Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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6 de octubre de 2009

La calle (su calle)

Lo llamaron, saliendo del colegio. “¡Paragua, venite con nosotros!” le gritaban los chicos desde la puerta. El levantó la vista y les sonrió, agradecido. “¡Dale paragua, vení con nosotros que está lloviendo!” le gritaron esta vez y todos rompieron a reír mientras se alejaban por la puerta, sin el menor deseo de su compañía ni el menor atisbo de vergüenza.
Claudio se guardó la sonrisa y se ilusionó con hacerse invisible para desaparecer del patio de la escuela, donde otros que habían escuchado lo observaban y reían por lo bajo. Casi arrastrando los pies, para no hacer ruido ni llamar la atención, salió también a la calle. Evitó las arterias céntricas y fue bajando en la numeración hasta llegar a su barrio.
Las casitas humildes y venidas abajo lo saludaban en silencio mientras el mediodía lo recibía con olores tentadores que salían de las ventanas abiertas.
Oyó a doña Patricia gritarle a sus críos al pasar frente a la casa azul, una de las pocas coloridas sobre su calle y disfrutó con la melodía que venía de la casita blanca de al lado: Juanita practicando con la flauta dulce, la que le habían regalado un año atrás en la escuela para discapacitados donde iba.
En el baldío los pibes que iban al colegio de tarde jugaban un partido de fútbol, que seguramente habría empezado a mitad de mañana. A muchos de ellos nadie lo llamaría para comer. El Rauli y Jimena coqueteaban detrás de un arco. Eran primos y apenas si tenían cinco años.
Don Carmelo el almacenero estaba sentado en la vereda, observando a la gente pasar. Saludó con un guiño cómplice de ojo a Claudio. “Por la tarde date una vuelta, que voy a necesitar mover unas cajas que tengo atrás” le dijo con su voz ronca sin abandonar la silla que su gordo cuerpo ocupaba.
Claudio se ganaba unos pesos ayudando a Carmelo o a Ramón, el de la verdulería frente a su casa. Acomodaba cajones de frutas o de otras mercaderías. Y a veces le atendía un rato el negocio a cada uno, cuando sus dueños tenían que salir por alguna razón. Era obediente, inteligente y no robaba. Suficiente para Carmelo y Ramón.
Su mamá había llegado de Paraguay con él a cuestas, cuando todavía era un bebé. Le escapaba a la miseria en la que vivía en las afueras de Asunción. Acá no tenía mucho más, pero al menos decía que vivía tranquila. Es que no solo le escapaba a la pobreza y eso Claudio se fue dando cuenta de grandecito, cuando empezó a preguntar por su padre. Y aprendió con los silencios más de lo que hubiese querido.
Era un día más, la calle (su calle) reflejaba la rutina diaria a la que estaba acostumbrado y le parecía bien. Así debía ser. Porque su calle lo era todo. Tanto como su humilde casita y su querida mamá. No necesitaba más. Ni a los discriminadores compañeros de colegio, ni a los maestros pocos pacientes. ¿Acaso ir al colegio todos los días no significaba un sentimiento de humillación tan grande que a veces deseaba acabar debajo de un colectivo? Pero todo eso acababa con el timbre de salida, con la caminata numeración abajo hasta el barrio, hasta su calle, su hogar.
Pero debía ir a la escuela, por su mamá. Porque, le decía, con eso iba a poder conseguir trabajo más adelante y con suerte, ir a vivir a un lugar mejor. ¿Mejor que esto, mamá? Le preguntaba incrédulo Claudio. No se imaginaba nada mejor que su lugar en el mundo, esa calle, la gente de siempre, su casa chica pero cómoda… ¿mejor que esto, mamá?
Y allí estaba ella. Esperándolo en la puerta de casa, pasando la escoba como excusa, porque lo único que hacía desde que veía en el reloj rojo de la pared de la cocina que eran las doce, era salir afuera y clavar su mirada a la calle, aguardando por él. Y se le iluminaba la sonrisa al verlo llegar, con el guardapolvo hasta arriba de las rodillas y las carpetas bajo el brazo, el pelo revuelto por el viento, la boca sonriente.
En la mesa ya tenía el caldo caliente para calmar el rugir del estómago y calentar el cuerpo de su hijo. Claudio la abrazaba, la besaba en las mejillas y corría a la mesa, en busca de lo que su madre le había preparado.
