Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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30 de diciembre de 2010

Por Martín

Entre tanto estruendo, se olvidaron de Martín. Chiquito, encarador, de berretín fácil y llanto ligero, el gurrumín se escapó por el fondo de la casa, que no tenía tapial.
Se dieron cuenta a la hora del brindis, en el momento que renegaban con Mateo, el nene más grande, porque seguía encendiendo cañitas voladoras mientras que los abuelos querían bajar el pan dulce con alguna bebida.
La madre lo llamó por su nombre. Se inquietó, aunque no quería trasladar sus nervios a los demás familiares. Se le acercó su esposo, que le preguntó que pasaba. Le confesó que había perdido de vista a Martín y que ahora no lo encontraba.
El hombre puso en sus manos la botella de champán y salió a la vereda. Consultó con sus vecinos si habían visto a su hijo, al más pequeño. Entre risotadas y felicitaciones, le dijeron que no, aunque fueron sinceros: habían estado atento a los fuegos artificiales.
Se le ocurrió entonces la nefasta idea del fondo de la casa. Pero no podía ser, tanta gente en el lugar y el nene se escapa sin que nadie lo vea. Pasó delante de la mesa donde estaban todos sentados y por los rostros, la preocupación se había instalado entre los mayores.
Su mujer lo siguió, dándose cuenta del lugar al que se dirigía. El le pidió que regresara por una linterna y así lo hizo. En la oscuridad, el hombre se las arregló para no tropezar con escombros de una vieja construcción. Quizá en el momento de los fuegos artificiales irrumpiendo en la noche, los destellos de luz pudieron haber ayudado a Martín a sortear todos los peligros, pero si se había internado en el camino que llevaba hacia las afueras...
Su mujer llegó con la linterna, agitada. No le dio tiempo a preguntar, tomó el aparato y lo encendió. El haz barrió el lugar de un lado a otro, frenéticamente. Ella quería pedirle calma, pero de nada serviría. No había rastros de Martín.
Avanzaron por terrenos baldios, siguiendo la única dirección posible. Llegaron hasta el camino que tanto temía, sin haberse topado con ningún indicio.
- No quiero llamarlo aquí a los gritos Elena.
- Te entiendo - dijo ella casi en un susurro.
Más allá se veían los altos matorrales de los primeros campos y aún más lejos, el espeso bosque de árboles que se recortaba siniestramente contra la noche. Una brisa de antaño les erizaba la piel. A kilómetros de distancia, un aullido partió la oscuridad en dos.
- Volvamos Elena, no tiene remedio.
Quiso pronunciarse en un llanto, pero reprimió el impulso.
Volvían en silencio, aunque de vez en cuando ella repetía como un robot "sabía que no debía ir hacia allí, sabía...".
Ingresaron a la casa por el fondo. Se recordó las veces que se dijo que debía tapiar el lugar, como lo habían hecho todos los vecinos. En la mesa los aguardaba un semblante lúgubre, casi de resignación. No hubo preguntas. Comprendieron al verlos volver sin el pequeño.
Los padres tomaron asiento cada uno en su lugar y sin mirarse a los ojos, tomaron sus copas. El fue el primero en levantarla y decir "por Martín". Chocaron sus copas, con algún que otro petardo tardío de fondo y el llanto de una de las abuelas.
Allá afuera estaba Martín, si acaso aún era tal. Sabían todos su destino, porque nadie que fuera a los Campos de la Sangre, volvía a la ciudad. Al menos como humano.

27 de diciembre de 2010

Carrusel de recuerdos

De mi infancia tengo recuerdos borrosos. Cuando pienso en aquellos años, las imágenes saltan de un lugar a otro, como si se disparara una ruleta gigante y jamás se quedara quieta.
Mi psiquiatra me ha dicho que solo el tiempo puede canalizar aquello que creemos, son heridas abiertas. He intentado pensar en ello. La paciencia no es mi punto fuerte. En parte, podría afirmar, la falta de esta, es la que inició todo.
De los pocos recuerdos que se mantienen y que me asaltan por las noches muy de vez en cuando, está la noche en la que aguardábamos con mis hermanos más pequeños que llegara mamá del trabajo. Los tres a la mesa, habíamos terminado de hacer los deberes y con una responsabilidad admirable, habíamos desocupado el sitio, para que cuando mamá llegara, colocara los platos y nos preparada la cena.
Pero según las manecillas del reloj de pared, ya tendría que haber llegado para entonces. Es nítido en mi mente, aún a pesar de los años, el sonido de los pasos delante de la puerta del frente de casa. Ansiosos, corrimos a recibir a mamá. Sin embargo, al abrirse la puerta, fue el hombre que entonces nos visitaba de tanto en tanto y al que le decíamos papá, el que entró a la casa.
Su rostro parecía desencajado. El cabello revuelto no le daba mejor aspecto. Retrocedimos, asustados. Nos calmó la presencia de dos policías fuera de casa, asomados por la puerta, observando lo que estaba por producirse.
Aquel hombre, papá, nos dijo muy angustiado que mamá se había ido al cielo. La idea en ese momento nos resultaba poco entendible, pero sabíamos lo que significa ello. No la veríamos más. Rompimos a llorar los tres, casi por compromiso. El sujeto nos abrazó, aunque ya nada podía revertir la situación.
Desde entonces, los recuerdos que vagamente se cruzan en mi mente, tienen que ver con ese hombre viviendo con nosotros. No podría aseverar si era o no nuestro padre real, pero así lo llamábamos y en la medida que pudo, intentó ayudarnos con nuestras cosas. De pronto en casa hubo un auto, un televisor nuevo y otra mujer.
Con ella la situación era diferente. Nos trataba mal y nosotros a ella. Aunque debíamos cuidarnos, porque si le hacíamos algo, papá no solo nos retaba, sino que nos ponía en penitencia.
Había una caja, en lo alto de un armario. Ese es otro de los recuerdos fijos que me quedan de entonces. Y quizá el más perturbador, el que marca mi vida. Qué es, le preguntaba a papá y siempre la respuesta era un gruñido y una mirada tan feroz como sentenciadora: "Esa caja no se toca".
La mujer, la que llegó después de mamá, de la que no recuerdo el nombre, dejó de vivir con nosotros. No se muy bien cuánto estuvo y cuándo se fue. Pero el día que papá me descubrió abriendo la caja, ella ya no estaba.
De eso estoy seguro, porque su cabeza era una de las dos que había dentro de la caja. La otra era una calavera con jirones de carne aún colgando y restos de una cabellera larga y rubia, casi como la de mamá.
No recuerdo bien que pasó luego, solo se que papá me castigó y durante mucho tiempo no vi la luz. A veces pienso en esos tiempos, como los años del sótano, quizá porque lo poco que tengo en memoria tiene que ver con un sótano. Papá me sacó a la rastra de ese lugar una eternidad después. Tras la oscuridad, no tengo recuerdos sobre mis hermanos. Nunca supe que fue de ellos.
Viví con papá unos años, pero en algún momento ya no volvió a casa. Entonces fue que llegaron los doctores y me llevaron a aquel enorme edificio, donde tuve cama y comida, y mucha soledad.
Hay días que creo entender la forma de ensamblar cada recuerdo, como si se tratase de un enorme rompecabezas, pero como dice mi psiquiatra, no soy muy inteligente y entonces mis pensamientos se dispersan. Muchas cosas siguen siendo un misterio.
Y si bien el doctor me pide que preste mucha atención a mis sueños, no entiendo la relación de estos con lo que me pasó.
Si así fuese, tendría importancia ese cuchillo que en los sueños tengo en mi poder, ese afilado y de hoja larga que en casa se usaba solamente para cortan la carne, el mismo que veo en mis pequeñas manos, prestos a rebanarle el cuello a mamá y luego a esa otra señora de la que no recuerdo el nombre.

