Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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14 de julio de 2009

El editor

La rutina envolvía sus días con el mismo peso que el yeso resguarda la recuperación de una quebradura. Resguardaba y limitaba, establecía sus horarios, sus amistades, si iba a estar o no para su familia, en pocas palabras, pautaba su existir, aunque sin negociar. Era su novia y amiga, su pareja y enemiga, con quién convivía gran parte del día y soñaba durante la noche.
El despojo de persona que se había acostado (desplomado) la noche anterior, amanecía descansado, con ilusiones renovadas. Durante una fracción de segundo, un instante ínfimo en realidad, sentía no saber quién era ni dónde estaba. Era el mejor momento del día. La realidad no le permitía hacerse del mismo por más de ese breve lapso. Desayunaba, recibía los saludos familiares y huía en su coche hasta el centro de la ciudad. Allí lo aguardaba el monstruo de cristal, ese palacio de un solo pie, que asombraba a propios y extraños por su diseño y majestuosidad. Debía reconocer que era un edificio vanguardista, pero jamás diría que era bello. Ninguna prisión lo era.
El personal lo recibía con gestos austeros, el saludo justo, sin otra pretensión. El ascensor revestido en madera lustrada lo llevaba en el silencio incómodo de la compañía desconocida hasta el décimo piso. El pasillo con alfombra turquesa lo depositaba en las oficinas de la revista intelectual de moda "Decó Culture and Museum". Así lo anunciaba la placa sobre la puerta doble de vidrio, tras la cual un mundo de gente corría de un lado a otro con papeles, carpetas y fotografías.
Respiró profundo y entró. Como cada día, las miradas apuntaron a su persona y no tardaron en abalanzarse sobre él muchos de los que estaban cerca. Las preguntas parecían taladrarlo, la polifonía hacía inverosímil cada una de las frases emitidas. Pidió calma y fue recibiendo las consultas de a uno por vez, mientras seguía caminando hasta su escritorio, donde un pequeño identificador plástico negro ofrecía en letras doradas toda la información que haría falta para entender la situación: Editor Jefe.
Durante una hora no se fueron de su alrededor agitados redactores y compaginadores, nerviosos por la pronta salida a la calle de la publicación mensual. Le llovieron preguntas sobre la foto de tapa, si estaba bien la imagen de la obras de remodelación en el Louvre o si la atención debía estar en las pinturas inéditas de un renacentista italiano que habían encontrado en una vieja capilla en Turín. Qué si debían extenderse mucho sobre la subasta millonaria de un Renoir auténtico o el robo del que habían sido víctimas dos museos neoyorquinos, o si el informe sobre los últimos libros de filosofía editados estaba dentro de los parámetros de publicación o era mejor dejarlo para más adelante y buscar la posibilidad de entrevistar a la ganadora del premio nacional de literatura de los Estados Unidos.
Sentía que la cabeza no daba para más, pero era consciente que aún quedaba por delante el día completo. Abrió el cajón de su escritorio y sacó una tableta de analgésicos. Se tomó cuatro. Apuró las pastillas con un vaso de agua. Pidió que lo dejaran unos minutos solos. Unos minutos en paz hubiera querido decir, pero mantenía la compostura en todo momento. No se dejaba ver desbordado. No podía permitírselo. Cuando el mundo se venía abajo, él debía estar allí para sostenerlo. Era su función. Aunque aún no había descubierto quién lo sostenía a él.
Se masajeó el cuello, pasó las manos por el poco cabello que le estaba quedando y suspiró profundamente, mientras en un solo impulso se levantaba de la silla y se dirigía a la ventana. Allí había algo de paz, de cierta maravilla. El contraste de los enormes rascacielos vecinos recortados sobre el fondo celeste del cielo era un aliciente para días como estos. Así y todo, le resultaba una ironía. Picos elevados de material ciento por ciento, enjaulando personas en sus labores, alejándolas del día, del aire puro, de una vida distinta.
"Vivimos acelerados, confundidos" pensaba. No era necesario que tuviera un puesto de importancia para saberlo. Era la certeza escondida en cada ser humano atrapado en la red de la modernidad y las responsabilidades. Y en esos cinco minutos que a diario se tomaba para observar el mundo que la vida le ocultaba, aunque fuese una muestra por la ventana y en forma de cielo azul, se daba cuenta que ya era tarde, que no había vuelta atrás. El mundo avanzaba y uno estaba atado a lo que este demandaba, arrastrando la vida por detrás.
