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16 de diciembre de 2009

Atapuerca

Atapuerca. La brisa de otoño otorga algo de aire a los cansados trabajadores. En los niveles inferiores de la Sima del Elefante las excavaciones se suceden día a día. El yacimiento es uno de los tantos en aquel paraje de sierras dónde el tiempo parece detenerse y la tierra, desde sus entrañas, devuelve parte del pasado que desconocemos de este planeta.
Arqueólogos, antropólogos, ingenieros y el personal contratado sabe que la paciencia es la mejor compañía en tremenda empresa. El minucioso trabajo hace todo más lento, pero no se quieren cometer errores. De por si el lugar lleva el nombre por unos huesos que se pensaron eran de elefantes y terminaron siendo de rinocerontes. Quizá por eso nadie lo ha cambiado, para recordar que los errores pueden aparecer a la vuelta de la esquina.
Desde la superficie, la doctora Quiñonez aguarda que regrese de la excavación Enrique, su asistente. Está preocupada y el gesto borra de su bello semblante todo rastro de juventud.
El yacimiento ha sido más que fructífero desde que se descubrió, casi una década atrás. Sin embargo el descubrimiento de hace dos días no la ha dejado dormir. Primero aparecieron unos huesos, claramente partes de una mandíbula, que de inmediato se enviaron a datación, para determinar la antigüedad.
Allí no radicaba problema alguno, más bien algarabía. Sin embargo, a diez centímetros de la mandíbula fue hallado otro objeto, que...
- ¡Doctora!
- Enrique, por favor, porque te demoraste tanto. Sabés que no puedo bajar, que estoy esperando los resultados del laboratorio.
- Disculpe doctora, aquí tengo los informes de Fernández y Thompson, han delimitado el área y aguardan a que llegue el grupo de investigación desde La Gran Dolina.
- Bien Enrique, perdona, estoy nerviosa. Hace media hora me avisaron desde La Gran Dolina que se van a demorar porque tienen un problema con una de las galerías. Dime ¿pudiste ver el objeto?
- No doctora, incluso ni me han comentado que es. Me dijeron que por radio a usted ya le han dicho, pero prefieren que primero bajen los expertos y los ayuden a extraerlo, no quieren estropearlo.
La doctora asintió con la cabeza mientras se mordía el labio inferior. Ese gesto volvía loco a Enrique. Mientras la vio partir hacia la casilla que utilizaba para asearse, no podía dejar de pensar en cuánto la amaba. Dejó escapar un resoplido, casi de resignación. Era su jefa, una arqueóloga de fama mundial y él... ¿qué era el? Su asistente y debía dar gracias de ello. Pero estaba enamorado y eso si que era un gran problema.
Se dio cuenta que estaba parado al borde del yacimiento y con la mente en las nubes. Se alejó un poco y decidió que debía dejar de pensar en ello. Al menos hasta que volviera a la ciudad de Burgos. Allí había visto un colgante para obsequiarle precioso, de plata con detalles en oro y un amplio lugar al dorso para colocar esas pocas palabras que le revoloteaban en la cabeza como mariposa desde hacía más de un año: "Te amo. E."
El sonido de un camión lo volvió a la realidad. No eran los expertos de La Gran Dolina, pero si uno de los grupos investigadores que centran sus tareas en el Portalón de la Cueva Mayor.
La noticia del descubrimiento se había conocido dos días atrás, pero recién tres horas antes se divulgó a los demás grupos, cuando las tareas de extracción de la pieza se pusieron difíciles.
Vio acercarse a la doctora al camión y entablar diálogo con un par de arqueólogos que conocía por los apellidos, pero casi nunca le dirigían la palabra, como si su lugar de asistente fuera motivo de exclusión o un síntoma de enfermedad en proceso de la cual convenía alejarse.
Pero estaba acostumbrado y le restaba importancia a ese trato. Solo pensar en el timbre suave de la voz de la doctora llamándolo por su nombre le devolvía la paz y la calma y toda reminiscencia de bronca quedaba sepultada bajo toneladas de amor, emulando casi a los valiosos restos fósiles que habían quedado atrapados producto del paso de los siglos bajo capas y capas de sedimentos y rocas.
- ¡Enrique!
Su voz. Era su voz.
- Si doctora, diga.
- Ten listo el equipo, en cinco minutos bajamos junto a Morales y Dubadis, cuando la otra gente llegue, que nos encuentre abajo. Te esperamos en el camión.
Enrique partió raudo hasta las tiendas de campaña, a buscar los elementos de trabajo de su jefa. Conocía de memoria cada detalle de lo que había en la mochila, pues la preparaba con suma atención y dedicación. Inspeccionó que estuviese todo. Algún día se animaría a escribirle una carta, declarándose, y guardarla a escondidas dentro de la mochila, para cuando, ella en medio del yacimiento buscara entre sus cosas, se topara con la confesión y al fin se diera cuenta del amor que aguardaba en el corazón de su asistente.
Sonrió tontamente a la habitación. Quizá cuando tenga el colgante. Quizá...