La sentencia final lo era todo para su madre: “Riquísimo má”. Se daba cuenta que su cumplido la complacía y eso lo hacía también feliz a él. Y al rato quedaba solo, porque la madre se iba a limpiar unas casas al centro. Así que aprovechaba para completar cosas de la escuela y quedar con el día libre.
Luego iría a lo de Carmelo, a lo de Ramón, se llegaría a la plaza a ver que hacían algunos de sus amigos del barrio, más tarde esperaría a su mamá y la ayudaría con las cosas de la casa…
¿Mejor que esto má? Se volvía a repetir la pregunta en soledad, riendo ante los deseos de su madre.
El sol se fue moviendo y las horas corriendo. Nadie se detiene a mirar el sol, nadie tiene la necesidad. Así funciona, así es su rutina. La tarde fue cayendo y las sombras ganaron terreno, cubriendo con su manto oscuro esos lugares que antes desbordaban en luz.
La hora en que regresa mamá, pensó Claudio. Pero mamá no volvió. Ni a las siete, ni a las ocho, ni a las nueve. Preguntó en lo de Ana, la vecina, si le había dicho de algún trabajo extra que se hubiera olvidado de decirle. Pero Ana no sabía nada. Fue a lo de Carmelo, pasó por lo de Ramón. Nadie sabía nada.
Recordó que a veces pasaba por lo de la modista de la vuelta, para buscar algunas changas cosiendo ruedos o haciendo remiendos. Caminó hasta la casita de la modista. No había nadie, así que tampoco estaba allí.
Volvió a su casa, esperando encontrarla pero en su lugar lo esperaban dos uniformados. Los azules le daban miedo en cualquier circunstancia, pero ahora le temblaban las piernas. ¡Algo le pasó a mamá! se repetía mentalmente.
Y así era. Los policías le narraron los hechos, fríamente como si enfrente tuvieran a un hombre de cuarenta años, olvidando que trataban con un pibe.
Un pibe que quedaba solo.
Sintió que le atenazaban el corazón y se lo oprimían, con tanta fuerza que explotaría de dolor. Supo que podía morir de dolor. Lo supo allí mismo. En ese instante. Aún sin creerlo, rompió a llorar. Apenas si oyó el “vas a tener que venir con nosotros, para reconocer el cuerpo”.
En el patrullero, mientras avanzaban hasta el hospital, le hacían preguntas. “¿Paraguaya?” escuchó. “Si” respondió, esperando alguna acotación, como siempre le hacían en la escuela. Pero nadie acotó nada. “¿Alguien que quisiera lastimarla?”. Dudó. Fueron unos segundos, pero lo hizo. ¿Acaso podía mencionarle a su padre, al que había abandonado trece años antes? Si ni siquiera sabía su nombre. Dijo “No”. Por la ventanilla veía pasar una ciudad que desconocía, un mundo que le parecía lejano. Las voces de los agentes de policía parecían venir de otro plano, una existencia distante, imposible. Le preguntaba de su madre muerta. ¿Muerta? ¿Cómo podía estar muerta su mamá? Si al mediodía lo había esperado con un plato de caldo caliente y abrazado en la puerta y…
Claudio cerró los ojos y ya no contestó más preguntas. Se recluyó en lágrimas, sumido al dolor. El coche siguió avanzando en medio de un paisaje furioso, ajeno a su vida, a su calle, a sus días. Lo hacía presa del llanto, de un dolor desconocido, de una sensación de soledad intensa. Y con miedo. Terror. Pánico de abrir los ojos. Porque sabría que de hacerlo, ellos estarían allí, del otro lado de la ventanilla, sonriendo, hablando por lo bajo, codeándose entre si, señalándolo con gestos. Y escucharía sus voces, el “paragua” que tanto odiaba. Le harían bromas, se reirían de su pérdida. Y hasta quizá intentaran algo peor, como golpearlo. No abriría los ojos, no lo haría.
Sintió el coche detenerse y que le abrían la puerta. Lo acompañaron hasta la morgue. Las letras estaban impresas en grande. Los policías golpearon. A través del vidrio esmerilado vio moverse una figura. Y mientras el picaporte se movía y un nudo del tamaño del corazón se le hacía en el estómago, recordó con ironía y rencor la pregunta más estúpida que le hubiese hecho a su madre: ¿Mejor que esto má?
Supo que ya nada sería lo mismo. Ni su calle, ni su casa ni sus días.
La puerta se abrió.
Los policías entraron y lo llamaron desde adentro.
El escuchó: “Dale paragua, entrá con nosotros”.
No. Nada sería lo mismo. Ni siquiera volver a su lugar en el mundo.

