Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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14 de mayo de 2010

Una mancha en el cielo

El alambrado era una especie de cerco. Una cárcel con otro nombre. Los maderos que lo sostenían, casi vencidos por el paso del tiempo y los años, apenas estaban en pie. Pero el alambre de púa seguía extendiéndose a modo de barrera.
La mirada de Patricio se filtraba entre las líneas de púas que iban de poste en poste. Sus ojos inquietos saboreaban aquello que estaba del otro lado. Incluso más allá de la autopista que pasaba a escasos metros.
Ese lugar inmenso, del que sobresalían enormes torres repletas de radares y aparatos que no sabía que eran. Largas calles rodeaban lo que parecía ser un edificio hecho solo con ventanas. Y sobre las mismas, lo que más llamaba su atención: las naves voladoras.
Eran majestuosas. Alas desplegadas, motores en marcha y ese sonido tan intenso como cautivante al despegar. La propulsión dejando apenas una estela en el aire. La nave dejando un vacío al irse. Un juego que se repetía una y otra vez, sin pausa, allí mismo, delante de su vista, en aquel paraje de su mundo tan desolado y solitario.
Sentado de cuclillas, el sombrero que debía ponerse para que mamá no se enojara y que según ella lo protegía del sol, las manos enterradas en la tierra apretando con fuerza los puños, esperando el momento. Y allí iba. La nave comenzaba a corretear, los motores se escuchaban con claridad y entonces se alejaba por la pista con un único destino, el cielo. Y allí elevaba sus brazos, arrojando la tierra atrapada por sus pequeños puños a modo de celebración, al grito de ¡iupi!.
Mamá se acercaba de vez en cuando a ver como estaba. Incluso le servía allí fuera un té bastante diluido en agua a la hora de la merienda, para no tuviera la necesidad de entrar a la casita de techo de zinc.
Desde la ventana lo observaba con cierta lástima, sin poder ocultar su tristeza. Lo poco que podía darle, lo poco que tenían. Su marido iba y venía, pero con las changas apenas se sobrevivía. La ciudad quedaba lejos y para tener algo de comida debía esperarlo a él, que regresara con el carrito. Hasta que volviera, que a veces era cuestión de días, había que arreglárselas como sea. Por ella estaba bien, pero Patricio...
La mancha en el cielo era otra nave, pero llegando. Los aterrizajes tenían también su emoción. Primero era como un pájaro que se dibujaba a lo lejos, luego iba ganando forma y finalmente no había manera de equivocarse, con las alas a la vista, el fuselaje bien demarcado y las ruedas ahora abajo, en la posición perfecta en dirección al suelo firme.
Si le daban a elegir, le gustaban más los despegues. La sensación de partida era mejor que la de llegada. Irse era una buena opción. Los regresos lo angustiaban. La nave ya estaba quieta. Se acercaban unos vehículos más pequeños, para retirar lo que ésta traía. Más tarde sucedería lo contrario, lo cargarían con otras cosas y lo alistarían para salir. El movimiento era continuo, como un péndulo.
Siempre había uno saliendo u otro llegando. El alambrado podía impedirle llegar a la autopista, pero no le quitaba el placer de sentirse escapar en cada uno de esos aviones al salir. Aunque a veces ese pensamiento lo ponía triste. La idea de alejarse le gustaba, pero no podía dejar de derramar una lágrima al imaginarse dejando a mamá allí.
Y cada vez que mamá se acercaba para traerle algo de comer, algo que siempre era poco, porque la miseria era palpable, porque no necesitaba ir a la escuela para saberlo, tenía muchas ganas de susurrarle casi en secreto un "mamá ¿y si nos vamos?" pero reprimía la idea, como sin el solo hecho de pensarla pudiera acarrear peligro alguno.
Entonces veía al siguiente avión partir y lo celebraba, pero por dentro quería llorar, porque era otra oportunidad que se le escapaba. Y de pronto era un punto en el espacio, un minúsculo saludo en el cielo, viajando entre los rayos del sol.
Tan pequeño, tan desvalido, pensaba mamá desde la ventana. Se secó una lágrima con el repasador sucio, dejando una marca de grasa en su mejilla. Pero no se dio cuenta, tampoco le importaba. Soñaba a veces con tener el coraje de alzarlo en sus brazos avejentados y salir corriendo, trepar el alambrado y huir hacia la ruta. Tentar al destino y encontrar un buen samaritano que los llevara lejos.
Pero estaba cansada de soñar. Estaba cansada de los golpes. Miró a su hijo y se largó a llorar otra vez. Si hubiese tenido coraje alguna vez, su hijo no renguearía, jamás hubiese permitido que le levantaran la mano. Pero era débil, era vieja. Se sentía una inútil y culpable, pero por sobre todas las cosas, dolorida. Y hay quienes, pensaba, se tomaban a risa su dolor.
Soñar es como creer en la felicidad, se decía, haciendo el esfuerzo para no dejarse engañar. Contemplando aún a su niño, recogió el trapo de piso y lo metió en el balde para mojarlo y empezar a trapear el suelo de cemento. Un suelo que como su vida, vivía cubierto de tierra y miserias.
El atardecer lo sorprendió de pie, apoyado en las partes donde las púas no podían lastimar sus brazos. Le dolía la pierna que no tenía sana, pero poco le importaba. El frío del alambre lo atraía con misterioso afán. Sin pensarlo empezó a zamarrear el alambrado hacia atrás y hacia delante.
Los maderos sintieron las vibraciones y pagaron el esfuerzo de tantos años. Se movieron de sus lugares y Patricio entonces empleó más fuerzas en su movimiento. Las manos ya no asían las partes lisas del alambre y la sangre resbalaba entre sus dedos y a lo largo del metal. Sacudió con más fuerzas, como poseído. A lo lejos, del otro lado de la autopista, una nave estaba despegando. Sintió el sonido que tanto lo hechizaba. Se acopló a su intensidad, a su rugir. Hizo caso omiso al dolor en las manos, al dolor en las piernas, a las lágrimas que caían como vertientes desde sus ojos.
El alambrado cedió con un chasquido casi mágico, un sonido que podía definir la libertad. Quiso gritar de la alegría, pero era tanta la emoción que no había voz. ¡Mamá! creyó gritar, pero apenas había sido un susurro. ¡Mamá! volvió a decir, ahora con mayor vigor que hasta lo sintió audible. ¡Mamá! gritó con fuerzas y ahora si, las dos sílabas quebraron la tarde noche y penetraron en la casita de techo de zinc.
Ella salió corriendo, con el temor de una madre que no sabe que esperar ante el grito de un hijo, con el corazón en la boca suponiendo lo peor. Salió al día que ya se iba y en las primeras sombras de la penumbra vio a su hijo de espaldas a ella observando más allá de la autopista, con las manos goteando sangre y a punto estuvo de gritar también.
Pero vio el alambrado. Lo vio caído, vencido por su hijo. Y lo miró sin comprender o no queriéndolo hacer.
Se acercó corriendo a él y tomó sus manos, dejando escapar un gemido de entre sus labios al verle la joven piel dañada, surcada de cortes, algunos de ellos muy profundos. Lo abrazó con fuerza contra su cuerpo, llorando.
- ¿Qué hiciste Patricio, qué hiciste? - le preguntaba sollozando, sin dejar mirar por encima de su hombro, casi con el presentimiento que en ese preciso instante regresaría su esposo. - ¿Qué hiciste Patricio?
El niño seguía observando obnubilado más allá del alambrado derribado. Más allá de la autopista. Miraba esa partida permanente. Esa sensación de irse para familiar, tan anhelada. Veía un despegue más. Otro adiós sin nombre, otra nave que se alejaba con destino incierto. Y entonces sonrió a pesar del dolor.
Sabía que ahora podía, lo sabía bien.
Y en un susurro, lo dijo:
- Mamá... vámonos. Vámonos de una vez.