23 de diciembre de 2010

El vendedor de sahumerios

Las grandes ciudades ocultan a los turistas o a los extraños sus partes más horribles, dejando a la vista solo aquello que puede provocar el deseo de volver. A veces, para quienes miran muy atentamente, se filtran como por un tragaluz, algunos indicios de esos maliciosos detalles que obligarían a salir huyendo sin mirar atrás.
La gente que desde siempre las habita, conoce esas facetas oscuras pero no siempre quiere hablar de ello. Incluso, en la mayoría de los casos, aparta la mirada de lo que no le incumbe y deja al libre albedrío los designios misteriosos de la urbe en la que vive.
A veces corren rumores que a la larga se convierten en mitos y en otras oportunidades son mitos que se transforman en rumores. Lo cierto es que toda ciudad grande tiene una piel oculta, más arrugada, más pálida, más lúgubre que la que deja ver y tras los enormes edificios, imponentes monumentos y gigantescas avenidas, se esconden realidades que algunos preferirían no conocer y que otros habrían deseado, jamás descubrir.
Sebastián, que estudiaba el último año de medicina, y que durante los primeros cuatro años de la carrera había viajado a diario desde su cercano pueblo natal, ignoraba todo esto. Ese último año quiso hacerlo radicado en la ciudad donde estaba la universidad. No por comodidad, si tenemos que decir algo a favor de Sebastián, sino porque debía comenzar la residencia y el tiempo destinado a volver a su hogar iba a estar relegado por actividades vitales para recibirse.
Los horarios apretados, las pocas horas de sueño, el trato indiferente del personal del hospital donde hacía la residencia y la gran cantidad de apuntes que debía aprender para los primeros parciales, lo estaban volviendo loco. No literalmente, por fortuna.
Pero sin dudas que las jaquecas reiteradas, el cansancio muscular y los trastornos estomacales que tenía eran producto de la agitada vida a la que estaba sometido, en pos de su sueño y el de su familia.
Vida que, por otro lado, no le permitía placeres que sus amigos disfrutaban seguido. El encuentro semanal para comer un asado, un partido de fútbol en el club del pueblo, la salida con la novia, la charla con los padres. Pero, se decía, eran sacrificios válidos. Al menos, si no se creía del todo esa idea, insistía en hacerlo y así, se convencía para volver a levantarse con ánimo al día siguiente.
Pero ese despertar sobresaltado, en ese día gris de mayo, fue demasiado para su saturada existencia. Había soñado con callejones eternos de largo, algunos colmados de murciélagos, otros de ex novias que le reclamaban mayor atención. En su momento, no había sabido por cuáles optar. Se había perdido, en su sueño, y no encontraba salida alguna, aumentando a cada instante la tensión hasta que agitado, casi faltándole el aire y sudado, despertó.
Atemorizado sin sentido, logró ponerse de pie. Tenía el cuerpo bañador en sudor y el cabello se le pegaba en el rostro. El dolor de cabeza era mayor aún y sentía nauseas. Fue al baño, pero todo quedó en amenaza.
Miró la hora: apenas las dos de la tarde. Había regresado de la guardia en el hospital a las diez de la mañana y había caído rendido en la cama. No había dormido nada. Y ahora tenía los ojos bien abiertos y si bien lo intentó, como ya lo sospechaba, no pudo volver a conciliar el sueño.
Debía ir a la universidad a las siete de la tarde, podía aprovechar para repasar algún apunte, pero sabía que no podría concentrarse. Con jaqueca, de mal humor por no poder volverse a dormir, lo menos que quería, era estudiar. No era de tener impulsos, más bien era una persona medida. Pero esa tarde Sebastián tomó la decisión de salir a caminar para despejarse. Un lujo que no se daba muy seguido, el de aprovechar el tiempo para algo que no sean los pilares de su vida actual: estudiar, hacer la residencia y volver estudiar.
El día estaba fresco, el sol se mantenía oculto tras cúmulos de grises nubes y la gente caminaba velozmente bien abrigada. El tránsito, a pesar de la hora, era un caos. Su departamento estaba cerca del centro. Y era pisar la vereda y sentir ese ruido tan propio de ciudad, con el chillido del colectivo frenando en la esquina, los bocinazos de los taxistas en las esquinas, el grito del vendedor ambulante, el parloteo de cientos de conversaciones que convergían en el aire. Ese ruido en el que no se detenía a pensar durante sus días comunes de ajetreo y que, en ese preciso instante, deseaba hacer desaparecer con furia.
Si quería entretenerse podía ir hasta la peatonal y recorrerla de arriba abajo, entrar a cada una de las galerías y visitar las tiendas de libros y música que tanto le gustaban y que hoy por hoy no eran prioridades. Sin embargo quería escapar del ruido y decidió caminar en sentido opuesto, salir del centro, recorrer calles lejanas, desconocidas. Y si fuera posible, esfumarse en el aire aunque sea por un par de horas. Pero no era mago.
Mientras caminaba, el viento le daba en la cara. No le molestaba, lograba despejarlo. Notaba a cada paso que dejaba atrás algo más que las calles céntricas, pero no sabía qué. Caminó durante un buen rato, sin percatarse de nombres de calles ni de alturas, ni de tiendas ni edificios. Caminó, sin detenerse en las esquinas ni esperar el semáforo en rojo. Cruzó las calles con la seguridad de un ciego guiado por su lazarillo y recorrió veredas como si estas fueran pequeñas baldosas, a las que iba dejando atrás con un suspiro.
Apenas si levantaba la vista para decidir si seguía derecho o tomaba la decisión de doblar a la izquierda o cruzar la calle y avanzar en la otra dirección.
Creyó cruzar baldíos, vías del ferrocarril y algunos terraplenes. Pasó por barrios de los que no sabía su existencia y le pasó al lado a gente que jamás imaginó cruzaría.
Notó tarde que el gris del día se tornaba más oscuro. Había perdido la noción del tiempo y cuando se detuvo a mirar la hora, además de descubrir que su reloj no marchaba, se dio cuenta que no sabía donde estaba.
No solo por el lugar, sino porque estaba prácticamente en el fondo de una calle sin salida, una especie de callejón ancho, cuyo horizonte se veía obstaculizado por un tapial descolorido, que mostraba sus ladrillos como dientes afilados, esperando a quién se le acercara con cierta falsa simpatía.
Giró en redondo y se encontró con una calle en cuyas veredas lindantes no había vivienda alguna, tan solo enormes tapiales, Y en el fondo del callejón, delante del tapial de ladrillos descoloridos, había un pequeño puesto de chapa, muy parecido a los que utilizaban en el centro para la venta de diarios, pero más pequeño, con una abertura rectangular en lugar de ventana y sin ninguna puerta a la vista, por lo menos en lo que el frente dejaba ver.
Había alguien del otro lado de la ventana abierta. Con timidez y curiosidad, se acercó a paso lento, olvidándose por completo que estaba perdido y que seguramente se le había hecho tarde para ir a la universidad.
A medida que se acercaba fue divisando la silueta de un hombre, no muy alto, hombros pequeños, rostro redondo, de oscuros y finos bigotes, ojos hundidos y oscuros y una elegante galera rematando la cabeza.
El hombre lo contempló acercarse sin pronunciar palabra alguna. Sebastián se aproximó sin sacarle los ojos de encima, poseído por la imagen del diminuto ser detrás del rectángulo, en un lugar donde parecía terminar el mundo, en medio de la nada, en un callejón gobernado por la mezcla de palidez y oscuridad propia del atardecer.
Quedaron cara a cada, separados por el marco de la pequeña abertura del puesto de chapa. El hombre, con un cortés acento y ademán, dijo:

- ¿Qué es lo que está buscando el señor?

Sebastián se sorprendió que hablara. Estuvo a punto de reírse, porque la imagen le era irreal, como si nunca se hubiese despertado y siguiera en uno de sus sueños. Pero se contuvo y preguntó:

- ¿Qué se supone que hace usted? ¿Y donde supone que estoy?
- Soy un vendedor de sahumerios. Vendo sahumerios.
- ¿Vende sahumerios? ¿Y dónde están que no los veo?
- Vea mejor – le dijo el hombrecito.

Y Sebastián al observar con mayor detenimiento quedó deslumbrado al ver que el interior del puesto estaba lleno de estanterías con sahumerios de todas las clases y colores. Incluso, notó algo de humo en uno de los rincones, y algo de la fragancia que desprendía ese sahumerio encendido llegó de repente a su olfato.
Sin embargo, la piel se le erizó. Podía jurar que nada de eso estaba allí un segundo antes. Aunque… ¿estaba seguro?

- Le puedo ofrecer – continuó el de bigotes finos y oscuros – sahumerios indios y también de Tailandia. Aromas únicos, que no encontrará en otra parte, hechos con ingredientes recogidos en los lugares más inhóspitos, alejados e insospechados. Salvia roja, que emana lujuria y pasión; Oliva negra, lo agridulce, el desvelo, el deseo de pernoctar; Aliento de Dragón, llameante, penetrante, más que fuego, el olor al azufre mismo; Corazón de dalia, aroma que transporta a la oscuridad, a la carne, al pecado; Sangre de Boggart, sangre verdadera de demonio antiguo, da fuerza, vigor; Sombra del Coco, alimenta los miedos, la comunicación con el más allá; Polvo de Poltergeist, el deseo de muerte, el olor a dolor… y, escúcheme bien, porque esto se lo diré una sola vez: Esencia de mandrágora viva.

Sebastián se quedó mirándolo, no dando crédito a lo que oía. El hombre le estaría jugando una broma, no le quedaba ninguna duda.

- ¿Esencia de qué, perdón? – preguntó como para representar en esas pocas palabras, toda su incredulidad.

El hombrecito se quedó callado.

- ¿Ey, por qué no me responde?
- Le dije que solo lo diría una vez.
- Eh. – Ahora si estuvo a punto de reír, pero volvió a contener la risa. – Bien, no la última, pero los otros sahumerios… ¿por qué eran sahumerios verdad?...
- Si, son sahumerios.
- Bueno, si, los otros sahumerios. ¿De qué me está hablando? Sangre de no se qué, sombra de coco…
- Del Coco – corrigió.
- Del, de, es lo mismo. De dónde saca… aclaremos, me está tomando el pelo, es eso ¿no? No me reconoce del barrio y entonces me toma el pelo – era la explicación que en realidad quería escuchar.
- No señor, no le tomo el pelo. Quiero venderle sahumerios. Soy vendedor de sahumerios. Esto es un local de sahumerios.
- “Esto es un local de sahumerios” – repitió en voz alta Sebastián. “Y yo soy un estúpido que se perdió vaya saber uno donde” pensó en silencio. – Bien – le dijo – si esto es un local de sahumerios, me puede decir dónde está ubicado este local de sahumerios.
- Al final de un callejón.

Sonrió. Si, definitivamente le estaba tomando el pelo. Pero no quería perder la paciencia, al menos aún no. Se estaba poniendo de noche y solo quería una indicación que lo orientara como para pedir un taxi o tomar un colectivo.

- Señor… a propósito, usted es…
- Un vendedor de sahumerios.
- Olvídelo. Dígame, a ver, es obvio que estamos al final de un callejón. Hasta el momento me puedo dar cuenta de eso. Pero, el callejón, la calle, dónde – remarcó el dónde con énfasis – está. En la ciudad, si usted mira el mapa, dónde se encuentra.

Soltó una carcajada al terminar de formular la pregunta, orgulloso de no haberse reído antes. Sentía algo paradójico en su interior, por un lado, que le estaban tomando el pelo, pero por otro, que él se estaba burlando del hombrecito de bigotes.

- Disculpe, no sabría decirle. Solo soy un vendedor de sahumerios.
- ¡Si! Me lo ha dicho, sabe. Me lo ha dicho. Pero cómo llega usted hasta acá. ¿En colectivo, en auto, se pide un taxi? Por qué calle. Nómbreme alguna, por ahí la reconozco.
- No sabría decirle señor, yo no vengo, yo siempre estoy aquí. Cuando alguien viene por sahumerios, yo lo atiendo. Soy vendedor de sahumerios.