12 comentarios:

mariarosa dijo...

Triste historia, tan real que duele.
Muy bien narrada.Saludos.

Mariarosa

Felipe R. Avila dijo...

Excelente,Ernesto, esta historia te hace lagrimear sin golpes bajos,es dura de frente.
Parece natural lo que sucede y eso debe ser el peor horror.
"Lo que no tiene es:remedio" decía Serrat...
Felipe

Sonia. dijo...

que grueso.
al principio mientras leia empezaba a pensar en que algo malo le iba a pasr a Claudio, pero no... era demasiado predecible eso.

Increible manera de narrarlo, realista, conmovedor, dramatico sin llegar a ningun extremo, como si te fueras por e borde de los sentimientos. me encanta como lo haces!

esa frase de "Y aprendió con los silencios más de lo que hubiese querido "... auuuch! vaya que si.

un beso!

Decur dijo...

Neto: claro,... ahora va a mirar lo mismo que miraba, pero desde otro interno.

Bien Neto

Está bien lo que remarca del ceunto Sonia: " Y aprendió con los silencios más de lo que hubiese querido " Ese "hubiese" esta muy bien puesto.

Saludos Neto

Decur

d80 dijo...

uyyyyy Netito como me enganchaste con este relato!
Estaba con Claudio desde el primer momento, y sorpresa! que narración hermanito!
Una historia triste y conmovedora, dura como la realidad a la que peligrosamente nos vamos acostumbrando...
Saludos!

SIL dijo...

Una crónica de la vida real, tocada con la vara mágica de tu talento para escribir.

Tan certera, que duele escalarlo (no hagas chistes de escaladores)
MAGNÍFICO, Netito.
Un abrazo gigante.

LOLI dijo...

Que triste :´(

UN BESAZO

Lisandro dijo...

Es muy triste Neto, la pregunta del inocente me queda resonando!!! un abrazo

Netomancia dijo...

Mariarosa, un gusto verte por aquí. Gracias.

Felipe, lamentablemente tenés razón, hay cosas que no tienen remedio. Un abrazo! (hagan uds el documental con la gente de Rebrote!!!)

Sonia, muchas gracias! A veces los silencios dicen mucho más que las palabras, no te parece? Saludos!

Don Decur, que alegría verlo por estos pagos! Muchas gracias! Invito a toooooda la gente que pasa por el blog a apreciar las MARAVILLAS dibujadas por este joven ilustrador del sur santafesino! Es una orden.

Dieguito, desenganchate, dale. Ja. Si, ojalá no acostumbrarnos al punto de creerla necesaria. Un abrazo! (visitá el blog de Decur!)

Doña Sil, ufa, tenía un chiste de novela con las escaleras. ¿De escalinata no sirve? Gracias por el comentario!

Loli, si, muy. Gracias!

Lisandro, resuena y nadie sabe que contestar. Un abrazo!

d80 dijo...

a ver al señor Decur....
Netito de tus recomendaciones no hay una que falle así q seguro me sorprenderá!
gracias!

Anónimo dijo...

Descubrí hace unos pocos meses tu blog,y desde que pasó eso jamás lo pude dejar. Una historia más atrapante que la otra,increíble tu manera de narrar.
Llegué a este cuento,y debo decir que no paré de llorar. Nunca algo me parecío tan real,tan triste. El optimismo del chico por la simpleza de su vida y no querer ostentar nada más que las pequeñas cosas que le brindó la vida,el triste final. Te aplaudo de pie por este precioso cuento,de verdad.

Sin nombre dijo...

Esto me hizo llorar �� te mereces un premio por este relato. No es joda como lo escribiste, por cierto paso por el blog recomendado, aunque tu comentario ya es casi de diez años. Un abrazo grande desde Paraguay Ernesto