Y se perdieron a lo lejos, como una mancha en el cielo, un minúsculo saludo entre los últimos rayos de sol y los primeros brillos de la luna, empezando una nueva historia. Volando hacia otra vida.

8 comentarios:

Felipe R. Avila dijo...

Escribiste en este cuento:
"Soñar es como creer en la felicidad".
Genial...Cuánta profundidad en esta frase,Neto.Felicitaciones.

SIL dijo...

La sensación de partida era mejor que la de llegada. Irse era una buena opción. Los regresos lo angustiaban//

Es maravilloso este cuento, Netito.
Los chicos a veces, aún sangrando, aún bañados en lágrimas, aún doloridos, logran derribar vallados y emprender vuelos que los adultos consideramos imposibles.

Abrazo- que llegue-


SIL

Con tinta violeta dijo...

Neto, ¡que genial escrito, mezcla de sueño, sentimiento e ilusión!
¡Como se siente uno al leerlo impulsado a animar al chaval y a su madre a escapar de la miseria a algún lugar mas acogedor!
Tierno y rotundo
Besos!!!

d80 dijo...

Neto, el relato tiene una ternura extraña, un deseo fuerte de ser una mancha más en ese cielo, de escapar por alguna tangente... de volar y seguir adelante...
espectacular!!!
me encantó el relato!
abrazos!

HUMO dijo...

No es fácil matar la ilusión.
Me llegó este relato, me tocó al medio .)

Gracias!

=) HUMO

mariarosa dijo...

Muy buen cuento.
Las penurias de la vida son como ese alambrado, hay seres que se acostumbran a vivir marginados, el miedo los paraliza. Nos has mostrado esa sensación de impotencia del que no tiene nada y mira la vida desde afuera.
Como siempre: ¡Excelente!

mariarosa

Decur dijo...

Es hermoso Neto...

Un abrazote
Guille

Netomancia dijo...

Felipe, una verdad ineludible, casi utópica. Soñar y ser feliz, se pueden alcanzar si nos lo proponemos. Un abrazo! Y siga dibujando, que la gente aguarda sus trazos!

Doña Sil, sucede que la inocencia no conoce de límites. Y eso es bueno, al menos en cierta edad. Gracias! Saludos!

Doña Tinta, mientras lo escribía no sabía si impulsarlo a la fuga, hacia la pista a enfrentar un avión o a aguardar al padre para una revancha. Finalmente tomé el camino más rápido. Saludos!

Dieguito, lo de la mancha es parte de sentirse algo tan pequeño, tan diminuto, que nadie se percatará de la misma y de esa forma, como quería el niño, dejar de existir al menos para el padre y escapar de una buena vez. Por otro lado, algo tan lejano en el cielo es sinónimo de distancia. En si, las dos cosas significan lo mismo, no? Un abrazo!

Doña Humo, gracias por el comentario. Si llegó, la misión está cumplida. Saludos!

Doña Mariarosa, esa sensación de marginalidad delimitada tan solo por un alambrado dice mucho, más en los ojos de un niño. Gracias! Saludos!

Don Decur, muchas gracias. Aunque en ternura, a tus dibujos no le gana nada. Un abrazo Guille!