Era muy bizarro lo que le estaba pasando. No podía creerlo. Y además para que perdía tiempo con el vendedor de sahumerios (¿se lo había dicho, no? ¡Si, creía que si!) si podía volver sobre sus pasos.

- Señor, le agradezco su tiempo, su paciencia, pero ya es hora de irme. Lo dejo con sus sahumerios y quizás, quién le dice, vuelva un día de estos – y dicha la última palabra, giró para dejar a su espalda el puesto de chapa.

Sintió un escalofrío. Había pegado media vuelta y sin embargo, delante estaba el puesto de sahumerios, con el vendedor contemplándolo con cara de vaca que ve pasar el tren, como decía su abuela.
“No, no, no” se dijo. Y volvió a pegar media vuelta. Tragó saliva. Se le hizo un nudo en el estómago. El puesto con forma de pequeña casilla estaba ahí, otra vez.
“Me daré vuelta y saldré corriendo”. Y lo hizo, veloz y ágilmente, tan despierto como nunca en todo el día, y sintió la chapa al toparse con ella. Retrocedió asustado, muy asustado.

- ¡Qué es esto! - gritó. ¡Qué está pasando! – aulló. ¡Quién sos!
- Soy un vendedor de sahumerios.
- ¡¡¡BASTA!!! Basta por favor – dijo cayendo de rodillas, casi balbuceando. Si no le daba un ataque al corazón ahora, nunca tendría uno. Podría firmarlo, si tuviera un papel y lapicera a mano.

Se llevó las manos a la cara y de a poco fue retirándolas, viendo como la imagen del hombrecito se iba haciendo realidad de a ínfimas partes.

- ¿Dónde estoy y cómo salgo de acá? – inquirió, elevando su tono lo más alto que podía, pero extenuado y atemorizado.
- Está parado delante de mi local de sahumerios. Y supongo que se irá luego de comprar sahumerios, como todos los que llegan a comprar sahumerios.

“Al fin” se dijo, al fin una pista, una idea, algo, de cómo abandonar para siempre (y nunca, pero nunca, volver) ese callejón.

- Bien, bien… no perdamos tiempo. Te compro sahumerios, vale. Dame los que quieras.
- ¿El señor ha decidido ya los aromas?
- ¿Los aromas? No se, no conozco ninguno. Cualquiera por favor, solo quiero irme.
- Si el señor lo desea, podría sentir el olor de los exclusivos de la casa, como por ejemplo…
- ¡Cualquiera! En serio, por favor, déme cualquiera. Es lo único que le pido, déme cualquiera.
- ¿Cualquiera? No, no tengo ese aroma, pero mire, le puedo recomendar Ataduras del Horror, o Sangría de Penas. Con el fuego arden y saben mejor que a ningún otro.
- Si, por favor, quiero las ataduras y también las penas.
- ¿Cuántos les doy?
- ¿Cuántos? No se. ¿Diez, veinte? No se, sinceramente no se. Ponga varios en una bolsa y listo. Pero por favor, apúrese.

El hombrecito se agachó desapareciendo de la vista de Sebastián. La jaqueca había aparecido otra vez y se confundía con la extraña sensación de estar perdido y aterrorizado. Volvió a aparecer a los pocos segundos, levantando un saco de cuero, atado prolijamente con una cinta roja.
- Aquí tiene, seis decenas de sahumerios. Tres son de Ataduras del Horror y tres de Sangría de Penas.

Sebastián tomó la bolsa y sintió el peso de la misma. Se sorprendió del mismo, aunque a esa altura pocas cosas podrían sorprenderlo.

- Dígame por favor, cuánto le debo. Y si es tan amable, también como hago para llegar a un teléfono para pedir un taxi o una parada de colectivo.
- El precio es para todos el mismo, señor.

Sebastián se quedó esperando una segunda oración. Hasta parecía interrogarlo con la mirada. Pero el hombrecito no dijo nada más.

- Bien, señor misterioso. No veo cartel alguno por aquí, así que ignoro cuánto le cobra a los demás. Solo quiero que me diga cuánto me cobra a mí – dijo ya perdiendo la paciencia.
- Lo mismo que a todos. – Sebastián estuvo a punto de protestar e interrumpirlo, pero se dio cuenta que estaba vez seguiría hablando - Su compra le costará su alma.

Dos sensaciones convergieron en Sebastián. Las ganas de reír y un miedo sobrenatural. Optó por creer que había escuchado mal.

- ¿Perdón? ¿Me costará qué?
- Su alma, señor. Es el precio que todos pagan.
- En primer lugar, no le daré mi alma. Y en segundo, no se puede pagar con el alma. Déjese de bromas por favor y dígame cuál es el precio.
- El precio es su alma, señor.
- Por favor…
- Y debe pagarme ya.
- Le digo que…
- Ahora mismo.
- No…
- En este momento.

Y tras estas palabras del vendedor de sahumerios, Sebastián cayó de rodillas, con la extraña certeza de que algo le estaba pasando. Algo distinto a cualquier dolor, a cualquier síntoma estudiado durante sus años de medicina. Un dolor silencioso, que más que doler, lo entristecía, lo dejaba vacío, extenuado, desahuciado.
El torso se le iba para delante y tuvo que apoyar las manos contra el suelo. Sintió nauseas y le vino una arcada. Y otra, y otra… pensó que se atragantaría o que saldrían los pulmones por la rara sensación interna, pero en lugar de eso, vomitó algo cálido, suave, increíblemente bello.
“Eso”, lo que había vomitado se suspendió en el aire sin tocar el piso y se elevó a la altura de sus ojos, flotó allí unos segundos y luego, al escuchar la voz del vendedor de sahumerios fue hacia él. El hombrecito estiró una mano fuera de la ventana del puesto de chapa y con la galera aferrada con sus dedos, atrapó “eso”.
El hombrecito le sonrío, contemplándolo sin la menor contemplación, observando cómo continuaba aún en el sueño.

- No olvide llevarse la bolsa, se le ha caído.

Sebastián hizo ademán de levantarse, pero recién lo consiguió al quinto intento. Estaba descompuesto, triste, desolado. Tomó la bolsa del piso. El hombre de bigotes le habló.

- Siga derecho y seguramente llegará a algún lado que desee ir.