La campanilla del teléfono lo devolvió a su oficina. El tedio y las decisiones golpeaban de nuevo su puerta. Atendió, escuchó y decidió. Colgó y volvió a atender. Llamaban de marketing, de corrección, de la imprenta, de diseño. Cesaban las llamadas, pero la puerta era una avenida de dos direcciones y varios carriles. Entraban unos, salían otros, dejaban esto, se llevaban aquello. La máquina estaba en pleno ajetreo y él era el motor.
Las horas del reloj de pared avanzaban a un paso inexistente. Cuando tenía la oportunidad de observarlo creía ser presa de una broma de alguien, que retrocedía las manecillas, porque los minutos no parecían avanzar. Y sin embargo lo hacían, sabía que era así. Pero no le bastaba. Sobre sus hombros caía a cada segundo una nueva consulta, un nuevo peso, otra tarea por resolver. El físico se mantenía erguido, la mirada penetrante y serena y el aplomo impecable, pero el alma se desmoronaba a pedazos, se encorvaba como una abuelita entrada en años, asida a un bastón desgastado por el uso, pero no por el peso, pues lo que sostenía no era otra cosa que un viejo saco de huesos vencido por el tiempo y la vida. Su alma, se convertía en eso.
Su vida le semejaba a una herida que día a día era cubierta por una nueva capa de piel en el proceso de recuperación. Notaba que las capas aumentaban, pero la herida no sanaba. Al contrario, las capas lo asfixiaban, lo hundían y enterraban dentro de su propia persona. De vez en cuando se descubría pensando sobre ello, dejando a medio hacer la corrección de una página o peor aún, con la mirada atónita de algún empleado que tras terminar su consulta, aguardaba de pié ante el escritorio su respuesta. Sus reflexiones eran un leve escapismo, una pequeñez. Una travesura de niño, oculta a los ojos de los adultos.
La vorágine del día no agotaba en esos días del mes a los empleados, al contrario, los llenaba de vigor, energía y miedo. Era el momento en el que todo lo hecho desde la revista anterior debía estar correcto, con el visto bueno de cada área y pronto a ser enviado a la imprenta. Por lo tanto, era para el editor, para su persona, la canalización de esos miedos. No había lugar para ojos fatigados, oídos aturdidos y estómagos rugientes. El dolor de espalda de estar tanto sentado, debía ser una nimiedad. ¿Músculos entumecidos? Ya caminaría hasta el estacionamiento al atardecer. Había una revista por hacer y cada uno era responsable que la misma estuviera lista. Y él, era responsable por todos. El miedo multiplicado.
Las horas corrían a espalda de las oficinas. El cielo del otro lado de las ventanas cambiaba de color. Las nubes jugaban con sus formas y alrededor, el mundo se movía. Pero a todos le eran ajenos, redactores, correctores, diseñadores y editor.
Y como la luna le sigue al sol, y las sombras son vencidas por la oscuridad, el día laboral también toca a su fin. Mentes preocupadas en lo que aún resta por hacer y nervios por lo que ya está hecho. Incertidumbre, inseguridad. Las luces se van apagando de a una. El silencio comienza a ganar terreno. No tarda demasiado en hacerse dueño del territorio, antes dominado por el caos. Todo está a oscuras, sin embargo un alma queda aún detrás de su puesto de trabajo. El editor contempla las formas de la noche: cómo su lapicera quiere hacerse notar sobre la libreta de apuntes, el bucle eterno del cable del teléfono, las puntas del escritorio. Cada cosa adquiere un brillo opaco, sin color, sin diferencias. Todo tiene el mismo tinte. Piensa en la vida, en la suya. En su familia. En la rutina de los días.
Busca la llave en el bolsillo de su saco, pero siente su contacto frío y se sobresalta. Está cansado. Vencido por el cargo, por el saber que pronto llegará a su casa y allí recibirá otros problemas, otras mochilas para su derrotada espalda. Cree que la cabeza está a punto de estallar. Y para peor, en la tableta ya no quedan analgésicos. Se pone de pié. La silla se ve empujada hacia atrás, se engancha con la alfombra y cae con estrépito. El sonido quiebra el silencio. De repente le llegan los sonidos exteriores. Siete pisos más abajo hay una ciudad viva, con gente yendo de un lado a otros, vehículos circulando y comercios aún abiertos. Se acerca a la ventana a observar.
Siente deseos de escapar, no sabe dónde, tan solo la idea viene y ya. Sabe que puede abrir la cerradura y asomarse a la cornisa. Sabe porque cada noche lo hace. Como lo hace ahora. El viento golpea su rostro. Con los ojos cerrados es como bañarse con libertad. Extiende los brazos, como si fueran alas, como Cristo en la cruz. Un paso más y todo se esfumará. Una pequeña lágrima cae sobre su mejilla. Pero sabe que no lo hará. Retrocede y cierra el ventanal. Y llorando, cae de rodillas. Una vez más.

