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25 de julio de 2009

Penitentes al pastel

Al morir don Carmelo, su sobrino Fabricio decidió hacer un poco de limpieza en la vieja mansión. Familiares que residían en otras ciudades, que no habían asistido al funeral, si asistirían a la reunión del fin de semana, en la que se haría la lectura del testamento y se conocerían los herederos de la inmensa fortuna del difunto. Fabricio quería que todos se llevaran una buena impresión de su tío, si bien era consciente que el desorden era una característica que Carmelo había dominado toda la vida.
En el desván encontró una pintura que le llamó particularmente la atención y decidió colgarla en el vestíbulo, lugar donde todos los concurrentes podrían observarla con detenimiento y apreciar, si gustaban del arte tanto como él, de una obra singular, repleta de detalles y misteriosamente, anónima. Desconocía cómo había llegado a manos de su tío y lo más extraño, la razón por la cual jamás la había visto.
La pintura, de colores pasteles oscuros, con tonalidades opacas, mostraba a un conjunto de personas en medio de una campiña. Los rostros de los hombres dibujados eran claros, tan nítidos como una fotografía y no había en ellos pizca alguna de entusiasmo. Todos miraban hacia delante, como esperando una orden. El cielo gris no pasaba desapercibido, como tampoco los nubarrones que parecían avanzar hacia el fondo. De cada lado del grupo de personas, había dos pequeñas casas bastante rústicas. Las cuatro en total tenían las ventanas y puertas de madera cerradas. En algunas partes, el revestimiento se había caído y se veían los ladrillos, casi como una herida cicatrizando en la piel de nuestros brazos.
Fabricio, que parecía hipnotizado por la pintura, había contado a las personas. Cincuenta y uno en total. Notó que las ropas no eran las de campesinos pero no pudo descifrar a qué época podrían pertenecer. Atemporal fue la palabra que brotó en su mente, como gramilla en un cantero de flores.
Esa misma tarde, Héctor el mayordomo le avisó que una persona lo esperaba en la puerta principal. Pensó que podía ser alguien de los preparativos para el fin de semana, sin embargo en el hall de entrada lo esperaba un hombre alto, de pelo largo, piel pálida y gestos cautivantes.
Se presentó como Eric Oinomed, coleccionista de arte. Sin rodeos le expresó su interés por adquirir la obra de los cincuenta y un penitentes. La llamó así, dándole a Fabricio el nombre que desconocía, pero sobre todo, una rara sensación. Se disculpó y le dijo no conocer la obra. El hombre le dijo que era imposible, porque sabía que la pintura estaba en poder de Carmelo y que ante la muerte del mismo quería aprovechar para comprarla. Incluso se la describió con lujos de detalles.
Fabricio terminó por aceptar que sabía de cuál pintura le hablaba. No obstante, le advirtió, no estaba en venta. No sabía porque le había dicho eso, porque de todas formas no sabía a quién se la dejaría en el testamento su tío. El visitante le ofreció un millón de dólares. Fabricio abrió los ojos, sorprendido. Preguntó si sabía quién era el autor. El coleccionista le dijo que estimaba que si, que tenía más de tres siglos y había sido obra de un romano, de quién se sabía solamente que estaba loco y confinado en una prisión siciliana.
El hombre insistió varias veces, pero Fabricio no se dejó convencer. Visiblemente contrariado, el visitante meneó la cabeza y le aseguró que volvería la semana siguiente, pero que ya no ofrecería lo mismo, sino cien veces menos y así y todo, se lo venderían igual. El gesto de Fabricio fue de asentimiento. Acompañó el hombre hacia la calle y volvió a sus quehaceres.
Olvidó el asunto. Al día siguiente recibió al abogado de su tío para ultimar algunos detalles. Héctor le informó alarmado que por la noche alguien había atacado la casa de huéspedes y asustado a la ama de llaves. Pero lo peor no era eso, sino que Goliat, uno de los doberman, había sido encontrado degollado en el jardín.
Luego de inspeccionar los alrededores, regresó a la mansión. En el vestíbulo el abogado observaba embelesado la pintura. Hermoso, le dijo. Sencillamente hermoso, repitió. En el despacho continuaron con los trámites de última hora. Cuando se retiraba le pregunto a Fabricio y se tendría que ver algo que fuesen cincuenta. ¿Cincuenta qué? preguntó Fabricio, desorientado. Cincuenta personas en el cuadro, le respondió el abogado.
Se marchó. Fabricio quedó pensativo. Estaba seguro de haber contado bien el día anterior. En el vestíbulo señaló con el dedo nuevamente uno por uno y era verdad, eran cincuenta. Pero el coleccionista había dicho "los cincuenta y uno...". Habría entendido mal, seguramente.
Al atardecer Héctor ingresó sobresalto a su despacho. El ventanal de uno de los dormitorios se había desplomado y una chica que estaba aseando el lugar había sufrido la amputación de una mano. Se disgustó más que preocuparse. Había aún tantos preparativos por delante y los pormenores no hacían más que atrasarlo.
Fue a revisar el ventanal y notó que se había partido como papel y caído como si de una guillotina se tratase. Pasó por el vestíbulo camino a su despacho. Los volvió a contar, para quedarse tranquilo: cuarenta y siete, cuarenta y ocho, cuarenta y nueve... cuarenta y nueve! No podía ser posible. Iba a contar de nuevo, pero el teléfono estaba sonando en su oficina.