Sebastián estaba por protestar, alegando la presencia del tapial de ladrillos, pero el mismo ya no estaba ahí.
Avanzó arrastrando las piernas. Al mirar por última vez al vendedor de sahumerios, éste lo saludaba. Sebastián no le devolvió el saludo.
Caminó un tiempo del cual no llevó la cuenta y tampoco le importaba. Cuando reconoció las primeras calles, supo que había llegado desde muy lejos.
No recordaba dónde había estado, solo que había perdido algo. Entonces fue que le vino a la mente una idea que no comprendía: “Cuántas personas de esta ciudad habrán visitado al vendedor de sahumerios”. No supo explicar lo que había llegado a su mente. Ya era tarde, estaba cansado y quería dormir.
Miró alrededor y vio a personas ir y venir, ajenos e indiferentes a todos. Lentamente, se sumó a ellos como uno más y caminó sin pensar en nada hasta que la noche lo sorprendió plena, con su frescura y estrellas.

20 de diciembre de 2010

El dibujante que se olvidó de dormir

Apenas un haz de luz se filtraba por la ventana, colándose como un intruso en medio de la noche. Sin embargo, afuera era pleno día. Pero Colombatti no lo sabía y tampoco le importaba.
Su profesión era su vida, aquello que lo motivaba a confinarse en su habitación, con las ventanas cerradas, música acorde sonando en el pequeño equipo de audio y su mesa de trabajo repleta de colores y hojas, para poder terminar a tiempo, más allá que eso fuese en su caso, difícil de calcular.
Colombatti, que dibujaba desde que tenía uso de razón, solía dar la estocada final de sus trabajos cuando el teléfono empotrado en la pared vibraba al compás de su rechinar tan odiable y alguno de los editores (ya sea del diario, de la revista o la editorial) lo urgía a entregar para tal hora tal dibujo.
Era frecuente entonces la pregunta del dibujante, que comenzaba a morder la parte trasera del lápiz casi sin darse cuenta, sobre cuánto faltaba para la hora mencionada Recién allí, en esos casos, podía tener cierta idea del horario.
Pero mientras tanto, sus manos se movían tan rápido como su imaginación le dictaba, cubriendo de negros, rojos, amarillos, pasteles, azules, verdes y muchos colores más, esas hojas que nacieron inmaculadas, para perdurar impregnadas de fantasía.
Y en ese devenir de las horas, que le eran ajenas, el mundo giraba alrededor casi sin pena, casi sin gloria, como gira a diario, a merced de la eternidad. Colombatti no se daba por enterado, mezclando colores, trazando líneas y sombreando dibujos, rodeado de lo necesario para seguir allí, encorvado sobre su mesa, los ojos bien abiertos y el brazo cansado.
De vez en cuando estiraba sus brazos, movía el cuello de un lado a otro, bebía un vaso de agua, caminaba por la habitación y volvía a su mundo, aquel que despertaba con el solo movimiento de sus dedos.
El reloj de arena que nadie ve, pero que muchos escuchan en algún resquicio del alma, volteaba una y otra vez. Constante. Continuo. Entonces, el teléfono. Colombatti iba hasta la pared, descolgaba el tubo, escuchaba al editor, balbuceaba una excusa que sabía no le creerían y aceptaba de malas ganas que era verdad, que siempre dejaba todo para último momento.
Pero daba batalla y por eso tenía tanto trabajo. El editor sabía que lo terminaría y el mismo era consciente de eso. Colgaba el tubo y se refugiaba en la obra, donde se sentía seguro, en una relación de mutuo afecto, casi entendible, entre creador y creación.
A veces el haz de luz se posaba en un rincón, por unos instantes. Otras, directamente no aparecía. Y afuera, el sol y la luna se turnaban los ciclos, mientras el planeta no detenía su andar. Colombatti tampoco lo hacía, los ojos bien abiertos, el lápiz hecho un demonio entre sus dedos, la témpera esperando a un lado, junto al pincel y una jarra de café.
Lo lograba, terminaba el pedido y entonces corría hacia el aparato telefónico y marcaba el número. Ya podían pasar a buscarlo. Alegría efímera, casi irreal. Otra vez el teléfono, otro editor. Y si, tenía razón, otra vez todo para último momento. Y allí iba Colombatti, exhausto, pero aún de pie, erguido para soñar despierto mundos por los cuales otros navegarían. Tomaba el papel, se acurrucaba encima y garabateaba los trazos que luego cobrarían vida.
Sin embargo los ojos ya no se sostienen. ¿Cuándo fue la última vez que durmió? Ya no lo recuerda. Casi no lo cree posible. ¿Tiempo para dormir? Quería reírse de esa idea, pero la boca se le hacía para un lado. Bebía entonces café y una electricidad renovaba el espíritu. Pero el efecto era cada vez menor, lo sentía.
Le dolía el brazo, las articulaciones, la vista. Pero más aún le dolía la lentitud con la que dibujaba a medida que pasaban las ¿horas?, ¿o eran los días? ¿o las semanas? No lo sabía, tan solo conocía de dibujos y editores al teléfono, uno tras otro, con haz o sin haz.
Entregó otro trabajo, alguien lo pasó a buscar. Ni siquiera le miró la cara. El teléfono otra vez. Fue, escuchó, asintió que si, que había dejado todo para lo último, y regresó. La mesa de dibujo, su hábitat. Sus manos se movieron, pero el lápiz se equivocó. El trazo quedó mal. Los párpados se pusieron pesados, de repente. Pero dio lucha y los abrió.
El dibujo estaba mal. Tomó la goma de borrar y la pasó con ferocidad sobre el papel. La goma fue y vino frenética, y en su viaje pasó por encima de la mano de Colombatti, una y otra vez; entonces el dibujante se percató que se estaba borrando sin darse cuenta. Dio un alarido de susto, al verse sin la mano izquierda. Empujó la silla hacia atrás y cayó pesadamente. ¡Tampoco tenía las piernas! No comprendía cómo podía ser, salvo que se hubiese dormido mientras pasaba la goma de borrar. El corazón le latía peligrosamente. Buscó apoyarse en la mesa y todo se le vino encima. Alcanzó a gritar antes de sucumbir bajo las témperas y acuarelas, el papel, el grafito y el líquido corrector.
Fue encontrado gritando de dolor por un cadete de la editorial. En su demencia decía haberse borrado él mismo. Todos lamentaron su destino, pero no pudieron evitar el manicomio para Colombatti, otrora gran artista.
Cuesta escucharlo en aquella habitación acolchada, donde no se filtra ningún haz de luz, gritar a viva voz que por favor lo ayuden, que las paredes ya se le han acabado y no tiene dónde más dibujar. Tiene pánico, terror, vive al borde del abismo. Es que aún no ha terminado y sabe que en cualquier momento lo pueden llegar a llamar.



Dedicado especialmente a esa gente linda que la vida me ha hecho conocer en este último tiempo y que tanto admiro: Felipe Ricardo Avila, Sergio Alvarez, Guillermo Decurgez y Marcos Severi.