Salió presuroso hacia donde lo estaban esperando. Tomó nota de las indicaciones que la doctora le dictó y los acompañó hasta las escalinatas, para comenzar el descenso.
La vio bajar casi sin prestarle atención a los frágiles escalones de madera de la improvisada escalera, que parecía interminable hasta los niveles inferiores del yacimiento. Iba discutiendo con sus pares, seguramente sobre ese descubrimiento que tan preocupados los tenía. ¿Algún tipo de hueso diferente o quizá el de algún animal que no pensaban encontrar en la región? No le importaba de momento. Solo le preocupaba que no le pasara nada a su amor secreto allí abajo.
Dos horas más tarde arribó el grupo de Fernández y Thompson. Les dio la novedad que la doctora había descendido junto a Morales y Dubadis y los puso al tanto de otros datos que ella le había indicado previo a bajar.
Una hora después, comenzaron las corridas. Se había preparado un café en su tienda, atento siempre a la radio y la comunicación de la doctora, cuando escuchó fuera un gran alboroto.
Supuso un accidente en el yacimiento y tembló de pies a cabeza. Dejó el café sin beber y salió disparado hasta las escalinatas. Habían arribado dos camiones y un coche particular, con el encargado de los yacimientos de Atapuerca. No vio ambulancias por ningún lado, lo que tranquilizó su ánimo. Y por otra parte, se sorprendió de ver tanto movimiento.
Por las escaleras estaban llegando los expertos que habían bajado y otros cuántos que estaban en el yacimiento desde horas tempranas. Había rostros de confusión, de incertidumbre. Algunos cuchicheaban entre si, en voz baja.
Las miradas se cruzaban de un lado a otro pero el hermetismo existente parecía tener un cartel de "frágil" pegado de lado a lado y de un momento a otro iba a estallar ese silencio tácito que había sobre el descubrimiento. Enrique lo presentía. Vio aparecer la figura que veía hasta en sueños. Las ropas, como de costumbre, cubiertas de tierra, el rostro sucio pero sin dejar de perder la belleza natural que brillaba con intensidad bajo el sol, mientras la brisa movía con gracia sus cabellos.
Finalmente, emergieron del yacimiento dos personas llevando con cuidado una manta, en cuyo interior estaba con seguridad lo que habían desenterrado en el fondo del yacimiento, quitándole a la tierra aquello que no le pertenecía y que por siglos había apresado con recelo.
Armaron una mesa de madera y colocaron encima la manta. La desplegaron y los arqueólogos ocuparon los lugares más cercanos a la pieza extraída. Enrique intentó acercarse, pero le resultaba imposible de momento. Veía a la doctora intercambiar palabras con sus colegas, llevándose repetidamente la mano al mentón en señal de desconcierto.
Había como pocas veces ante un hallazgo, poca algarabía y mucho temor. Por fin, la doctora lo llamó. Enrique corrió a su lado, sacando la libreta de apuntes, a sabiendas que le dictaría tareas a llevar a cabo y no quería olvidar.
Y así fue. Su voz angelical llegó a sus oídos como una sinfonía y sus dedos bailaron a su compás, garabateando de prisa pero con seguridad cada palabra por ella formulada. Le dictó casi tres carillas. El "gracias Enrique" detuvo su lapicera. Y fue allí que al fin llevó su mirada hacia el objeto desenterrado.
Su piel se erizó, como quién cree ver un muerto en el rostro de un desconocido en la calle. Dejó caer su libreta, llamando la atención de todos. Se quedó sin habla, sin poder creer lo que sus ojos veían. Aún sin depurar la totalidad de los residuos, con la tierra de miles y miles de año encima, y el daño habitual en todo artefacto o fósil que se rescata del olvido, allí estaba el colgante de sus sueños, de plata con detalles de oro y un amplio espacio para escribir las pocas palabras...
- ¡Enrique! ¿Te sientes bien?
Su mano delicada y suave se posó sobre la suya, sobresaltándolo. Ella vio el pánico en los ojos de su asistente, siempre sumisos, y no entendió que le pasaba. ¿Quieres ir a la tienda, a descansar?
A Enrique la voz melodiosa ahora parecía llegarle de otra dimensión. Y casi sabiendo que intentarían detenerlo, se lanzó hacia la mesa con una sola intención: mirar el otro lado.
Sintió que lo frenaban de los brazos e incluso lo quisieron tomar del cuello cuando osó a tomar entre sus manos tan importante pieza, pero no dudó en voltearla y casi soltarla del susto al ver estampadas en letras prolijas y en claro castellano "Te Amo. E.".
Cayó al suelo forcejeando, mientras uno de los arqueólogos le quitaba la pieza de sus manos. Vio los ojos sorprendidos de la doctora por su actitud y se sintió incapaz de poder explicar lo que sabía, impotente de no saber que había sucedido y mucho menos aún, que significaba todo ello. Casi sin pensarlo, se tapó los ojos y comenzó a llorar con fuerza, porque sabía que su amor ahora estaba a millones de años, lejos de todo razonamiento, atrapado bajo los sedimentos de lo misterioso, lo impensado, lo no explicable.
Supo que su amor, en pocas palabras, era irreal.