Esa noche el cielo se tornó más oscuro, según su parecer. No podía dormir. Las estrellas refulgían en lo alto. Se sentía un observador no invitado a tan bello espectáculo. La pintura le carcomía la mente. Quería pensar en otra cosa, pero no podía. Estaba por rendirse al sueño, cuando una explosión despertó todos sus sentidos en menos que un disparo atraviesa un corazón.
Salió semi desnudo al pasillo, bajó las escaleras y siguió la pista del humo que parecía provenir de la cocina. El olor a quemado lastimaba las fosas nasales. Entre las llamas, alcanzó a divisar a Clarisa, la cocinera, que se protegía con un viejo delantal del fuego, mientras a su lado un joven ayudante de cocina combatía el siniestro con un matafuego.
Una cañería de gas había tenido una pérdida y Clarisa, al encender el horno el pan, había desatado la combustión. Por suerte, estaba bien.
Mientras caminaba hacia su cuarto, notaba como le temblaban las extremidades. Tenía la piel erizada, en señal de miedo. No era frío lo que le recorría el cuerpo, sino terror. Se obligó a no pasar por el vestíbulo, pero cuando se dio cuenta estaba parado delante de la pintura, observando la muchedumbre de rostros imperturbables. Los volvió a contar. Sabía cuál sería el número: cuarenta y ocho. Se fue a acostar.
Mal dormido, se levantó torpe, adolorido. La cabeza parecía a punto de estallar. Héctor lo llamó desde el otro lado de la puerta. ¿Cuál era la mala noticia ahora Héctor? pensó. Y no estaba equivocado. Diego, el arquitecto que estaba refaccionando el quincho del jardín, se había suicidado durante la noche. Acababan de avisar desde el estudio donde trabajaba.
A un día de la lectura del testamento, quiso olvidar las tragedias de los últimos días y por sobre todas las cosas, la pintura que había encontrado en el desván. Por alguna razón no se animaba a quitarla. Se buscó todo tipo de tareas, con el fin de no caer en la tentación de ir a observarla. Pero por más que se resistiera, sabía que tarde o temprano la pintura lo llamaría, lo envolvería con ese convencimiento silencioso y lo haría viajar a voluntad hasta su presencia, para luego consumirlo con la misma avidez que una araña envuelve a su presa.
Al mediodía sintió la necesidad imperiosa de pararse delante de la pintura. Contó cuarenta y siete personas. Al atardecer contó cuarenta y seis y el ama de llaves se había ahogado en la piscina, intentando sacar del agua un mantel que el viento había llevado burlescamente.
Esa noche no durmió. A las tres de la madrugada sintió pisadas en el pasillo. Con miedo, abrió la puerta. Le pareció ver una sombra descendiendo la escalera. También bajó. No había nadie en la planta baja. Caminó en la oscuridad, esperando encontrarse cara a cara con algún monstruo, como si tuviese cinco años de nuevo. La opresión dominaba su pecho. De repente no sabía donde había llegado. Tanteó con la mano y el mínimo roce con la tela cubierta por los tonos pasteles apagados hizo que la retirara de inmediato, como si hubiese tocado las entrañas del mismísimo demonio.
Allí la tenía, otra vez delante de sus ojos. Sus ojos se movieron rápido y sin pestañar concluyeron que ahora eran cuarenta y cinco. Retrocedió espantado, falto de respuesta y casi sin aire, del miedo que le carcomía el alma. Cuando sintió la baranda de la escalera bajo la palma de su mano, giró y corrió hacia su cuarto. Aturdido como estaba tropezó a medio camino. Se fue de cabeza hacia delante. La frente pegó contra el filo de un escalón y la sangre salpicó la pared. El cuerpo inerte cayó como un muñeco de trapo hasta el primer peldaño. Para cuando Héctor se despertó y llegó al pie de la escalera, Fabricio ya estaba helado y con varias horas de fallecido.
A pesar de la desgracia, el abogado decidió no postergar la lectura del testamento de Carmelo, pues los familiares seguramente estaban en viaje. La jornada, empañada por la muerte de Fabricio, fue un desfile de lamentos, pésames e intereses financieros.
Todos los bienes fueron repartidos y la herencia desmembrada. Ya vería el abogado que hacer con la parte del ahora también difunto Fabricio. Se retiraba ya cuando un hermano de Carmelo le llamó la atención sobre la insulsa pintura que decoraba el vestíbulo: la imagen de una campiña, en tonos opacos y descoloridos, con un fondo gris repleto de nubarrones y tan solo cuatro casitas en los extremos, dos de cada lado, de las cuales tres tenían las ventanas y puertas de madera cerradas y una sola, la más alejada de la derecha daba señal de vida, con las puerta y ventanas abiertas, a través de las cuales se veía luz.
El abogado la miró y compartiendo la opinión del otro le dijo "no debe valer ni dos centavos" y sin reconocer en la pintura la obra que lo había cautivado unos días antes, apagó las luces del vestíbulo y abandonó la mansión.
Del otro lado de la calle, apoyado en un árbol, un hombre alto, de cabello largo y piel pálida sonreía complacido. Sabía que ahora todos estarían celebrando en la casita del fondo. No era para menos, tan solo habían bastado siete movimientos.