17 de diciembre de 2010

Los días eternos de la soledad

Acomodó las mesas según su gusto y sobre las mismas fue dejando el material de escritura. Colocó las sillas suficientes, cuidando que en ninguna mesa el número fuera desigual.
Consultó su reloj, como hacía cada diez minutos desde que se había levantado. La mañana ahora se le antojaba lejana, como de un ayer distante. Faltaba poco. Buscó un espejo para mirarse otra vez. Se acomodó el cabello, el cuello del vestido y limpió el armazón de sus anteojos.
Se dirigió hasta una habitación contigua y se sentó al lado del teléfono. Extrajo de un bolso blanco una pequeña libreta y la abrió en la primera página. Levantó el tubo del teléfono y llamó al primer contacto de la libreta.
Una vez que le contestaron, le recordó a la persona que atendió que lo esperaba en la reunión. Sonreía a medida que articulaba las palabras. Venía haciendo lo mismo todos los días, desde hacía una semana. Cortó. Buscó el segundo número y lo trasladó al teléfono. Otra voz, el mismo mensaje.
Entre llamado y llamado, miraba el reloj. Los nervios parecían consumirla, pero no abandonaba el gesto sonriente, como si esa sola actitud la relajara. Cuando finalizó de telefonear, había pasado una hora desde que había tomado asiento en aquel lugar.
Volvió donde estaban las mesas. Otra vez se arregló delante del espejo y consultó de nuevo la hora. Estaban por comenzar a llegar. Fue hasta la puerta y espió hacia fuera, por un pequeño ventanal que la misma tenía en un lateral.
Caminó hasta la mesa más cercana y volvió a acomodar las sillas. Recordó los refrescos y corriendo fue hasta la cocina. Abrió la heladera y tocó las botellas. Estaban frías. Respiró aliviada. Entre tanto trajín, no recordaba si las había dejado afuera o llevado al refrigerador.
Regresó hasta la puerta. Las agujas del reloj anunciaban la hora esperada. Volvió a espiar hacia la calle. Aún no llegaba nadie. Dudó entre abrir la puerta y dejar libre el paso, para que a medida que llegaran, fueran entrando, o mantener cerrada la misma y como atenta anfitriona, abrir a cada uno que arribara.
Observó enarcando las cejas el pequeño reloj de pulsera. Ya había pasado un minuto del horario anunciado. Abrió la puerta y salió a la calle. Miró hacia un lado de la avenida y luego al otro. Los coches avanzaban sin dar señales de querer estacionar en esa cuadra.
¿Habrían confundido el lugar de la reunión? ¿O quizá el horario? Se metió dentro de la casa. Fue hasta el teléfono. Buscó otra vez la libreta. La abrió como antes en la primera página. No había ningún número anotado. Se quedó tiesa, observando el papel en blanco. Volteó la hoja y en el pliego siguiente el vacío daba continuidad a lo visto con anterioridad. Su corazón se aceleró, pasó con velocidad página tras página. Nada, absolutamente nada.
Dejó caer el bolso. Se puso de pie, pero las piernas le temblaban. Salió del cuarto y fue hasta las mesas. Allí estaban, pero no inmaculadas como antes. Las telarañas colgaban por todas partes y se enmarañaban en las patas. Las sillas, cubiertas de polvo, también eran una exhibición del arte de las arañas.
Se llevó las manos al corazón, sentía que le faltaba el aire. La sequedad en la garganta era fatal. Se dirigió al espejo y el reflejo cruel que devolvió, terminó por desmoronarla: las arrugas, el cabello gris y las ojeras interminables.
La espera se había hecho eterna.
Se miró las manos temblorosas y repleta de manchas, sabiéndose anciana. No sabía si podía fiarse de su memoria, pero por lo que veía alrededor, esperaba a alguien. Se acercó con esfuerzo hasta una de las sillas y allí se dejó caer.
Por alguna razón no sacó su vista de la puerta. De todos modos, nadie tocó a la misma. Miró su reloj por última vez. Las agujas ya no marchaban.
Supo que sería en vano darle cuerda.
Y cerró los ojos, en soledad.

14 de diciembre de 2010

Las fiestas de la amargura

Se acercan las fiestas, como cada año, inevitablemente. En las calles, los niños juegan con pirotecnia desde horas tempranas, beneficiados por el tiempo libre y la poca atención que les prestan sus padres.
De noche es común escuchar pasar por la vereda grupos de jóvenes y no tanto, bastantes jocosos, entonados con alcohol y vaya a saber uno que más. Todos están felices o aparentan estarlo.
Me levanto siempre aturdida, con el achaque de los años a cuestas. Hay días, últimamente, que ni siquiera el bastón pareciera mantenerme en pie. Pero resisto, vaya que lo hago. Mi decena de pastillas al despertarme, antes del desayuno. Las otras cinco con el almuerzo y tres más por la tarde. Así resisto, envenenándome.
La calle ya no es un buen lugar. Los gritos de los chicos, los coches a toda velocidad, la falta de respeto de los más grandes, los chismes de las vecinas e incluso las veredas deterioradas, que me hacen sentir insegura.
Me siento cerca de la ventana, para poder observar sin ser parte de ese mundo exterior cada vez más extraño. El polvo del tiempo se ha quedado dentro de casa, en cada rincón y desde allí me azota con recuerdos desoladores, que incrementan mis miedos, intensifican mis penas.
María me hace las compras desde tiempos inmemoriales, pero jamás la había escuchado renegar tanto como ahora. Qué los precios, que las colas, que todo. Y la entiendo pobrecita. Si para mi que estoy semi postrada en una silla, cuando no en la cama, el exterior se me antoja una pesadilla, no quiero pensar que representará para ella, que se mete en las fauces de esa bestia salvaje disfrazada de modernidad.
Me da pavor el solo hecho de encender el televisor. Apenas si lo hago, solo para ver las misas, los fines de semana. Me estremezco de solo pensar en la perversidad que existe en la sociedad, en la violencia que los canales no se cansan de pasar. Y las noticias... para que enterarse de cosas malas, si ya bastante tiene uno con sus problemas.
Y como si no estuviera mal todo, se acercan las fiestas. Epoca maldita, tirana, cruel como pocas, que te refriega en la cara casi con sorna todas las ausencias. Y en mi caso, las ausencias son totales. Ni un amigo vivo. Ni un pariente. En esta casa no hay ningún espíritu navideño, ningún deseo de año nuevo.
Los viejos amores, todos enterrados. Los seres queridos, sepultados. Los sueños, maltratados por la vida y destruidos con los años. La esperanza, una broma que nunca entendí.
Los veo pasar por la ventana, a casi todos riendo. Los niños corren de un lado a otro, escapando de la mecha encendida y esperando el rugido del petardo. Las parejas de jóvenes caminan muy juntos, se besan, se abrazan. La gente está de buen ánimo. Pero nada de eso es cierto, es la época de mierda que los vuelve así. No son felices, no lo serán cuando regresen a sus hogares, a sus miserias cotidianas, las cuentas por pagar, los problemas laborales, los roces matrimoniales, las discusiones con sus hijos, sus padres, sus hermanos...
Entonces, recién entonces, pensarán como lo hago yo desde hace tiempo. Pueden llamarme vieja amargada si así lo quieren. Pero no se olviden de algo, conozco de la vida hasta el último detalle, pero desde hace siglos me sabe tan amarga que los únicos recuerdos que sobreviven, son aquellos envueltos por el velo del luto y la oscuridad del desengaño.
Y en esa tiniebla que se forma en mi mente alcanzo a recordar puntualmente la maldición de aquel brujo que fuera mi esposo, aquel que algunos llamaran Merlín, condenándome a la vida eterna, en la desdicha de la noche eterna, tras aquella traición que ya ha escapado de mi mente.
La noche eterna, dentro de mi corazón.
Así resisto, para al menos mantener vivo mi cuerpo, puesto que mi alma sufrirá eternamente. Así resisto, mientras las fiestas otra vez caen, como demonios, sobre mi y la alegría de los demás se vuelve una daga lacerante, que me desangra en vida y me vuelve a condenar.