14 comentarios:

el oso dijo...

Eso es lo que se dice "no pegar una". Si habré encontrado yo objetos similares al del amigo Enrique...
Muy bueno el relato, Neto. No hace falta que millones de años nos separen cuando no podemos expresar nuestros sentimientosa quien nos acompaña.
Lo peor de todo es que la doña ni así se va a enterar...
Abrazo

el oso dijo...

Ah, felicitaciones por la nueva selección. Finalmente parece que hay quien sabe valorar lo bueno.
Eso sí, no sabía que escribía para hinchas del glorioso Ciclón...

SIL dijo...

:O

:O


Netito ésto es surrealista, es maravilloso.
Da para quinientas reflexiones.
No te asustes (no voy a hacer quinientas)

El la amó en otra época y se reencarnó?
Ella encontró la joya enterrada, oculta, tanto como el amor de su asistente ?
Era un amor condenado a las sombras y el fracaso y fue un error sacarlo a la luz?

QUÉ MARAVILLA, NENE.
QUÉ SUBLIME CAPACIDAD PARA ESCRIBIR, HERMANO.

Un beso, Netito.

Con tinta violeta dijo...

Fantástica historia Neto, el enamorado secreto, la forma en que se manifiesta su amor por la doctora (quien se lo iba a imaginar, allí colgado del hallazgo...)
La localización, el yacimiento, está a unas dos horas y media de mi ciudad y es un lugar muy interesante.
Vengo de leer la historia de Villeraturas y ahora ésta, tan distinta...Me asombra tu ser polifacético! Es una suerte para nosotros...
Besos.
Doña Tinta.