11 comentarios:

HUMO dijo...

La genialidad sin duda es una de tus dones talentoso escritor!

=) HUMO

el oso dijo...

¡¡Alamier!! Siempre pensé que hay cuadros medio diabólicos o al menos demasiado misteriosos, ¿será por eso en mi casa no tengo ninguno?
Buenísimo, Neto a medida que los acontecimientos se precipitan también lo hace gente a la fosa y también uno quiere terminar d euna vez, no sé si para saber el cómo finaliza o suspirar de alivio porque finaliza...

Carla dijo...

waw Neto! Que cuento tan original! El suspenso mata... es increible lo que pasaba con esa pintura!

Luís dijo...

Me encantó este entre misterioso y terrorífico relato. Realmente has logrado sobrecoger el corazón del lector y llevarle paso a paso hasta el final.
Me gustó el nombre del demonio (Eric Oinomed)
Enhorabuena.
Un saludito
PAZ

POST M by SIL dijo...

Mal Fabricio...debió prestar más atención al presagio del cielo gris con sus nubarrones... y definitivamente intuir, que el Diablo tarde o temprano, es el que hace el mejor negocio.
Great, Hermanito.

ernest dijo...

que buen blog che!

Alejandro Ramírez dijo...

Me gustó, muy buena la historia.

Un abrazo.

Mannelig dijo...

Dejarse caer por aquí suele ser sinónimo de buena lectura. Es como si me hubiera comprado un libro que se actualiza cada varios días, gracias.

Netomancia dijo...

Doña Humo, se agradece mucho el comentario!

Don Oso, los cuadros deben ser bienvenidos solamente cuando el estado de la pared amerita ser ocultado a la vista de los demás. De lo contrario uno se expone a cosas terroríficas!!!

Carla, muchas gracias. Era un cuadro del demonio y no por lo bueno, justamente.

Gracias Luis, me gusta que te hayas percatado del nombre, encierra todo el misterio.

Verá doña Sil, Fabricio es de los que gustan de los nubarrones. Tenía una fábrica de paraguas.

Ernest, gracias tocayo.

Alejandro, muchas gracias!!

Don Mannelig, su elogio caló hondo, infinitas gracias.

Martín dijo...

Netomancia, debo confesar que soy bastante vago para leer los blogs con relatos demasiado largos, pero también que con los tuyos siempre me siento atrapado desde el principio y no puedo parar. Este no fue la excepción! Me gusto mucho! Saludos

Netomancia dijo...

Martín, es lindo saber eso, que a pesar de la extensión, la misma no asusta sino al contrario, invita a la lectura. Un abrazo.