11 de diciembre de 2010

Caperucita en pocas palabras

Dos micro relatos de mi autoría recibieron menciones en el original concurso literario impulsado por la página literaria "Cuentos y más", que llevan adelante los periodistas Juan José Panno y Mónica Pano.
El certamen, denominado "Caperucita en tiempos de Twitter" tenía como particularidad aceptar pequeñas historias que no sobrepasaran los 140 caracteres, es decir, el máximo en un mensaje por el mencionado sistema.
El jurado del evento fue conformado nada menos que por Juan Sasturain y Sandra Bianchi y se recibieron en total 650 micro relatos, de los cuales se eligió un ganador y trece menciones.
Felicito a Elisa De Armas, la ganadora y a los demás integrantes de esa lista tan esperada. Y por supuesto, una enorme alegría que dos de mis breves relatos lograran quedar finalistas entre tantos envíos.
Para acceder a los relatos ganadores, se puede visitar la página de Cuentos y más
Para leer todos los relatos participantes, pueden llegar a través de este enlace

Mis textos breves que recibieron menciones fueron:

Advertencia
Mira Charles, el cuento es lindo, pero eso de que el lobo se traga a la vieja y el leñador la rescata viva... no creo que tenga éxito.


@Caperucitaroja 
Desde que tienes Twitter ya no visitas a tu abuelita. Te extrañamos. El Lobo.


También envié estos, sin menciones:

Verdad
No hubo Caperucita, pasteles ni lobo. Con ese cuento se disfrazó un triángulo amoroso entre una princesa, su abuela y el leñador del rey.

Precavida
- ¿Qué llevas en la canasta? preguntó el lobo
- Preservativos - contestó ella.
El animal salió huyendo, como lo había presagiado su madre.

Ella inventó lo del lobo
Abuelita... ¡estás hecha mierda! No vale la pena esperar.
Y dicho esto, sacó una .45 y disparó. Siete días después, cobró la herencia.

Duda bestsellerística
La duda existencial en la literatura es si el cuento de Perrault hubiese tenido tanta repercusión con otro color, por ejemplo, el amarillo.

¡Corten!
- Caperucita, ¡qué ojos más grandes tienes!
- ¡Corten! Será de Dios. ¡Otra vez estudiaron el diálogo con los guiones cambiados!

8 de diciembre de 2010

Un paseo por el mundo de los deseos

La muchedumbre se desplazó bajo la lluvia, empapando a todos con sus cánticos y el redoblar de los tambores. Las banderas flameaban alto, de cara al viento, empuñadas con tesón.
A cada lado de la larga columna de personas, otras se agolpaban para observar y tras preguntar, muchas se sumaban. El nutrido grupo crecía a cada paso, con el anonimato de nuevos rostros y voces, entonando las mismas sílabas al unísono.
Multitudes como esa, pocas veces se habían visto. Desde todas partes llegaba gente y aquello se volvió inmenso, colosal.
Las calles quedaron chicas, los miles de rostros se convirtieron en uno solo, al igual que la voz, que fue un solo grito. Y haciendo temblar la tierra, aquel gigante avanzó.
Los edificios lo vieron pasar; las nubes temieron ante su presencia y dejaron de llover; el sol aprovechó y apareció a tiempo para alumbrar; la luna no espero la noche y se asomó en un rincón, casi con timidez.
El gigante se irguió, bramó con fuerza y el mundo lo escuchó. La voz, tan fuerte como para despertar al cosmos, rugió. Y su mensaje fue claro: Paz.

