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31 de mayo de 2008

Meditabundo

Meditaba el hombre, con la cabeza gacha y la frente ceñuda, sin dejar de caminar. Imagen viva de la preocupación que erraba por la avenida, poco atento al tránsito y ajeno de las horas.
En eso, una paloma se posa en su pulcra melena y atina a un picotazo, fuerte y artero, que obliga a la reacción. El manotazo despega violento pero ciego y hace agua en el aire, cayendo lento y derrotado ante tremendo yerro.
La paloma escapa en vuelto horizontal, perdiéndose entre las copas frondosas de los árboles inmensos que tapan al cielo mismo. Es una huída victoriosa, una salida elegante de su cruzada anónima ante el ser humano.
El hombre escudriña un lado y otro, pero en vano. Su agresor ha escapado y le ha dejado un ardor en la cabeza. Lo peor no es la humillación, sino haber olvidado aquello que sumía su atención.
Ni la paloma ni lo que pensaba se volvieron a topar con él.

4 comentarios:

La Luna dijo...

Ojala fuera tan fácil deshacerse de algunos pensamientos. A veces intento el gesto torpe como de espantarlos con la mano. Nunca funciona.
Quizás con palomas...

Besos.

Sergio dijo...

Siempre hay una "paloma" que, a fuerza de dolor o placer, nos hace reaccionar.

Sergio dijo...

Siempre hay una "paloma" que, a fuerza de dolor o placer, nos hace reaccionar.

el oso dijo...

Créame, Neto, que desde que leí Meditabundo ando buscando el artero bicho que a fuerza de picotazos hace que ande siempre en la luna, tratando de cazar esquivas ideas que -raras veces- dejan de toparse conmigo caa vez que las engendro.