Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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6 de mayo de 2009

Celos en noche de luna blanca

Detrás de la fría imagen de la mujer, existía un secreto. Su novio la vigilaba escondido en un callejón contiguo al departamento de sus padres, donde habían pasado tantas noches de pasión en ausencia de estos.
Pero el amor se había diluído como el azúcar en el agua y en lugar de dulzura, había nacido un océano de amargura empañando cada segundo de su existir. Sin embargo no podía quedarse conforme. Ella había cambiado. Lo venía notando en pequeños detalles, en la forma de besar, en las caricias que fueron desapareciendo, en las contestaciones silenciosas...
Un témpano había reemplazado a la mujer que amaba. Y él necesitaba saber las razones, un simple "no va más" no era respuesta para su corazón.
Aguardó en la noche fresca, cubriéndose el cuello con una bufanda, que a su vez disimulaba su rostro entre las sombras del oscuro lugar. Las manos enfundadas en los bolsillos de la campera de cuero, el cuero quieto, atento, como el de un gato antes de lanzarse por su presa.
Pero ella no aparecía y la luna parecía hacerse más gigante a cada segundo allá en lo alto. Sentía sus piernas entumecidas y un extraño hormigueo en los pies. El sueño comenzaba a atacarlo cuando un coche se detuvo delante de la puerta principal del edificio.
No le cabían dudas que era ella. Sus piernas largas, la cabellera pelirroja cayendo hasta mitad de la espalda, el bolso rojo que le había regalado para su último cumpleaños. Descendió por la puerta del acompañante. Sintió un puñal en el alma al ver salir del lado del conductor a un hombre mayor, entrado en años según delataba su cabeza blanca y el bastón que blandía con elegancia.
Entraron juntos, ella primero, él detrás.
No lo soportó, por más que sabía que era una probabilidad con la cuál podía llegar a toparse. Se decidió a cometer el peor error de su vida, ir tras ella, pedirle explicaciones, saber la razón por la cuál otro si y él no. Corrió hacia la puerta. No era obstáculo que ya estuviera cerrada. Tenía una copia de la llave.
Esperó por el ascensor, dejó que la puerta se abriera pero se detuvo. Los nervios lo comían por dentro, sentía el sudor en su cuerpo y un nudo enorme en su estómago. Sabía que la conversación terminaría mal. ¿Estaba preparado para ello? No importaba. Entró, apretó el botón con el 6 y contempló ausente la gruesa puerta de acero cerrarse.
¿Qué pasaría cuando llegara a la puerta del departamento? ¿Golpearía? ¿Entraría como si nada, esperando encontrar la escena obscena que vagaba por su cabeza? ¿Y si ella había cambiado la cerradura? ¿Y si estaban los padres? No, los padres seguramente no estaban. Ella no volvería con un hombre en horas de la madrugada sabiendo que ellos estarían allí. Al menos nunca lo había hecho con él.
Su cabeza era un verdadero martilleo, le dolía el cuerpo de tanto pensar. La máquina había comenzado a trabajar y no había forma de detenerla. Aparecían imágenes que de inmediato desaparecían y en todas estaba ella, en las poses más extrañas, en las acciones más viles.
El ascensor se detuvo. La puerta se abrió. Tomó aire y salió al pasillo. El 6 F era el último departamento a la derecha.
Caminó sobre la alfombra verde. Sentía plomo en los pies. Las manos estaban húmedas, el pulso acelerado. Se quitó la bufanda y buscó la llave en la campera. Se quedó inmóvil ante la puerta, indeciso de entrar o pegar media vuelta y escapar para nunca más saber nada de ella. Escapar del dolor, de la humillación, aunque sabía que jamás huiría del recuerdo.
No lo volvió a pensar. Metió la llave, la giró dos veces y empujó con fuerza la puerta.
Allí estaba ella, desnuda, las piernas bien abiertas, protegiendo bajo su vientre el cuerpo también desnudo de su acompañante de cabellos blancos. Primero lo cegó la furia, luego vió la sangre. El cuadro se completó con el cuchillo en sus bellas manos , bañado en un tinte rojo, casi perlado por el reflejo de la luz de la luna que penetraba por la ventana.
Se sintió confundido, aturdido, casi asfixiado. Ella lo miró en silencio, bajando los párpados, casi con vergüenza. Dejó caer el cuchillo y se puso de pie. Avanzó lenta y sensualmente hacia él y lo tomó de las manos. Se las besó dejando marcas de sangre en los nudillos. Soltó una y llevo la otra hacia su bajo vientre. El palpó el calor, la excitación que reinaba allí, a la vez que mente entraba en pánico y terror.
- Vete - le dijo ella. Si dudabas de mi amor, ahora sabes lo que siento. Aún respiras.
Sumiso y sin protestar, corrió hacia la puerta. Arrojó la llave en el pasillo y no esperó llegar al ascensor, sin detenerse ni mirar atrás, se lanzó por las escaleras en una loca carrera hacia la calle, sabiendo que jamás volvería ni sabría nada de ella y principalmente, jamás olvidaría.

9 comentarios:

HUMO dijo...

Un drama pasional...donde la razón no juega ni importa, sino la locura, el desatino, la estupidez!
Me gustó mucho el cuento, comenzaba a palpitar...

=) HUMO

Sil dijo...

¨...Si dudabas de mi amor, ahora sabes lo que siento. Aún respiras...

Tamaña declaración de amor...!!!!
Pero mejor correr, soldado que huye...
Ésta vez sí que no encontraba el rumbo hasta el párrafo final.
Magnífico, Sr. Misterio !!

BESOS de noches blancas.

Carla dijo...

Que increible!!!! Cuanto suspenso hasta el final.
Como siempre no me lo esperaba. que intenso Neto, me encanto!Que loca la mina!

Martín dijo...

Netomancia, muy relato. Me atrapo de entrada y me sorprendió el final. Tuve que releerlo para poder creerlo. Digno del libro Mujeres Asesinas. Un abrazo

el oso dijo...

Bárbaro, Neto, un relato donde la intriga y el nerviosismo brotan como en la cabeza del protagonista. Y ella... haciendo lo de siempre...

Abrazo, capo de letras.

Netomancia dijo...

Doña Humo, gracias por el comentario, es verdad en ningún momento y en ningún personaje, la razón alza su bandera.
Doña Sl, me encanta que resalte ese pasaje, es sin dudas lo más importante del relato desde mi punto de vista, la causa por la cuál dejó al muchacho, por el mero hecho de no poder matarlo.
Carla, todas las minas son... jaja, mentira. Si, estaba con todos los patos volados.
Martín, si, la verdad no me habían venido a la mente esas historias, pero encuadra justo, no?
Don Oso, ya tengo su ejemplar. Como bien dice, se ponía nervioso de puro pensar mal el tipo, lo bien que hacía...

MICAELA dijo...

Obviamente, lo importante de lo que se perdio se mide con lo que tenes. Es tan facil decirlo, y es tan dificil entenderlo. Que es casi el 70% de lo lindo de la vida. Comprender lo que es hoy, y que ayer es, ayer.

un abrazo grande!

Ema dijo...

Enigma puro.Final improvisto... No quiero arriesgar moralejas, pero no hay que empeñarse en buscar lo que el propio edstino nos quita d e las manos... Largo trecho encontramos en eso de "morir en el intento"

Netomancia dijo...

Mica, gracias por pasar. El olvido es una herramientas para afirmar que el ayer, es lo que decís, el ayer. Mirar hacia delante y no bajar los brazos, es la consiga.
Ema, por ahí no hay moralejas, tan solo ideas truculentas... o por ahí no. Gracias por venir!