5 de diciembre de 2010

Los niños rusos

Los niños rusos solían acercarse con timidez, hasta el alambrado. Pero se quedaban allí, observándonos jugar a la pelota, sin animarse a entrar. Era cierto, tampoco nosotros los invitábamos. Era gracioso verlos con las manos entre los rombos del alambrado, sus rostros pálidos y casi inexpresivos, porque parecían pintados, una tribuna dibujada, ya que permanecían inmóviles, sin gesticular, incluso, hasta parecía que no respiraban.
No podíamos afirmar con certeza que eran rusos. Así los llamábamos. Algunos de nosotros preguntamos en casa de dónde eran, pero nadie sabía ni tampoco les interesaba saberlo. Eran interrogantes de chicos, sin dudas. Los padres estaban para preocuparse de otras cosas, más complejas, más interesantes.
Vivían en una casa que se había alquilado el año último. No iban a la escuela del barrio, sino que los cruzábamos siempre en la avenida, ellos esperando el colectivo de línea para ir más hacia el centro, uniformados de pie a cabeza con ridículos trajes de colegio privado.
Nos miraban a la pasada, con cierta curiosidad. Algunos de nosotros, como algo propio de la edad, les hacíamos bromas que suponíamos, no debían entender. Y lo creíamos así, dado que solo nos observaban, sin reacción ni contestación alguna.
Se había hecho una costumbre tenerlos del otro lado del alambrado, eran parte del paisaje. Se marchaban antes que oscureciera y Andrés, el cuidado del predio, encendiera los enormes reflectores.
Primero eran tres, con el tiempo comenzamos a ver a cuatro, luego cinco. Una tarde reparamos que ya eran una docena. No lo decíamos, pero aquello había perdido su gracia. El hecho que doce niños que no hablaban, se quedadan allí parados mirándonos, intimidaba.
Sus rostros eran fríos, jamás habíamos visto una sonrisa, algo que delatara un sentimiento. Eran muy parecidos entre si. El cabello claro, la tez muy blanca y el semblante serio. Las niñas se hacían dos colas en la cabeza, mientras que los chicos se peinaban hacia la derecha.
Uno de nosotros, una tarde, me preguntó si el más alto de los rusos, de los últimos en aparecer, no se parecía a Marcos, un compañero que hizo hasta cuarto grado con nosotros y luego se había cambiado de barrio. Era posible, claro que si, pero Marcos tenía el cabello oscuro y si algo lo identificaba además de su sonrisa amplia, era la piel siempre bronceada por el sol.
El problema se desató justamente con el clon de Marcos. La pelota se había ido al lateral, contra el alambrado. El sol ya se estaba ocultando, pero los chicos rusos seguían allí. Martín se acercó a buscarla para ponerla de nuevo en juego y recordando el comentario sobre lo parecido a nuestro viejo amigo de aquel niño, le dijo: "Marcos, te uniste a la secta carapálida".
El muchacho alto estiro la mano entre los rombos del alambrado y tomó del cuello a Martín, que sorprendido y asustado se echó a gritar. Corrimos hacia el lugar, para defender a nuestro amigo. Alguien tomó a Martín y lo alejó del alambrado.
Nosotros nos envalentonamos y abrimos la puertita para pasar del lado que estaban los rusos. Nos fuimos al humo al chico alto y empezamos a los empujones. Ahora que estaba más cerca, la similitud era extraordinaria. En ese momento me distraje y uno de los rusos me embocó una piña en el ojo. Para entonces, aquello era una guerra campal, en la que incluso las niñas golpeaban.
Andrés apareció con una manguera en la mano, y sin dudarlo, apuntó hacia donde estábamos peleando. El agua fría nos obligó a separarnos. Estábamos agitados y furiosos. Sin embargo los rusos mantenían el semblante frío pero sereno, aunque ahora sus ojos brillaban de manera tal que parecía que nos estaban maldiciendo de alguna forma, si eso era posible.
Tras arrojar la manguera a un lado, Andrés los echó del lugar y luego nos regañó a todos. Quisimos explicarles, pero no nos dio lugar. Nos pidió que nos fuéramos y volviéramos al día siguiente, pero calmados o no nos dejaba usar más la canchita de fútbol.
Mientras nos retirábamos, fastidiosos, veíamos como a una cuadra de distancia, bajo una de las farolas de la calle, los chicos rusos nos observaban. Ismael amagó a salir para aquel lado, pero lo frenamos. De nada valía seguir peleando, lo mejor era aplacar los ánimos, tomando una gaseosa o yendo a la sala de video juegos de la otra calle.
Esa noche volví a preguntarle a mis padres sobre la procedencia de los chicos rusos, sin mencionar ningún detalle de lo ocurrido por la tarde. Otra vez dijeron desconocer la respuesta y tuve que contentarme con seguir en la incertidumbre.
Olvidamos el asunto, hasta un mes más tarde. Hacía dos semanas que éramos uno menos. A Martín los padres lo cambiaron de colegio, uno privado del centro. Más que nada porque a la madre, que era docente, la trasladaron a ese colegio.
Los primeros días siguió acercándose por las tardes hasta la canchita, pero se lo notaba extraño. Dijo que creía haber visto a los niños rusos en aquella escuela nueva. Nos dábamos cuenta que tenía miedo.
Cuando dejó de aparecer por las tardes, conjeturamos que seguramente le estaba costando adaptarse o bien, tenía contraturnos en el colegio. Pero una tarde de llovizna, al mes del incidente y a dos semanas de la partida, vimos llegar nuevamente a Martín a la canchita.
Pero aquello no fue motivo de alegría. Nos estremeció verlo, pues no venía solo. Alrededor, unos veinte niños rusos seguían sus pasos. Sin embargo, lo más difícil de asimilar era el aspecto de Martín, otrora pelirrojo y lleno de pecas, ahora rubio, de tez blanca como un fantasma y el rostro serio, frío, perverso.
Se situó del lado de los rusos, las manos sobre el alambrado. A su lado, estaba el clon de Marcos. Ninguno emitía sonido alguno. Una brisa gélida nos recorrió los cuerpos y la pelota quedó quieta sobre el escaso césped de la cancha. Todos mirábamos a quién sabíamos, ya no era nuestro amigo. Y éste nos miraba a nosotros, como si no nos reconociera.
Nos apiñamos en medio de la cancha, con mucho miedo y sin dejar de hacernos compañía, nos alejamos del predio, sin siquiera saludar a Andrés, seguramente del otro lado, regando el jardín.
No miramos hacia atrás, temerosos que nos siguieran. Y aunque nos cueste reconocerlo, jamás volvimos a aquel lugar. Algunos comentan que siempre está ocupada por unos niños rubios, de tez muy pálida y que cada día son más.
A nosotros eso ya no nos importa. Nuestra preocupación es otra. Como por ejemplo, que nos cambien de colegio, extirpándonos así del mundo tal como lo conocemos y nos sumerjan en esa burbuja de existencia sin sonrisas ni sentimientos.
Esa misma que a veces, a otra escala, parece consumir a nuestros padres, compenetrados tanto en sus rutinas que no se dan cuenta de cómo están cambiando las cosas en los alrededores.
Y con esos miedos a cuestas, tratamos de crecer.

2 de diciembre de 2010

El ciclo del olvido

Amaneció el día con el color de la esperanza, devolviéndole a la vida esa razón por la cual ser. Pero las horas se tiñeron de rutinas, en el vaivén propio del subsistir y de pronto la sonrisa desapareció.
Cuesta arriba se hizo hacia el mediodía, con rostro de hambre y miseria, entre mesas colmadas de turistas comiendo con placer. Manos pequeñas por aquí y por allá y nada de compasión.
La tarde los abrazó, solitarios, exhaustos bajo el sol, desamparados ante el viento, expuestos al dolor. Y ajenos a un techo, las lluvia los empapó, en un diluvio de olvido y resignación.
Tiritando se arrastraron en las sombras del atardecer, buscando el refugio y el amparo de la luna, naciendo como siempre para llevarse las lágrimas del día. Se hicieron ovillos bajo el cartón, sin fuego ni amor.
Y en los suburbios, aquella imagen se fundió, perdiéndose en la noche, mientras todos sueñan, incluso ellos, a pesar de la marginación.
Cierran los ojos, para esperar de nuevo la luz, la esperanza, de volver a empezar.