voz proveniente del micrófono colocado delante de las sillas, pidiendo que nos ubicáramos que en dos minutos comenzaba la subasta. Andrés llegó apurado a mi lado y me puso una mano en el hombro.
- Acá atrás no, boludo, vamos adelante, así podemos seguir mejor la subasta. ¿Viste esas maravillas? ¿Te das cuenta el valor que pueden llegar a tener en unos años? Y por lo que me dijeron, salen con precios bajísimos.
- Andrés - le dije - andá vos...
- Dale, dale, que empieza. Dale boludo, que nos sacan el lugar. ¡Menos mal que vinimos Julián!
Prácticamente me puso de pie. Quise explicarle que estaba acompañado por la señora que era dueña de todo,  pero en ese momento dijo algo que aún resuena en mi cabeza y detuvo mi comentario.
- Esto estuvo abandonado por más de setenta años en una mansión deshabitada. En unos años valen una fortuna, como antigüedades.
Giré de inmediato hacia mi asiento, para comprobar que a mi lado no había nadie. Me debo haber puesto pálido, porque Andrés me preguntó un par de veces que me pasaba e incluso me pegó suavemente en la cara. Le excusé diciéndole que necesitaba algo de aire, que iría afuera. Prácticamente corrí hacia la calle. Allí respiré hondo. Asustado.
Hasta el día de hoy sueño con esa tarde en la subasta, a la que no quería ir. Andrés al final pujó con éxito por varias cosas. En mis sueños la mujer aparece y me pregunta si mi amigo está cuidando lo que adquirió. Como en aquel momento, me quedo mudo, como un estúpido, perdido en aquellos ojos más hermosos que las esmeraldas, descubriendo al final que en realidad no son ojos, sino cuencos vacíos de un esqueleto que se desmorona en mis brazos. Despierto aterrado y con lágrimas en los ojos, aferrando un pañuelo que jamás compré.

14 comentarios:

el oso dijo...

NO pensaba identificarme con un personaje, pero bueno...
Excelente una vez más, Neto!!

Con tinta violeta dijo...

Genial la historia Neto. Me encanta el detalle de "la Fantasma" cuestionando si el amigo cuida sus pertenencias...en el fondo es un deseo muy humano ya que nos atamos a veces excesivamente a nuestras pertenencias, ja!
Imaginación y frescura.

Con tinta violeta dijo...

Me encantó. Besos!!!

SIL dijo...

Está muy bueno (teníais razón :P)

Al margen de que todos terminamos enamorados de esos ojos esmeraldinos, sólo el que ha estado en una (o muchas) subastas, sabe cuánta crueldad las asiste.

Son impiadosas.
Es una imagen de buitres y carne despedazada sin sangre, o en todo caso: con sangre fría :=)

Es muy tentador comprar en remates...
Hasta que te topás con la mirada desesperada de los dueños de los artículos subastados =)


Beso grande


SIL

Camilo dijo...

Excelente historia. Un final inesperado. Pero como todas las entradas de este blog, me ha gustado mucho.
http://idasueltas.blogspot.com/

MAGAH dijo...

La necesidad de hallarnos en una mirada. Nada puede ser peor que encontrar un par de cuencos vacios...ahí habitan los fantasmas.

Abrazo Don Neto! Muy bueno!

mariarosa dijo...

¡Muy buena historia!
Siempre te destacas y lo bueno es que eres variado en los temas.

mariarosa

Netomancia dijo...

Don Oso! Cómo le va!!! Con quién se identificó, yo con el rematador que hacía los anuncios ja. Gracias!!! Un abrazo!!!

Doña Tinta, si, retraté a un fantasma muy humano, casi se diría, un humano fantasmal. Muchas gracias! Saludos!!

Doña Sil, si, así es, en este caso sufre hasta un fantasma. Un remate encierra historias que no conocemos, quizá desgarradoras. Pero solo se nos muestra esa parte, la comercial. Muchas gracias! Saludos!

Don Camilo, me alegro que sigamos en la buena senda entonces y le guste relato tras relato! Muchas gracias! Saludos!

Doña Magah, aunque suene tenebroso, es bien triste esa frase. El fantasma es una parte del olvido, que no se quiere ir. Muchas gracias! Saludos!

Netomancia dijo...

Doña Mariarosa, justo contestaba y apareció su mensaje, cual fantasma!!! Ja. Intentamos variar, para bien del lector y más que nada, del autor ja. Muchas gracias! Saludos!

Ro♥ dijo...

Fantasmal ese pañuelo!
què hace ahì?!
es ella que viene a vigilar sus cosillas
muejejeje


:)

Nunca fuì a una subasta. Creo que las oportunidades que en ella existen deben ser gratificantes para el comprador..y el vendedor...depende la situaciòn. En èste caso, dolorosa.

MUY bueno!

Abrazo♥

Netomancia dijo...

Doña Romina, el pañuelo vendría ser el objeto mágico del cuento, es decir, el recurso como para que ustedes lectores se hagan cargo del final jajaja. Una sola experiencia en remates, cosas de informática, el negocio había cerrado con seguridad cinco años antes, lo que había era... prehistórico. Fui, miré y no compré. Pero no me perdí el "cinco pesos a la una... a las dos... ¡vendido!". Saludos!

Palabras como nubes dijo...

Neto, excelente cuento!! Bien por el ritmo, por el quiebre, por ese final con el pañuelo; me encantó.
Una sonrisa a la frase: "mientras pensaba antónimos de la palabra porquería".

Buena semana

J&R

Miguel Barrios Payares dijo...

Buena, buena historia.
Me gustan estos finales.

Creo que debo leer un montón de este blog. Noto que es bastante antiguo. Qué bueno es encontrarse este tipo de blogs.

Seguiré pasando.

Buen día para todos.

Netomancia dijo...

J&R, como siempre, un placer que estén por el blog! Y me alegra que le haya gustado el texto. Si, el humor fue para despistar y no dar indicios del fantasmal desenlace. Muchas gracias! Saludos!

Don Miguel, bienvenido al blog! Si, antiguos e insistentes, siete años en el rubro avalan nuestra trayectoria (siempre quise decir eso!). Espero que la lectura sea grata. Muchas gracias! Saludos!