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15 de marzo de 2008

De la vez que se cometió un asesinato en lo de don García

En reiteradas ocasiones he tenido la dicha de escuchar a don García, cantinero del pueblo, con post grado de domador de borrachos y doctorado en apaciguador de disputas, de la vez que se cometió un asesinato en su boliche, justo en la mesa delante de la barra de madera, entre la mesa de billar y el pasillo que da al baño.
Era de tarde pero el sol aún no había despuntado su vicio diario de esconderse y con el aire fresco que entró al abrirse la puerta de calle, ingresó un hombre de buena estatura, morochón, de ojos achinados pero firmes, pelo duro como pincel viejo y una enorme cicatriz en el mentón.
Llegó solo, o bien, eso parecía. Sin embargo, como saben hasta los mocosos, las apariencias engañan. Dijo llamarse Charly Gómez, procedente de muy lejos, ansioso por una buena cerveza y un par de aceitunas pa' picar. Si había pan mejor, porque hacía rato no probaba bocado, pero si no había no importaba, porque lo importante era haber llegado. Dicho esto, se dirigió a la mesa más cercana a la barra, con su vaso de cerveza y el platito de aceitunas.
Como todo foráneo, fue inspeccionado de arriba a abajo por los presentes, eso si, sin que se enterase. Porque Charly Gómez no tenía pinta de buenos amigos. Y la cicatriz en el mentón era como un cartel de peligro que espantaba al más valiente. Claro que en la cantina no era que sobraban justamente.
Si algo puede tildarse de normal, hasta entonces todo indicaba que lo era. No era más que un extraño en el pueblo tomando una cerveza y escupiendo al piso unos carozos de aceitunas. Lo torcido empezó ahí mismo, tras la cuarta aceituna. Todavía la tenía en la boca en realidad cuando al que él llamaba Jony, se hizo presente.
- Creí que no me seguirías hasta aquí, Jony - dijo Charly Gómez, ante la atónita mirada de los presentes, dado que no había nadie allí haciéndole compañía. Don García y los demás parroquianos miraron a cada rincón del boliche y los rostros eran los mismos rostros tristes de cada día.
De repente Charly Gómez se levantó de su silla de un solo movimiento, tan brusco que casi voltea la mesa. Giró y se quedó de pie observando el lugar vacío donde hasta hacía medio segundo, estaba sentado. Y dijo:
- Nunca escaparás de mi Charly. Juré perseguirte por pampa o montaña, arena o mar. Es hora de acabar con esto.
Charly se sentó inmediatamente y mirando hacia donde recién había estado parado, vociferó furioso:
- ¡Escúchame lo que digo Jony, escúchame bien! Deja todo en el pasado, si es que...
Entonces Charly o Jony, en definitiva, el hombre de la cicatriz, volvió a pegar un salto desde la silla y casi en una misma acción, giró y quedó mirando hacia la mesa:
- ¿Si es qué Charly, si es qué? ¿Charly Gómez me amenaza? ¡A mi! No sabes en lo que te metés.
Otra vez corrió a la silla.
- Se con quién me meto. Quieres acabar con esto, lo acabaremos.
El aire se puso aún más tenso de lo que estaba. El humo del tabaco pareció abrirse. Don García recuerda el ruido de un vaso al caerse en una mesa del fondo, pero nadie se inmutó. Algo iba a suceder, el diálogo estaba extinto.
El hombre de la cicatriz volvió a pararse y esta vez al girar desenfundó un revólver que llevaba escondido entre la camisa y el pantalón. Las manos se movieron rápidas y el cañón apuntó a la sien. El disparo rugió de tal forma que temblaron las paredes y los oídos más próximos quedaron aturdidos. Sobre la mesa, con abundante sangre cubriéndole la cara, yacía sin vida el que dijo llamarse Charly Gómez.
El comisario tomó declaración solo a los que podían mantenerse de pié. Nadie dudó que previo a la disputa se había zanjado un duelo verbal. Los parroquianos declararon que Jony, del que se desconoce el apellido, había matado a Charly Gómez. No tenían dudas de ello, porque el hombre de la cicatriz se había levantado de la silla para disparar. Si lo hubiera hecho sentado, el muerto sería el otro. El comisario terminó de interrogar a los presentes y a don García y preguntó si le estaban tomando el pelo. Todos se miraron sorprendidos. El comisario se fue desorientado, a sabiendas que por la mañana tendría que dar cuentas por un homicidio en el cual víctima y homicida, eran a su criterio, la misma persona.
Al llamado Charly Gómez, del cual nadie reclamó su cuerpo, lo enterraron en el cementerio del pueblo, en tierra y bajo una cruz de madera, que tenía sus iniciales grabadas. Jony sin apellido fue declarado prófugo de la justicia y al día de hoy jamás fue encontrado.

5 comentarios:

diego dijo...

cuando tu otro yo se te va de las manos cuál jeckyll enfurecido, agarráte santa catalina!!!
pobre comisario, estar en sus tribulaciones hoy en día me asustaría!!!
genial (para no perder la costumbre!)
abrazos ernest!

el oso dijo...

Este país da para todo... Otro crimen más sin resolver. Así no vamos a ninguna parte, como el tal Jony.
Imagino una coda en la que el comisario rebusca los documentos de Charly y descubre que fue anotado como María Rosa García y no quiero imaginar más.
Excelente, Neto.

melina dijo...

Tus relatos se saborean como un postre!
Ahora mismo estoy en el trabajo como de sobremesa.
Muy muy bueno!!!

Abrazos enormes!

diego dijo...

muchacho, que buenos relatos, sigo esperándo la confirmació para rrancar el proyecto blogueril!
cuando usted quiera me chifla y empezamos!
un abrazo!

maru dijo...

talento.-si, si talento, me gusta mucho.-
llegue por casualidad, saludos