Martín dijo...

En primer lugar, felicitaciones por la preselección. No dejás concurso sin lograr una mención. Que grande!
En cuanto a este relato, ademas de decirte que está muy bueno, me queda la duda por la inicial y los nombres que usás, es autorreferencial? Saludos!

Luis dijo...

ME DEJASTE CON LA BOCA ABIERTA Y SIN SABER QUE PENSAR. NO SE COMO LO HACES.
ESTE TEXTO DE AHORA ES GRANDE Y SE ADIVINA EL TRABAJO DE CONSTRUCCIÓN COMO EN NINGÚN OTRO. GENIAL

salvadorpliego dijo...

Wowwwwwwwwww… Me tuviste en suspenso hasta el cierre. Una maravilla de cuento. Permíteme aplaudirlo. Bravísimo!!!!

Un fuerte abrazo.

Netomancia dijo...

Don Oso, a veces los millones de años son producto de nuestra imaginación. No hay que escarbar tanto para descubrilo, verdad? Un abrazo! Ah mil gracias! Y no, no son de esos cuervos don Oso, a esos le gusta la tragedia griega jajaja.

Doña Sil, menos mal que no escribió las quinientas reflexiones jaja, broma. A esos interrogantes les sumaría muchos más, sin dudas. El final queda abierto, hay tristeza, desesperanza... Muchas gracias! Saludos miles!

Doña Tinta, a tan poco está de ese lugar? Qué fantástico! Patrimonio de la Unesco desde no hace mucho, dado lo valioso del lugar en materia de arqueología y el pasado de la humanidad. Y me alegro que la hayan gustado ambos relatos! Saludos!

Martín, muchas gracias! Jaja, no es para tanto, apenas un par, pero muchas gracias! Y no, nada autobiográfico. No se si a vos te pasa, pero me cuesta ponerle nombre a un personaje y lo primero que sale es "Enrique, Roberto, Braulio", no recuerdo el nombre de uno que usé en tres relatos casi consecutivos, en los cuales lo maté en dos y en otro lo dejé triste y desilusionado jaja. Un abrazo!

Luis, muchas gracias. Si, hubo una idea previa aquí, a diferencias de otros. Sabía en parte la trama antes de volcarla al escrito, pero no pude evitarlo y el final original trocó a este. Saludos!

Salvador, gracias por los aplausos! Y por pasar! Saludos!

Sergio Alvarez dijo...

Neto me suceden principalmente dos cosas mientras leo sus relatos, quedo atrapado, casi hipnotizado, pero a su vez mi mente va imaginando paralelamente distintos y posibles finales de la historia, hasta que el verdadero se revela en las últimas líneas y siempre me termina por sorprender. Como siempre excelente amigo.
Saludos!

Netomancia dijo...

Don Alvarez, eso de quedar atrapado en un relato mío no se lo recomiendo, mire que una vez escribí de un violador y no se en qué cuento anda ahora. Jaja. Bueno, es genial saber que se puede lograr esa "incertidumbre" en el lector. Si fuese más previsible todo, perdería la gracia. Alguien dijo, no recuerdo quién, que lo más importante de un cuento es el final. En parte estoy de acuerdo, pero si no va acompañado de una trama digna del mismo, no sirve de nada.
Gracias y un abrazo!

Pito dijo...

Uf.... que bueno.

Celebro haber pasado por acá.

Abrazo

d80 dijo...

ayyyyyyyyyy Enrique que duro se te puso esto de revelar un amor irreal!!!!
jaja Netito, que vuelta de tuerca le diste al relato!!! Genial!

Felipe R. Avila dijo...

¡A la Gran Dolina!
¡Excelente!

Señor Neto: está llegando la hora de revelarnos que usted comanda un equipo de 32 escritores, todos ellos escribiendo para que usted sólo firme al final,eh...
Diga la verdad!
(jeje)

HUMO dijo...

Como de custumbre, genial es poco!
Felicidades!

=) HUMO