15 comentarios:

Lisandro dijo...

Neto, amigo... espectacular el cuento... diariamente la rutina lo va venciendo... no hay que permitirnos que nunca nos suceda cosa tan amarga y monotona... un abrazo...

Alejandro Ramírez dijo...

Este cuento tiene cosas que me gustan y otras que no me gustan. Es un cuento psicológico y, aunque no es propiamente lo que más me gusta, reconozco que está bien. Que lo haces bien.

La atmósfera asfixiante la transmites de una manera muy vívida y faltan unas tildes (y unas comas mal puestas que me hicieron sobresaltar).

Muy bien, Neto, y excusa si este comentario no es de tu agrado.

Netomancia dijo...

Lisandro, la rutina puede ser un enemigo si no somos conscientes que además de sobrevivir, debemos vivir.

Don Alejandro, al contrario, además de ser de mi agrado, me gustan este tipo de puntualizaciones. Ahora voy a revisar los tildes y las comas. Muchísimas gracias!

Carla dijo...

... y volver a empezar, otra vez, como todos los días, cada día igual a otro la misma voragine, una y otra vez y volver a empezar, sin salida sin escape, la rutina, el trabajo, las molestias, los gritos, los autos, la calle, el llanto, una y otra vez... y volver a empezar.

Annie dijo...

NETO!!!!

SUBLIME!!!!
No existe ni una PALABRA,
ni un PUNTO, ni una COMA
DE MÁS.

BESOTES

=)

PD: Y yo que pensé que este
también era Paladini, digo fiambre... JÉ!!!

Severi dijo...

lo dejo para leer mañana en la oficina..ahora estoy fusilado! mañana te comento...

un abrazo amigo!

d80 dijo...

Amigo Neto!!! que presión, que agobio, pobre tipo!!!
que triste y dura realidad la de estas rutinas que sacan lo peor de cada uno de nosotros, cuando nos cierran las puertas a nuestros mejores pensamientos....
para sueños de libertad le aconsejo a nuestro amigo el editor que se lea el realto del Oso sobre aquella mítica canción de los Creedence y salga a buscar la vida por los caminso lejos de las oficinas devoradoras de almas!
genial relato!
abrazos!

Mannelig dijo...

Estupendo, me ha encantado. El ritmo, la metáfora, el retrato del personaje, todo tan bien ensamblado, convierten una escena de lo cotidiano en un relato de valía. Enhorabuena.

LOLI dijo...

Que agobiante!!me alegro de ser limpiadora y heladera en mis tiempos libres,que agobiante trabajar en una oficina y encima ser el jefe...
Un besazo

el oso dijo...

Creo que con la presión que transmite bajé como 10 cm de altura sin exagerar...
Embarcarse en lecturas como ésta no hacen más que subirse a un deleite pleno sin cinturón de seguridad.
¡¡Excelente, Neto!!

Luís dijo...

Sabes cómo transmitir la sensación de prisa, de necesidad de correr para terminar algo comenzado. Sabes cómo describir la asfixia de lo que cada día se respire y como poco a poco nos va minando por dentro, nos va rompiendo los huesos. Eso me gustó de tu relato, pero no creo que la solución ande por cambiar demasiadas cosas cada día para hacerlo aparecer diferente. Si te fijas en el universo hay un millón de cosas que se vienen repitiendo de a diario y podemos dar gracias de que esto sea así, si algo cambiara tal vez no podríamos sobrevivir.
Yo creo que la cosa anda por saber mirar cada día, cada hecho, cada motivo, como si fuera (que seguro que lo es) la primera vez que nos sucediera.
PAZ.

Martín dijo...

Uff.. van a tener que sacarme con forceps del asiento donde quedé hundido. Tan bueno como agobiante! Un abrazo

Severi dijo...

bueno, dame un minuto que escupo las uñas que me comí durante todo el relato! majestuoso el duelo entre el exterior y el interior del protagonista. No le veo fallas narrativas..muy logrado el clima y la tensión. Neto: No estás nominado..seguís en la casa

Un abrazo!

Netomancia dijo...

Carla, así de cíclico es a veces lo rutinario. Saludos!

Doña Annie, no, dejamos los fiambres para otra comida. Gracias y ya le dije, está contratada.

Diego, es un buen consejo. Por ahí se da cuenta que lo que hace no es lo que le conviene para ser feliz.

Mannelig, muchísimas gracias! Un abrazo.

Loli, ja, a veces las cosas sencillas tienen su ventaja.

No se me apetice don Oso! Y póngase el cinturón hombre! Un abrazo!!!

Don Luis, su sabio comentario siempre es recibido con júbilo. Un millón de gracias.

Martín, arriba, fuerza jaja. Gracias!

Severi, gracias y gracias y gracias. El duelo al final lo ganó la rutina. Y gracias por dejarme en la casa jaja.

HUMO dijo...

Y una vez mas me despeinas los sentidos!!!

=) HUMO
En otra orden de las cosas, vengo a entregarte un premio que a vos seguro te vendrá como anillo al dedo, eso creo , el mismo se llama RAREZAS.

cariños!

=) HUMO